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José Silvestre Zaratrust descendía desde las lomas del Monte Talcott…

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José Silvestre Zaratrust descendía desde las lomas del Monte Talcott sorprendiéndole lo insípido del paisaje, la ausencia absoluta de seres humanos, y la cruda desnudez de los árboles.Únicamente veloces y lujosos automóviles iban y venían por una mini carretera donde no se divisaban pájaros ni animalitos silvestres.

Era un amanecer ceniciento típico de una mal llamada primavera en la Nueva Inglaterra.

Recordaba haber ascendido la montañita para meditar por cincuenta díasy cincuenta y una noches alejado de las marejadas de barbaridades que le enviaba a su mente el televisor y los modernos sistemas de redes sociales, incluidos el You Tube, Instagram, Face Book y otras bobadas que le agotaron mental y espiritualmente.Lo mismo le había sucedido años atrás harto con los programas políticos e insulsos, además de repetitivos concursos en la cadena Fox.

Al parecer el chicle mental le sobrecalentó ciertas áreas del hipotálamo e inhibido de una forma casi irreversible el dinamismo del pensamiento tal como le había sucedido en su niñez al presidente.

Por eso era que corría descalzo diez millas diarias lloviese, nevara o estuviese el día soleado con incómodos 100 grados Fahrenheit y los condenados 98% de humedad que le hacían transpirar su pelo hirsuto, los vellos púbicos y del abdomen.

Su apariencia era la de un ermitaño que permaneció mal acomodado en una caseta abandonada cerca de un senderillo donde todas las mañana se iba a meditar acerca de la vulnerabilidad de las langostas y el destino predecible de los mosquitos.

“La única diferencia es que ellos tienen alitas mientras que nosotros nos deslizamos por la superficie del planeta como gusanos de campos santos,” musitaba Gastón Silvestre Zaratrust ansioso de encontrar una audiencia y compartir de un modo generoso su recién adquirida sabiduría.

Ya casi en las inmediaciones del horrible sector de Bishop Corner convertido en interminables áreas de estacionamientos; Zaratrust divisó a unos trabajadores armados de palas y picotas que descansaban después de horadar los costados de la mini carretera.

“Estos son mexicanos” pensó, acercándoseles con una sonrisa.Los aztecas le miraron con curiosidad y uno de ellos musitó, “miren mis cuates hay locos como éste que parece peinarse con un abanico y el otro loco de la muralla de allá de Washington y que dijo, híjole, que nosotros somos violadores y vagos.”

Frente a ellos se detuvo el profeta que ignorando las risas de los trabajadores que se deleitaban con un bollo de pan y una café DD, le escucharon.

“Oh hermanos, espero que hayáis tenido una buena noche y que los güeros no os estén explotando.Os saludo y admiro vuestro tesón y gallardía,” les dijo Zaratrust notando como los trabajadores se miraban y daban de codazos frente al visionario que les endilgaba una sonrisa casi invisible por la espesa mata de pelos.

“Mire mi cuate la verdad es que no le entendimos mucho salvo la palabra güero y en eso tiene razón porque nosotros trabajamos para los blancos, híjole…” respondió el mexica que al mismo tiempo masticaba entusiasta un trozo de pan.

“¿Sois por acaso trabajadores inmigrantes o como os denomina la Migra ilegales? Preguntó Zaratrust sintiendo que sus tripas se quejaban por la ausencia de alimentos y el ayuno constante.

Los mexicanos se miraron incómodos y los rasgos de sus rostros se endurecieron como si hubiesen visto al demonio.

“Pos ¿no será usted de la Migra?” preguntó el que parecía líder del grupo que apuraba el café ya que pronto llegaría Mr. Warren, el supervisor, que les iba a buscar todas las mañanas en una camioneta al Burger King de la Airport Road.

“Hermanos no me insultéis que se me agría el corazón con la mera mención de esos canallas y por favor no os sintáis agobiados por mis preguntas.Mi nombre es Gastón Silvestre Zaratrust y vengo a compartir con vosotros el producto de semanas de ayuno y meditación que realicé en mi humilde morada, vuestra casa si es que algún día os falta albergue o necesitáis asilo contra la opresión,” les dijo el predicador.

“¿Zara, Zara? ¿No será usted como Juan Gabriel?” respondió otro aludiendo a la identidad sexual de Zaratrust mientras que los demás rompían en carcajadas.

“Oiga Don Zara y ¿porqué anda tan descuidadito y traposo? sí parece que lo hubiesen sacado del truck de la basura, híjole” dijo otro provocando otra risotada del grupo.

“No me importa que os riais y entiendo que a vosotros los oprimidos del mundo la verdad les mortifique tanto como una extracción de la muela del juicio por parte del barbero o escuchar las mentiras de Trump,” dijo Zaratrust, agradeciendo un mendrugo de pan francés con queso que le alcanzó uno de los trabajadores.

“Oiga Don Zara, es mejor que comience a alimentarse ya que se le están quedando las nalgas en los otros pantalones,” le dijo el asalariado causando la risa de sus compañeros.

Los mexicanos, incluido un salvadoreño comenzaban a inquietarse por la plática con Zaratrust ya que necesitaban continuar con sus labores de picapedreros antes de que regresara el Mr. Warren.

“Mire Don, la verdad es que estamos más ocupados que la Ivanka vendiendo pantis y sostenes en la Casa de los Blancos y no podemos seguir hablando con usted ya que a pesar de que nos pagan a tres pesos la hora no podemos perder esta chamba,” dijo otro de los muchachones cogiendo una picota.

“¿Tres pesos la hora?Hermanos estos es una vergüenza, ¿o sea que ganáis 24 pesos al día unos $120 a la semana que viene siendo y simplificando unos $500 al mes? ¡Oh Dios! ¡que injusticia Padre Celestial que estás en las alturas con los satélites espías rusos observando como explotan a estas pobres almas!” exclamó con rabia Gastón Silvestre Zaratrust.

“Oiga paisano, pero no se le olvide descontarle los diez dólares a la semana por el transporte… ¡Híjole! allá se ve la troca del güero.Amigo con el permiso que por hablar nos botan y echan encima a los Migrosos,” dijo el interlocutor de Zaratrust viendo como los mexicanos y el centroamericano paleaban y picaban como si estuviesen haciendo ya la muralla.

Mr. Warren estacionó su Ford 2017 en las cercanías mirando el trabajo de la cuadrilla.

“¡Pelaos se eshtan demorandou muchou y parecer que venir lluvia,” dijo el güero a quien llamó la atención la presencia de Zaratrust que le miraba con un odio reconcentrado

“Y tu peladou que me mirash tantou, ¿qué te gustou?

“Callad explotador facineroso representante infame de una raza de chupasangres.Antes de dirigirle la palabra a estos humildes obreros a quienes pagáis un mísero y mezquino salario de hambre, debierais limpiarte tus sucias fauces de miserable cicatero, tiñoso hijo de la gran chingada, engendro de la estirpe usurera de Donald Trump ¡híjole!,” dijo Zaratrust acercándose al güero que sacó su celular discando el 9-1-1.

“¿You ser de alguna unión o sindicatou, mendigou sin casa, o delincuente?Aléjate que venir los guardias,” replicó Warren algo escamado por el aspecto de Zaratrust que mostrándole el dedo del medio, también llamado el Mayor, se despidió de los aztecas animándolos a insurreccionarse, expropiarle la camioneta a Warren a cuenta de la magra soldada y amenazando a los que se aprovechaban de la plusvalía y la especulación trumpiana.

Gastón Silvestre Zartrust así como había llegado desapareció detrás de unos matorrales y cuando llegó raudo el guardia güero de West Hartford, no quedaba nada más que la historia increíble.

Warren especuló con el policía que el desarrapado era quizás un terrorista o representante de un sindicato y prometió que al día siguiente traería a su perro Donald, un Bulldog malo que amedrentaba a las ardillas.

Gastón Silvestre ha despertado reflexionando acerca de ese sueño que le había enfogonado tanto como una carta del IRS, prometiéndose no comer tacos ni burritos después de las once de la noche en el restaurante “Jalisco que te Rajo” donde escuchaba las historias de los cuates.

Había sido todo tan real, pero fue solamente un sueño quizás una alucinación.Estaban pasando tantas cosas en Washington. JDB

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