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La historia de Juanito Sintierra, por Carlos Riveros

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A Juanito lo conocí en la fábrica donde entré a trabajar no bien pisé Estados Unidos. De unos veinticuatro o veinticinco años, callado, mal vestido y con una larga barba descuidada, tenía por costumbre, al igual que yo, no ir a la cafetería en la hora del break sino buscar un lugar tranquilo y ponerse a descansar. Yo aprovechaba ese tiempo para ponerme a leer algún libro mientras escuchaba canciones. De él me habían contado unas cuantas cosas, no del todo ciertas o agrandadas por la chismografía: que siempre llevaba una navaja consigo, que los tatuajes que llevaba se los había hecho en la cárcel, que tuvo amoríos con la esposa del jefe. Me parecía un personaje de temer pero cuando me tocó trabajar a su lado jamás tuve problemas con él, por el contrario, descubrí a un trabajador eficaz y de una rapidez manual envidiable. Sin embargo, no cruzamos palabra. Él era tan callado como yo. Por eso me sorprendió que un día se me acercara y me preguntara qué estaba leyendo. Le dije que el libro se llamaba Pedro Páramo y era de un autor mexicano. Yo no sé leer, me confesó esa vez, me quitó el libro de las manos y se sentó a mi lado. Me contó que empezó a trabajar desde pequeño en su país para ayudar a su mamá. De su padre me dijo que era un hijo de puta al que nunca había conocido pero quería conocer para escupirle en la cara por abandonarlo. Tenía una hermana con la que, él de 17 y ella de 15, se fugó de su casa cansado de los maltratos y gritos de una madre que los llamaba bastardos, hijos de varias leches. Luego se calló y me devolvió el libro. Desde esa vez se hizo costumbre esas conversaciones. Me buscaba él o lo buscaba yo y nos poníamos a conversar entre cartones y cajas. Me dijo que había llegado a Estados Unidos tres años antes, que había cruzado un desierto enorme sin saber para dónde iba, solo, a la brava. Pero eso sólo fue al final, antes había estado acompañado de su hermana, dos muchachos más y un guía. El viaje no había sido fácil. Había soportado lluvias, hambre, frío, un sol candente. Había trepado a un tren a la volada, cuidando a su hermana para que suba también, viendo cómo un hombre era destrozado porque se resbaló y cayó en los rieles. Recordó noches en una cárcel en un país desconocido. Las náuseas que sintió cuando dos presos lo manoseaban amenazándolo con un cuchillo en la garganta. El vómito que le vino después, cuando él tuvo que acariciarlos y hacer de mujer para ellos. A veces recuerdo eso en sueños y despierto con ganas de matarme, o matar a alguien al menos, me soltó sin titubear. Cuando salió de la cárcel buscó a su hermana y a sus compañeros, pero no los halló. Nunca más volvió a ver a Rosalba, su hermana. Seguro se la cogieron y la pusieron de puta, pero igual no me importa porque yo me la cogí primero, me reveló, e hizo una mueca que parecía una sonrisa. Juanito tenía la mirada dura y su voz no se quebraba al narrarme esas historias crudas; tampoco había rabia, me las contaba de manera impersonal, como si no fuera él el protagonista. Hizo el final de su viaje solo, sin saber bien para dónde ir. Pero llegó. Me confesó que cuando estuvo en la misma frontera las piernas le temblaban; que se escondió detrás de un árbol o algo así, contó hasta tres, se encomendó a la Santísima y echó a correr como loco para el otro lado. Sucio, nervioso, cansado, caminó por un pueblo que seguía pareciendo México. Buscó un teléfono entre las calles y un número en su memoria y habló con el contacto. Le dijo que ya había saltado el muro, que ya estaba en Estados Unidos, y el contacto le dijo que no se moviera, que pasaría por él. Una o dos horas después, Juanito estaba en un auto sin placa, con un tipo con cara de mafioso que prometía encontrarle un lugar donde quedarse. Una familia lo cobijó por unos pocos días en el sótano. Desde ahí oía gritos y llanto de niños, los cuales eran ferozmente golpeados por sus padres. Juanito me contó que, cuando uno de esos niños, flaquito, de cabellos rubios, bajó a llevarle un plato de comida, él vio sus brazos llenos de moretones, y que el niño, entre lágrimas, la voz queda, le dijo que su mamá le pegaba. Pensó: La misma mierda en todos lados, sólo que en otro idioma. Una de las últimas veces que lo vi, recuerdo que le pregunté si aquí estaba mejor.

– Aquí tengo trabajo, pero la mierda me sigue para todos lados.

– ¿Y ya no piensas regresar a tu país?

– Yo ya no tengo país. Al de allá lo abandoné, y éste jamás me recibirá.

– ¿ Por qué me has contado todo esto, Juanito?

– Para que lo escribas por mí – me contestó.

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