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Lucio Buitrago Santelices está descorazonado y la frustración le embarga las fibras más profundas del motorcito que le latía más rápido que de costumbre acercándose peligrosamente a una feroz taquicardia agravada por una presión de 98/200 y un pulso de 160 por minutos.

Un sudor frío le cubría la frente y le chorreaba por los párpados como si se hubiese expuesto a una lluvia tenue del mes de abril, cuando los pajarillos y animalitos silvestres comienzan a hacerse ojitos cantando con trinos melodiosos el hermoso pio-pio.

Su esposa le había dado pa’ rápido una dosis extra de Presionil, 50 miligramos, para bajarle los latidos cardiacos y ayudar de este modo el funcionamiento de las válvulas ya gastadas por su previo empleo de cartero en el proyecto habitacional “Barreta 44” donde mueren los valientes y aquellos que venden de la buena dirigidos por el Bichote Mauro.

Esa mañana se había levantado a las seis cuando aún no se perfilaban en los montecitos de Wethersfield los primeros rayos del “cara de gallo” también apodado sol, y una vez que desayunó bien en el Restaurante Comerío; enfiló raudo hacia la oficina central del Departamento de Motores y Vehículos cuya sola mención hace tiritar a la gente como si estuviese afectada por la malaria o una picada de mosquito malo.

Con optimismo y pisando fuerte se dirigió al segundo piso, pero antes de llegar ni siquiera a la escala que le llevaría a lo alto, se encontró con una enorme e inconcebible fila donde personas de distintas edades y género con caras de amargura, esperaban coger el mísero número para tener acceso solamente a la sección de “informaciones” desde donde les referirían a otra fila para los servicios que buscaban.

Improperios, denuestos, injurias, y groseras maldiciones en contra de los políticos, surgían sin parar de la masa que se estremecía de frustración.

“¡Ahora hay que sacar número hasta para preguntar la hora!” decía un viejito atribulado porque tenía que usar el baño con urgencia, pero temía perder el puesto.

“Estamos peor que ir a una cita médica privada en San Juan, Puerto Rico: la sala de espera es chica, no hay suficientes sillas y el aire acondicionado está flojo que la mandíbula superior,” dijo otra dama cuyo peinado culminaba con un moño monumental al parecer artificial.

Lucio Buitrago Santelices perdió la paciencia alrededor de las 10:47 minutos y siete segundos de la mañana después de tres horas de espera y gritó con estrépito y valentía, “What’s  hell is going on,” que a pesar de su acento boricua y errores ortográficos llamó la atención inmediata de un guardia de seguridad de seis pies con cuatro que se le acercó con la radio en mano advirtiéndole que otro gritito destemplado le costaría acompañarle al cuartel de la policía por emitir expresiones inaceptables e intrínsecamente peligrosas y amenazantes que podría causar pánico en las personas causando una estampida descontrolada hacia el exterior del edificio.

Sintiendo que las sienes le pulsaban, dejó su puesto invadido por idea homicidas, y con dificultad salió del antro de la burocracia, montó en su coche Toyota 1984, y se dirigió raudo hacia su hogar mentándole durante el trayecto la madre al gobernador Malloy y a su mala suerte de vivir en un Estado donde hay tanto automóvil, se pagan excesivos impuesto, y se castiga al ciudadano con excesiva tramitación y jodiendas.

Ya más relajado después de tomarse varias tabletas de Nervotol Power Z que le envió su hijo desde Florida, Lucio descansaba pensando que hacer para dar de baja las tablillas de un coche que pensaba regalarle a su sobrino Pepo.

En ese instante y mientras veía a Ivanka Trump en el plasma diciéndole a las mujeres de Europa que su padre era más bueno que el pan blanco y que su trabajó como asesora en la Casa Súper Blanca era “escuchar y aprender,” cuestión que usualmente se hace previamente a la labor de asesora en las escuelas de derecho, administración pública y después de haber completado estudios constitucionales y políticos avanzados; sonó la campanilla de la puerta y su querida esposa Matilde se dirigió a ver si era el cartero trayendo una caja de desodorante.

Sin embargo, allí estaba un señor muy sonriente al que la esposa de Buitrago confundió con una visita de los Testigos.  Ya estaba por cerrarle la puerta en sus narices, cuando el joven de una mirada cautivante le dijo con una acariciante voz de barítono que deseaba hablar con el señor Buitrago que esa mañana se había ido del Departamento de Motores y Vehículos más contrariado que el papá de un estudiante pagando los préstamos universitarios federales de su hijo quien después de cuatro años de estudio se dedicaba a reparar mesas y sillas de bares.

“Deseamos saber cómo se siente ya que le vimos más colorado que el presidente y no logramos darle alcance,” manifestó con un tono de preocupación Jack González que era el nombre del visitante estampado estaba en una placa de identificación del Estado de Connecticut.

“¡Quien caray es, no quiero saber más de cambio de ventanas, renovaciones en la mesa de la cocina, ni extinguidores en los baños,” gritó Lucio.

“Por favor, espere un momento,” dijo Matilde, informándole a su esposo de alguien del DMV que venía a preguntar cómo se sentía.

“Me siento como un mantecado de jengibre, pero dile al tipo que pase,” replicó Lucio.

“Señor Buitrago, de parte del gobernador del estado y Mister Ralph O’Neil, director del Departamento de Motores y Vehículos Motorizados, deseo expresarle nuestras disculpas por la larga espera de esta mañana y la consecuente desazón que invadió sus células cerebrales exacerbando sus emociones,” dijo con cortesía Jack, presentándole a Buitrago su tarjeta y credenciales.

Lucio estaba por enviar al tipo al carajo que de acuerdo a la historia era un lugar en el mástil mayor donde los capitanes enviaban a los marineros que metían las patas en los barcos de guerra; pero su esposa le hizo una señal para que se calmara evitando una potencial y violenta subida de presión con las posibilidades ciertas de un derrame cerebral y stroke.

“Señor Buitrago he venido para ayudarle a resolver su problema y entiendo que era un asunto de las tablillas de un coche que usted piensa regalarle a su sobrino.  Bueno, el trámite está ya hecho y he aquí el recibo del procedimiento. Por favor dígame si en algo más puedo ayudarle, pero también deseo entregarle de parte de nuestro personal un certificado para dos comidas gratis en el restaurante Kitchen Factory de modo que usted con su esposa disfruten de un buen Día de la Madre,” terminó por añadir Jack, disponiéndose a echar un pie y dejar a Buitrago tranquilo.

“¡Coño, pero esto es increíble!  ¿Y desde cuándo este servicio a domicilio?,” preguntó Lucio Buitrago sintiendo que un reposo interno parecido a la felicidad le invadía el soma con un sentido de relajamiento celestial.

“¡Oh! Esto se ha inaugurado hace dos semanas y favorece a los adultos mayores y personas que estén afectadas por dificultades físicas como el asma, problemas para caminar, o simplemente propensas a perder el control emocional generándole deseos de hacer trizas las sillas,” dijo Jack que de un bolso de cuero extrajo saco tres rosas entregándolas con una reverencia a Matilde y deseándole anticipadamente un feliz Día de la Madre.

Buitrago se quedó pensando mientras escuchaba el sonido de la puerta cerrándose y la voz suave de su esposa diciendo:  “Lucito, no se quite la máscara para respirar cuando esté dormido ya que ronca y eso le agrava el apnea.”

Allí Lucio Buitrago Santelices despertó y se dio cuenta de que todo había sido como un sueño, pero agradeció la satisfacción que le había otorgado ese mundo irreal que a veces hace realidad nuestros más profundos deseos.

Reacomodó su cráneo en la mullida almohada y asumiendo la posición fetal, siguió durmiendo.

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