sábado, 26 jul 2014

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La Voz de Conneticut

    
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¡Hoy, Señor, quisiera darte las gracias!

Ya pasó el día de Acción de Gracias, y ahora ¿Qué? Con el paso de esta celebración llega el tiempo de reflexión. Es un momento para detenernos, pensar de dónde venimos, dónde estamos y hacia dónde nos dirigimos. La vida es bella y hay que estar agradecidos de estar vivos. Los muertos no sufren, pero tampoco pueden disfrutar de las cosas buensa de la vida.

Haces unos días me encontraba leyendo varias notas que tengo escritas cuando de repente me encontré un artículo muy impresiónate de mi buen amigo Francisco-Manuel Nácher López. Paco, como me ha pedido que le llame, siente mucho gusto al saber que en distintos lugares de los Estados Unidos sus escritos son conocidos y leídos por nuestra gente latina.  En este tiempo de reflexión y meditación acerca de cómo andan las cosas por el mundo, creo que hace mucho sentido alzar los ojos al cielo y dar gracias a Dios.

A continuación les comparto el texto íntegro de este gran escritor y buen amigo: “Hoy, Señor, quisiera darte las gracias. Pero, tengo tantas cosas que agradecerte, que no sé por dónde empezar. Quizá, lo primero deba ser la Vida. Porque, ¿qué sería de mí si no me hubieses dado la vida? ¿Dónde estaría? Sé que, a veces, sin saber lo que hacía, he pensado que, quizás hubiera sido mejor no haber nacido. Pero eso ha sido sólo en momentos de ofuscación, cuando no sabía entender el argumento de mi existencia. Luego, Señor, lo he visto claro y me he dado cuenta de que, para poder valorar los momentos felices, es preciso que existan otros que no lo parezcan pero que, luego, vistos en la distancia, resultan ser sólo cariñosas llamadas de atención, cuando nos hemos distraído en nuestro camino.

Porque la vida, Señor, es hermosa. Muy hermosa. Y es hermosa porque viene de Ti. Porque es Tu misma vida, que la vives en mí y en mi hermano y en los pájaros y en las flores y en las montañas y hasta en la brisa. Tu vida lo llena todo, incluso a mí, ya que yo también formo parte de ella; y, cuando me doy cuenta, Señor, soy muy feliz. ¿Dónde podría estar mejor que en tus manos? ¿Qué podría hacer más importante que ayudarte a vivir, viviendo mi vida por Ti, siendo parte de Ti, siendo Tú mismo? Cuando pienso en ello, mi alma se ensancha y se ahueca y se esponja y se eleva a lo alto en Tu búsqueda, tan emocionada, tan feliz que, ni siquiera se da cuenta de que forma parte de Ti, de que es un trocito tuyo, una chispita de Ti, sin importancia, pero Tuya. ¿Qué me podría ocurrir que fuera más hermoso o más grande o más sobrecogedor? Así que, Señor, gracias por la vida. Gracias por este cachito de tu vida, que has puesto en mis manos para que la administre y la viva en Tu nombre.

También pienso que debería darte las gracias por toda la Belleza que has sembrado a mi alrededor y que muchas veces no percibo. Estoy tan rodeado de ella, tan acostumbrado a ella, me parece tan lógico y natural que esté ahí que, a veces, no la veo. Pero está. Está siempre.

Está en las flores y en el mar y en el cielo y en los niños y en las estrellas y en la brisa y en los amaneceres y en las sonrisas y en el amor y en los corazones, pero también en las desgracias y en las tormentas y hasta en los momentos más difíciles. Porque todo es bello, Señor. Todo es bello porque lo has hecho Tú. Y es mi propia incapacidad la que me hace ver las cosas como no son. Y, cuando me doy cuenta de que es así, entonces compruebo que todo, absolutamente todo, está impregnado de belleza. De tu belleza. Porque es bella una alborada, pero ¿no lo es, acaso, tanto o más una puesta de sol? Y es bella una flor, pero ¿no lo es también el fruto en que se transforma? Y lo es la oruga, con sus colores y sus grandes ojos y su curioso caminar, pero ¿no lo es más la mariposa en que acaba convirtiéndose?

Y lo es el niño,  cargado de promesas y de esperanzas, pero también lo es el hombre, lleno de frutos y de experiencia, y lo es el anciano, pletórico de sabiduría. Debería también agradecerte la Bondad, que lo llena todo, que está en todo, que lo rige todo aunque, a veces, no sepamos verla. Porque todo es bueno. Todo es bueno porque es Tuyo, porque Tú estás en todo. Y todo trabaja por el bien del resto. Porque, has organizado las cosas de tal manera que nadie se pueda nunca encontrar solo, aunque él así lo crea, porque todos nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestros actos, aunque no lo sepamos ni lo pretendamos, y aunque no lo creamos e, incluso, aunque no lo queramos, influyen siempre en todos los demás y, por una maravillosa previsión Tuya, acaban siempre produciendo el bien para todos. Porque, has organizado las cosas de tal modo, que todo trabaja para el bien. Y, lo que, a veces, nos parece tener el rostro del mal, sin embargo, no es más que bien en formación. Y, al final, Señor, todo resulta ser bueno.

Pero, sobre todo, Señor, pienso que debo darte las gracias por el Amor. Porque ¿hay nada más hermoso que el amor? Yo pienso que el amor es como la sangre, que lo alimenta todo, lo nutre todo, lo purifica todo. Casi diría que el amor es Tu sangre, circulando por el mundo. Y es que el amor lo puede todo, lo cura todo, lo limpia todo, lo dignifica todo, lo hace todo hermoso y elevado y puro y perfecto. Porque ¿qué puede concebirse más sublime que desear la felicidad de los demás y trabajar por ella y que ese esfuerzo, precisamente, constituya nuestra felicidad?

¿Qué otra cosa sino el amor podría lograr que la gacela sacrifique su vida para que viva el león, o el ratón porque lo haga el gato, o el insecto, para que pueda el pájaro volar? ¿Qué otra cosa podría hacer que el sacrificio de los padres por sus retoños les sepa a miel? ¿Y que la muerte de la semilla haga posible la flor…? Porque cuando, a veces, muy pocas, logro levantar una esquinita del velo que lo cubre todo, Te presiento, Te intuyo y hasta Te veo, Señor, lleno de Bondad y de Belleza y de Amor, manejando los hilos de Tu obra, que crece y se perfecciona y se va elevando hacia Ti en busca de Tu propia perfección. Por todo ello, Señor, Te doy las gracias y Te digo que soy feliz.”


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