jueves, 21 ago 2014

Última actualización:02:36:11 AM GMT

    

La Voz de Conneticut

Banner
jSharing - JA Teline III

Abraham Valdelomar y «Los ojos de Judas»

E-mail Imprimir PDF

El escritor peruano Abraham Valdelomar Pinto nació en Pisco, el 16 de abril de 1888 y falleció a la temprana edad de treinta y un años en Ayacucho. La corta existencia de Valdelomar fue intensa y generosa, fue el propulsor del movimiento «Colónida», que significó un cambio en la sensibilidad intelectual y estética del Perú. Escribió cuentos de tipo rural, uno de ellos «Los ojos de judas» fue publicado en junio de 1914.

Valdelomar sintetizó la dualidad de su experiencia aldeana, totalmente consciente de cómo moldeó interiormente su espíritu. Describe entrañablemente a su pueblo, «En el puerto yo lo amaba todo y todo lo recuerdo porque allí todo lo bello era memorable. Tenía nueve años, empezaba el camino sinuoso de la vida y estas primeras visiones de las cosas, que no se borran nunca, marcaron de manera tan dulce, dolorosa y fantásticamente el recuerdo de mis primeros años que así se formó el fondo de mi triste vida».

El escritor continúa describiendo el puerto de Pisco que aparece como una mansa aldea cuya belleza serena y extraña acrecentaba el mar. Tenía tres plazas. Una, la principal, enarenada, con una especie de pequeño malecón con barandas de madera, frente al cual se detenía el carro que hacía viajes al pueblo; otra la desolada plazoleta donde estaba la casa del escritor, que tenía por el lado del oriente una valla de algarrobos; y la tercera, al sur del pueblo, en la que se desarrolla la obra «Los ojos de Judas».

Así describe Valdelomar su entrañable Pisco, ciudad que es el fondo donde se desarrolla la mayoría de su obra narrativa. La tragedia a la que alude el poeta pisqueño está referida al encuentro que tuvo cuando era niño con una mujer blanca, en la plaza cerca del Puerto de San Andrés. Se acostumbraba en ese entonces armar una torre de cañas en la plazuela del Castillo, donde los marineros quemaban a Judas, el criminal que había traicionado a Cristo. La hoguera se llevaría a cabo el Sábado de Gloria. Mientras tanto, la mujer blanca preguntó varias veces al pequeño Abraham, sobre si él perdonaría a Judas. Abraham muy decidido contestó que él no le perdonaría, porque Dios se resentiría con él.

Ya por la noche las luces de los barcos se anunciaron débilmente en la bahía, la mujer blanca besó a Abraham en la frente y se despidió. Entrada la noche, oyó ruido, carreras, voces y lamentaciones. ¡Un naufragio!, gritaba la gente. El pueblo se preparaba. Estaba reunido alrededor de la orilla, alistaba febrilmente sus embarcaciones, algunos habían sacado linternas y farolillos y auscultaban el cielo. Repentinamente el barco empezó a retirarse y los reflectores y el piteo cesó. Nadie comprendía porque el barco se alejaba y todo el pueblo, pensativo, silencioso, regresó hacia la plaza donde Judas iba a ser sacrificado.

Abraham y su padre fueron a verle. A los pies de Judas ardía una enorme hoguera que alumbraba el deforme cuerpo del condenado. Sus grandes ojos se iluminaban de un tono casi rosado. Abraham buscó a la mujer blanca entre la multitud congregada pero no la ubicó. Los ojos de judas tornáronse rojos y toda la multitud siguió su mirada que fue a detenerse en el mar. ¡Un ahogado!, ¡Un ahogado! Gritaron por ahí. A los pocos minutos el cuerpo de una mujer fue sacado a la plaza, y colocado cerca de la hoguera que consumía a Judas. ¡Papá, papá, si es la señora blanca! ¡La señora blanca, papá!...Abraham creyó que el cadáver le reconocía, que Judas ponía sus ojos sobre él y dio un segundo grito más fuerte y terrible que el primero: «Sí perdono a Judas, señora blanca, sí lo perdono!...»Su padre lo cogió y lo apretó contra su pecho mientras Abraham, con los ojos muy abiertos, veía los ojos de Judas rojos y sangrientos, acusadores y terribles, que miraban por última vez mientras el pueblo regresaba a sus casas y unos cuantos hombres se inclinaban sobre el cadáver blanco.