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La Revolución Norteamericana: Doctrina Política

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Las fuentes ideológicas de la revolución norteamericana fueron primordialmente dos: el liberalismo democrático inglés, especialmente de Locke y Hume, y los políticos de la Ilustración francesa.

El pensamiento político de los revolucionarios norteamericanos se caracterizó fundamentalmente por su practicismo. En el campo teórico, usaron lo que ya había sido elaborado en Inglaterra y Francia, mas al redactar su Constitución y estructurar los poderes del nuevo Estado, crearon un nuevo tipo de gobierno, que ejerció una gran influencia en todos los países del Viejo Continente. Por cierto, la Constitución norteamericana es la primera constitución democrática escrita.

Las principales figuras y las más representativas de la ideología y de la práctica democrática en los Estados Unidos, durante el período de la Independencia, fueron Thomas Paine (1737-1809) y Thomas Jefferson (1726-1796).

Thomas Paine fue uno de los pioneros de la Independencia, y en sus escritos contribuyó en gran manera a prepararla en el espíritu de sus connacionales. En 1776 publicó en su ciudad natal, Philadelphia, un folleto titulado «Common Sense», que propugnaba por la Independencia. Una vez lograda ésta y haberse promulgado la Constitución, marchó a Europa, donde participó decididamente en la revolución francesa, llegando a ser miembro de la Convención.

En aquella época escribió su libro más notable «The Rights of Man», esta obra es, fundamentalmente una exposición defensora de los principios de la revolución francesa y de la Declaración de los derechos del hombre. Aboga por la igualdad de los hombres, tanto social como económica y reclama libertad y respeto para todas las doctrinas religiosas.

Thomas Jefferson es el pensador y político más destacado de la revolución norteamericana, y dejó plasmada su ideología en la Constitución de los Estados Unidos. Algunos autores le consideran el representante característico del nacionalismo liberal y humanitario del siglo XVIII en el Nuevo Continente.

Fue, ante todo, patriota ferviente y partidario de la unidad nacional. Sobre la base federal. Pero, aunque patriota y nacionalista, no lo era en un sentido estrecho y exclusivista. Para él las naciones son partes, moralmente, de una unidad superior, y cada una debía responder ante la entidad universal de todas las naciones.

Jefferson atribuyó a la revolución norteamericana un valor universal, y consideró a los Estados Unidos de Norteamérica como la nación escogida por Dios para mostrar al mundo los beneficios de la libertad.

La forma de gobierno que esta gran nación se había dado era un monumento que debía servir de meta y modelo a las gentes de otros países. Sus principios formaban una constelación, que iluminaba no sólo la patria, sino a todo el resto del mundo, y que atraía a aquellos que huyen de la tiranía en busca de la libertad.

Fue Jefferson quien supo apreciar la trascendencia universal que desde sus comienzos había de tener la revolución norteamericana, al ofrecer a la vieja Europa, sometida entonces al despotismo de las monarquías absolutas, el modelo de una nueva sociedad fundada en los principios de la democracia.

Sin embargo, debía ser en el inmenso continente americano donde los Estados Unidos actuaron como inspiradores y actores de la transcendental transformación política que tuvo lugar en el siglo XIX. La emancipación nacional de las colonias que España y Portugal poseían en América, y la creación de las naciones independientes de Latinoamérica fue el primero y más importante resultado de la victoria de la revolución de los Estados Unidos de Norteamérica.