miércoles, 22 oct 2014

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La Voz de Conneticut

    
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¿Cómo puedo amar a mi prójimo?

“Ama a tu Prójimo como a ti mismo”…esta sentencia de Jesucristo todavía continua siendo un enigma y causando gran controversia donde quiera que se enseñe o se predique. Todos hacemos un gran esfuerzo por tratar de evitar el tema, y mucho más grande el esfuerzo por evadir nuestra responsabilidad para con los demás. ¿De que se trata? ¿De ayudar a los pobres? ¿Se trata de dar algunas limosnas para alguna causa? ¿Acaso es tratar de resolver el problema de la pobreza?

La Madre Teresa de Calcuta comentó una vez: “Nosotros pensamos que pobreza es estar hambiento, desnudo y desamparado. La pobreza de no ser querido, respetado, descuidado por los demás es la verdadera pobreza”. En otras palabras, la pobreza no es la carencia de cosas, sino la carencia del afecto, el amor y el respeto de los demás.

Todos necesitamos ser amados por nuestro prójimo. Cuando no somos recipientes de ese “amor”, que no se trata de sentimentalismos sino de un compromiso serio por el bienestar “del otro”, nos sentimos marginados y desprovistos de nuestor derechos inalienables y peor aun, despojados de nuestra dignidad. El dinero y los bienes materiales no tienen relevancia alguna cuando se trata del amor al prójimo. Cierto es que el dinero puede ser un medio, pero como dijo Jesucristo, : “La felicidad del hombre no depende de la abundancia de bienes que posee”, sino mas bien de que en su corazón se sienta provisto de este amor a su humanidad.

Tal vez piense el lector que estamos hablando de “esa pobre gente”, pensando que este tema nada tiene que ver con nosotros. Pero, no es así. Yo conocí a una familia muy prominente, que entre otras cosas, se ocupaban de ayudar a personas y organizaciones de bienestar público. Un buen día salieron a pasear con toda la familia. Un conductor embriagado que venia en sentido contrario impactó su vehículo. Esa noche, murio el esposo y los tres niños. Sólo sobrevivió la señora. Luego de varias semanas en el hospital en estado semi-comatozo, comenzó a recobrar su memoria poco a poco. Luego se enteró de la pérdida de toda su familia. Con gran dolor indescriptible, trató de sobreponerse. Aun no se habia recuperado del todo cuando el hospital la dio de alta por que ya no tenía seguro médico y cuando trató de regresar a su casa descubrió que su casa estaba para ser reposeóda por falta de pago. El dinero que le correspondía por el seguro del trabajo de su fallecido esposo un abogado asignado por la corte lo utilizó para pagar los funerales de su esposo de sus tres niños, y lo que sobró fue confiscado por los abogados del hospital.

Una mujer que siempre había ayudado a los demás hoy se encontraba viviendo el un albergue (Shelter) para desamparados, escondiéndose de los acreedores, sufriendo un depresión severa por la irreparable pérdida de su familia, y peor aún, incapacitada de un brazo y una pierna. “Cualquiera en una situación así hubiera considerado el suicidio” comentaban algunos conocidos de la familia.

Me tocó la oportunidad de hablar con esta señora, y mientras pensaba que palabras le podría decir, o que cosa podría hacer para no hacerla sentir mal, ella me sorprendió en mi vacilación y me dijo : “¿Qué te pasa; te noto un poco preocupado”. “No; no es nada”… le contesté.

Luego de unos minutos de conversación me contaba que ella estaba conciente de que nada ni nadie le podía devolver a su esposo e hijos, pero ella; estaba convencida de que un día ella los volveria a ver cuando le llegase el momento de partir y encontrarselos en el cielo. Comprendía que sin nada había venido al mundo y sin nada pertiría de él. Cuando le pregunté que la consuela mientras está aquí en la tierra. Haciendo una breve pausa, miró a su alrededor y contestó lo siguiente: “Ves a estas personas”…“A varios de ellos mi familia les ayudó alguna vez de alguna manera…hoy;…ellos me están reciprocando”. Ella comentó que no se refería a pago material sino que le reciprocaban con cariño, con su afecto, con su consideración. Ellos le escuchaban, le apoyaban, le motivaban, le hacían sentir que siempre vale la pena vivir anuque sea con dolor.

Esta señora, cuando lo tenía todo y podía disfrutar de su familia, nunca se olvidó de aquellos menos afortunados y de los que tienen necesidad. El punto es que cuando damos y compartimos, como consequencia desarrollamos una sensibilidad muy especial por los demás y en sus necesidades. La Biblia dice que “el que dá al pobre le presta a Jehová”. Si tu le das a los pobres, no sólo dinero, sino de tu tiempo, de tu afecto de tu respecto, lo que haces es prestarle a Dios. Yo estoy completamente convencido que Dios le está devolviendo a esta señora todo lo que ella y su familia le prestó a Dios.

Moraleja: ¡El verdadero amor al prójimo, es la manera más visible de nuestro amor a Dios!

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Las opiniones vertidas por Waldemar Gracia no reflejan la posición de la Voz Hispana. Nombres, lugares y circunstancias han sido alterados para proteger la identidad de los personajes citados en la historia.
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