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Aunque diga que no, Washington busca vías de contacto

La popularidad del presidente Bush no puede estar más baja en todas partes (la última encuesta de la Gallup situó ese nivel en cerca del 70%, aunque un porcentaje similar de Republicanos está satisfecho con su gestión) y Estados Unidos está inmerso en tantos problemas (eso no es nuevo, pero otras administraciones, como la de su padre o la de Clinton, tenían mayor margen de maniobra), que no le queda más remedio a la actual administración, que recurrir oficiosamente a los servicios de algunas figuras políticas que han logrado cultivar una importante red de relaciones, incluso en el mundo que es hostil a la gran potencia. El fin es de tratar de acercarse a algunos enemigos sin perder la cara.
Ese es el caso, por ejemplo, de Bill Richardson, ex candidato a la candidatura presidencial, ex gobernador en la ONU y actual gobernador de Nuevo México. Se ha ido esta vez a Caracas, a conversar con el controversial Hugo Chávez, quien, si no le mencionan el nombre de Bush, es hasta encantador.
Así como las FARC le ayudaron en su pleito con Uribe, Chávez va a hacer todo lo posible por ayudar a Richardson. Una razón de peso es que el méxico-americano puede muy bien convertirse en el Secretario de Estado de un próximo gobierno de su país. Más seguro tendría el cargo si es Obama el elegido. Con McCain podría ser, quien sabe. Más difícil si fuera Hillary Clinton, con quien de hecho ha roto, luego de irse con Obama y ser acusado de “Judas” por los parciales de la senadora de Nueva York. Curiosamente, según una encuesta del Latino Policy Institute, Richardson aparece con un 0.9% de opinión favorable cuando se preguntó, que cuáles eran los candidatos más preocupados por los temas hispanos.
Pero ya se sabe, Richardson ha estado más atareado con temas de “alta política”, no de asuntos relativos a minorías. En ese espíritu, ya estuvo haciendo gestiones de arreglos con Corea del Norte, Libia y Cuba, aunque no es el único activo en estos días. Jimmy Carter, el presidente Demócrata a quien los iraníes hicieron saltar de la presidencia al tiempo que hacían negocios con los Republicanos de Reagan, ha dedicado buena parte de su vida de jubilado del Estado (su pensión sí le permite vivir, sin necesidad de “doble empleo”) pregonando las mejores causas y trabajando a favor de ellas.
A veces “se le va la mano” (escribiendo, se entiende, aunque también hablando), pero es persona recibida con afecto en cualquier lugar. Gracias a esa facilidad, en estos días se fue al “levantisco” Medio Oriente, a “coger el toro por los cuernos”, reuniéndose con Hamas, el grupo que el gobierno norteamericano cataloga de terrorista y que controla la mitad de la vida palestina más o menos organizada.
A Carter, los jefes del Hamas no le iban a dejar irse sin darle nada a cambio por su gesto, humano y pacifista a la vez (y que le expuso a la irritación pública del Departamento de Estado): él no fue allí a condonar nada, sino a tratar de encontrar vías de comunicación entre adversarios que en algún momento deben hablar para enterarse bien lo que cada uno busca, ocupantes y ocupados.
Carter salió con una oferta que no será aceptada de plano. Ya se sabe que las negociaciones no sólo son difíciles, sino que las partes siempre procuran alargarlas, para que sus méritos sean realmente tangibles, especialmente si son personales.
Y no es cualquier cosa lo que Hamas le ha “obsequiado” a Carter: nada más y nada menos que una tregua por diez años si Israel entrega los Territorios Ocupados que invadió en 1967, lo que implicaría un reconocimiento de hecho del estado de Israel.
Por supuesto, una vez hecho el anuncio, detrás llegan los “reajustes”, los que en fin de cuentas se resumen en una oferta de tregua de seis meses alrededor de la banda de Gaza, territorio controlado por Hamas, seguida de treguas similares en torno a la Cisjordania. Como era de esperar, muestra de la confianza que reina en la región, Israel ha rechazado la oferta por considerarlo una estratagema “para rearmarse” de Hamas. Por su parte, el grupo palestino ya se ganó una severa reprimenda pública de Al Qaida, que le acusa prácticamente de traición, por atreverse a plantear una posible solución pacífica a un conflicto cuyas principales víctimas siguen siendo los palestinos.
El hecho es que ni Hamas reconocerá oficialmente a Israel, ni el estado judío admitirá acuerdo alguno con el grupo palestino aunque, como ya ocurrió en el pasado, lo más probable es que se repita uno de esos acuerdos tácitos que logran calmar el fuego por un tiempo. Por el momento, ya los adversarios han procurado, cada uno a su manera, echar agua fría a los esfuerzos de Carter; lo mismo que la Secretaria de Estado, que de nuevo ha viajado a la zona para recordar lo que ya en su momento le tuvo que aclarar a Tony Blair: Estados Unidos es quien lleva la voz cantante, pues una cosa es inducir acercamientos y otra tomar decisiones. En fin de cuentas, la tregua por el momento parece interesar más a los palestinos que a Israel, y con razón pues son los palestinos que viven en los Territorios, sea Gaza o Cisjordania, quienes siguen pagando la casi totalidad de los platos rotos.

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