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¡Auxilio, necesito dominio propio!, por Liliana D. González

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Es probable que ante un maltrato o una respuesta hostil hayas sentido ganas de devolver la misma agresión. Innumerables historias relatan situaciones en las que la iracunda naturaleza humana ha provocado desgracias.

Una noche, cuando todos dormíamos en casa, nos despertó intempestivamente el timbre de la puerta. Mi esposo adormitado fue a abrir y, para su sorpresa, se encontró con un vecino furioso que lo amedrentaba con un arma de fuego. Una gotera en el techo fue la chispa que encendió la ira de este sujeto de oficio policía. Habitualmente trata con antisociales y fuera de su jurisdicción manifiesta el mismo trastorno de personalidad, al intimidar a la gente con groserías e infundir miedo con su arma de reglamento. Si mi esposo no hubiera sido instruido en la Palabra de Dios, es muy probable que el incidente hubiera terminado en una fatalidad.

Los débiles se dejan dirigir por sus emociones. La persona más fuerte es la que ha aprendido a controlarse a sí misma. El autocontrol necesita del diálogo sereno para evitar que la confrontación derive en situaciones de violencia emocional o física. En el libro de la sabiduría, Salomón enseña que la respuesta blanda calma la ira, mas la áspera hace subir el furor (Proverbios 15:1). Y explica que “como ciudad sin defensa y sin murallas es quien no sabe dominarse” (Proverbios 25:28 NVI). Dios compara a una persona sin dominio propio con una ciudad que está a merced de sus enemigos. Los enemigos del alma son muchos, incluyendo nuestras propias emociones que pueden llegar a dominarnos como marionetas, motivo más que suficiente para decidir vivir sujetos a la voluntad de Dios, y no bajo la dirección de nuestras emociones.

Si bien es cierto que la templanza o dominio propio es un fruto espiritual que recibimos de Cristo, debemos hacer que crezca y se desarrolle en nosotros hasta que llegue a ser una cualidad de nuestro carácter. Con disposición, constancia y firmeza podremos lograrlo, porque el Espíritu que Dios nos ha dado no nos hace cobardes, sino que Él es para nosotros fuente de control o dominio sobre uno mismo (2 Timoteo 1:7).

Vigila lo que piensas, el dominio propio está ligado a los pensamientos. Si meditas en ideas destructivas y negativas, indudablemente te conducirás de manera insensata, pero si piensas en todo lo positivo, en todo lo que es integro, en todo lo justo, en todo lo puro, en todo lo agradable, en todo lo que es bueno, por más tensa que sea la situación que enfrentes, te conducirás de forma benigna y serena.

Ante el relativismo de este mundo, es preciso dar un testimonio radical del evangelio. No puedes eclipsar a Dios cuando creas conveniente actuar a tu modo y no al suyo, en ese momento estarías padeciendo de amnesia cristiana y negando la fe. Si eres creyente, da un buen testimonio en tu hogar, en tu trabajo y en tu comunidad, sin importar las situaciones que se te presenten. No puedes ir por ahí hablando de Dios y conduciéndote como hijo del diablo. Imita el carácter de Cristo. Él es sabio, apacible e inmutable; si lo sigues, aprenderás a serlo tú también.

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