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“Ser Dios por un Día”, por Waldemar Gracia

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“Ojalá y yo pudiera ser Dios aunque sea por un día”.  “Si yo fuera Dios todo sería diferente”.  “Si yo fuera Dios no permitiría tanta injusticia”. “Si yo fuera Dios no dejaría que los niños sea abusados”. “Si yo fuera Dios eliminaría la pobreza y acabaría las guerras”.

¿Alguna vez te has preguntado por qué Dios no nos responde de la forma en le pedimos? Muchos se han desanimados, otros han perdido la fe, mientras otros simplemente han dejado de pedir. Pero si te detienes a meditar por un momento descubrirás que aun que tu no comprendas la razón o rezones Dios sí sabe lo que hace y por qué lo hace.

Recuerdo una vieja leyenda que me contaron acerca de un hombre que quiso tomar el lugar de Cristo en la cruz.  “Benedicto”, así se llamaba, pensó ayudar a Dios, pero al igual que muchos de nosotros pensó que podía hacer un trabajo igual o tal vez mejor. ¿Cuál fue su fallo? Pensó en hacer justicia, pero no tenía todo el conocimiento de Dios para ejecutarla con sabiduría. Veamos lo que nos dice:

“Cuenta una antigua Leyenda Española, acerca de un hombre llamado Benedicto, quien cuidaba una Ermita. A ella acudía la gente a orar con mucha devoción. En esta ermita había una cruz muy antigua. Muchos acudían ahí para pedirle a Cristo algún milagro.  Un día el ermitaño Benedicto quiso pedirle un favor.  Lo impulsaba un sentimiento generoso. Se arrodilló ante la cruz y dijo: “Señor, quiero padecer por ti. Déjame ocupar tu puesto. Quiero reemplazarte en la Cruz. “ Y se quedó fijo con la mirada puesta en la Efigie, como esperando la respuesta. El Señor abrió sus labios y habló. Sus palabras cayeron de lo alto, susurrantes y amonestadoras: “Hijo mío, accedo a tu deseo, pero ha de ser con una condición.” ¿Cuál, Señor?, – preguntó con acento suplicante Benedicto. “¿Es una condición difícil? Estoy dispuesto a cumplirla con tu ayuda, Señor!”, – respondió el viejo ermitaño.  -” Escucha: suceda lo que suceda y veas lo que veas, has de guardarte en silencio siempre.”

Benedicto contestó: “Os, lo prometo, Señor!”  Y se efectuó el cambio. Nadie advirtió el trueque. Nadie reconoció al ermitaño, colgado con los clavos en la Cruz. El Señor ocupaba el puesto de Benedicto. Y éste por largo tiempo cumplió el compromiso. A nadie dijo nada. Pero un día, llegó un rico, después de haber orado, dejó allí olvidada su cartera.  Benedicto lo vió y calló. Tampoco dijo nada cuando un pobre, que vino dos horas después, se tomo de la cartera del rico. Ni tampoco dijo nada cuando un muchacho se postró ante él poco después, para pedirle su gracia antes de emprender un largo viaje. Pero en ese momento volvió a entrar el rico en busca de la bolsa. Al no hallarla, pensó que el muchacho se la había apropiado. El rico se volvió al joven y le dijo iracundo: “¡Dame la bolsa que me has robado!”.  El joven sorprendido, replicó: “¡No he robado ninguna bolsa!” “¡No mientas, devuélvemela enseguida!.” “¡Le repito que no he tomado ninguna bolsa!” afirmó el muchacho. El rico arremetió, furioso contra él.  Sonó entonces una voz fuerte: “¡Deténte! …”  El rico miró hacia arriba y vio que la imagen le hablaba.  Benedicto, que no pudo permanecer en silencio, gritó, defendió al joven, increpó al rico por la falsa acusación. Éste quedó anonadado, y salió de la Ermita. El joven salió también porque tenía prisa para emprender su viaje. Cuando la Ermita quedó a solas, Cristo se dirigió a su siervo y le dijo: “Baja de la Cruz. No cumpliste tu palabra. No has sabido guardar silencio”.

“Señor, – dijo Benedicto -, ¿cómo iba a permitir esa injusticia?”. Jesús ocupó la Cruz de nuevo y el ermitaño se quedó ante la Cruz. El Señor, siguió hablando: “Tu no sabías que al rico le convenía perder la bolsa, pues llevaba en ella el dinero para pagar la virginidad de una joven mujer. El pobre, por el contrario, tenía necesidad de ese dinero, en cuanto al muchacho que iba a ser golpeado, sus heridas le hubiesen impedido realizar el viaje que para él resultaría fatal. Ahora, hace unos minutos acaba de zozobrar el barco y él ha perdido la vida. Tu no sabías nada. Yo sí. Por eso callo.” Y el Señor nuevamente guardo silencio.

Muchas veces nos preguntamos ¿Por qué razón Dios no nos contesta … ¿Por qué razón se queda callado Dios? No olvidemos que estamos en sus manos Amorosas y Misericordiosas. Y aunque nos parezca a veces que no nos escucha, siempre lo hace. Y en todo lo que permite (aunque sea una injusticia), en el fondo siempre hay un bien para nosotros en su plan Divino.  Hoy le pido a Dios más que nunca no sólo que me conforme con su plan, con su voluntad, sino que la ame y la desee.

103.5 FM - La Voz Radio

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