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La senda del perdedor, por Carlos Riveros

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“Una vez que una mujer te da la espalda,
olvídala te aman y de repente algo se da la vuelta.
Te pueden ver muriéndote en una cuneta, atropellado por un coche
y pasarán a tu lado escupiéndote.”
Charles Bukowski – Mujeres

Trabajo doce horas levantando cajas y suelo llegar a casa a medianoche. Fumo un cigarro antes de acostarme. A veces, fumo otro acostado en la cama. Lo hago los días en los que peor me ha ido. O cuando me ha ido muy muy bien. Casi nunca me va muy muy bien. Generalmente mis días son regulares o malos. El trabajo en la fábrica no es gran cosa, cargar algunas cajas, ponerlas allá, ponerlas acá. Un día tras otro. Pero es Bob, mi jefe, es el que hace del trabajo un infierno. Nadie pasa a Bob, ni siquiera su mujer, que es la secretaria y que anda en arrumacos con César. Yo los he visto en el camión que maneja César, pero no he dicho nada. Para qué me voy a meter en problemas. Pero sé que en cualquier momento todo saldrá a la luz, porque César es un boquifloja. Los viernes solemos ir al bar a tomar unas cervezas, y ya en algunas ocasiones él ha hablado de sus conquistas y de cómo son en la cama y de lo que les gusta. Pero hasta ahora no dice nada de la esposa del jefe. A mí también me gusta la esposa de Bob. Es una rubia de unos cuarenta años. Pero casi nunca me habla. Se cree la muy importante. Si supiera lo que sé de ella, quizá me trataría con mayor respeto. Un hombre, aunque se gane la vida cargando cajas, merece respeto. Yo no le pido que me coquetee como lo hace con los de la sección de entregas, o con los ejecutivos de saco y corbata, pero desearme unos buenos días o despedirse de mí al salir del trabajo no la haría menos persona. Al diablo con ella, ojalá su esposo se entere de todo y la haga despedir del trabajo. Eso fue lo que yo hice cuando me enteré que Magnolia me engañaba. Hace mucho tiempo de eso. Cuando me enteré, discutimos en casa, grité, ella lloró, las mujeres siempre lloran para todo, si les pones los cuernos o si te los ponen ellas, y finalmente la golpeé en la cara. Fue una bofetada bien dura. La pobre Magnolia. Pero se lo merecía. Ella me dijo que no lo volvería a hacer, que fue un error, que César fue quien la enamoró. La callé con otra bofetada y comencé a botar su ropa a la calle. Al día siguiente hablé con Bob y le pedí que buscara alguna excusa para que saque del trabajo a Magnolia. Bob era buena gente antes. Pues bien, así lo hizo. Esa fue la última semana de Magnolia en la fábrica. César me dijo que hice bien en botarla de la casa. Me lo dijo mientras le daba la mano para que se levante de la golpiza que le acababa de dar. Se había metido con mi mujer y se merecía que le rompa la cara. La cicatriz que lleva en la ceja es un recuerdo de la pelea que tuvo conmigo. Cuando terminamos de pelear, nos fuimos al bar a emborrachamos y luego salimos a buscar mujeres. Buenos tiempos, ésos. La cerveza era cara. Luego llegaba el lunes y otra vez teníamos que soportar doce horas de trabajo duro. Pero antes no tenías que soportar los gritos de Bob. Yo no sé en qué momento Bob dejó de ser tan buena gente. Qué le habrá ocurrido. Dicen que perdió su casa, y que le fue mal en algunos negocios. No lo sé, nada de eso me consta. Cuando ha tomado unas cervezas con nosotros, no ha hablado nada de eso. Lo único que hace es querer agarrarme la entrepierna. Primero pensamos que lo hacía de broma, pero en la siguiente ocasión ya no nos causó gracia. Por eso creo que dejó de ir con nosotros al bar. Por eso, y porque en el baño comenzaron a aparecer algunos dibujos con su nombre. Yo no soy el que ha hecho esos dibujos, aunque todos dicen que sí. Ya quisiera yo dibujar tan bien. Algunos dibujos dan risa y otros, sinceramente, dan asco. Pero eso le pasa a Bob por salir con mariconadas en el bar. Él dice que no lo recuerda, y que dejó de ir al bar porque se emborracha muy rápido. Nadie le cree. Yo tampoco. Pero fue por esa época en la que cambió y comenzó a tratarnos como a unas mierdas. Da gritos, insulta, actúa como un loco con poder. Y conmigo es incluso más jodido. Me exige el doble y me descuenta el doble también si cometo algún error, por mínimo que sea. Por eso he terminado teniéndole odio y deseando que se entere que su esposa le pone los cuernos. Hasta he estado tentado de ir a la oficina y decirle que en esos precisos momentos César esta encima de su mujer. Pero no lo hago por Magnolia. Porque si le digo esto a Bob, ella se enterará de que César la engaña con otra. Y eso, creo, le dolería más que las bofetadas que alguna vez le di. Y no quiero que nada le duela más eso.

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