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Matagente, por Carlos Riveros

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“Te odio tanto que yo mismo me espanto
de mi forma de odiar.

-Nacho Vegas – Bravo

Hay algunas (no pocas) personas que, con vivo esfuerzo, se han ganado mi desprecio o rencor o ambas cosas en algunos casos. Son seres despreciables y abyectos que, lejos de mejorar este mundo, lo empobrecen y lo envilecen, siendo su presencia prescindible, aunque, lamentablemente, no opcional. Porque están ahí, como bichos indeseables. Y, a veces, nosotros estamos condenados a soportarlos. Todos ellos merecen morir. Y creo que es hora de que lo sepan.

El tipo era jefe de una pequeña compañía donde yo había empezado a trabajar. Eran finales de los noventa y eran tiempos difíciles para mí. Buscaba trabajo y no lo encontraba, y cuando se me presentó esta oportunidad, no dudé en tomarla. Me arrepentiría. El jefe era un señor cincuentón, gordo, que se creía dueño del mundo y nos trataba a los demás como esclavos. Todos le teníamos odio, asco. Lo recuerdo manoseando a su secretaria, a la que, luego del trabajo, se la llevaba a algún hotel. Cuando le pregunté a la secretaria por qué permitía eso, me respondió que necesitaba el trabajo. Sentí lástima por ella. Ese mismo día le dije al jefe que renunciaba. Sin mirarme, me dijo que no le importaba, pero que no espere cobrar ni un solo día trabajado, porque no había terminado la semana. Le dije que eso era injusto. Me respondió, con una sonrisa de hiena en celo, que no le importaba, y que al salir llamara a la secretaria porque necesitaba una chupada. Salí de ahí y casi recé por su muerte. Espero que, si Dios existe, me haya escuchado.

Alguna vez escribí unos cuentos infantiles que me fueron astutamente birlados. El jefe de una editorial, un gran amigo mío, me sedujo con la idea de que me publicaría todos los cuentos que pudiera escribir en el lapso de un año. Escribí cuatro. Nos citamos en un restaurante y se los entregué para que los revisara y me diera su opinión. Me dijo que esos cuentos estaban prácticamente publicados y que ganaría un buen dinero por ello. Nos estrechamos las manos y brindamos con unas copas de vino. Pero luego de eso dejo de contestar mis llamadas. Comenzó a evadirme con excusas tontas. Y finalmente, cuando nos topamos casi de casualidad en la puerta de su trabajo (estuve esperándolo por horas, en realidad), me dijo que los cuentos iban a ser publicados, sí, pero con su nombre, y que las ganancias serían todas para él, y que si quería podía demandarlo. Discutimos y casi nos vamos a las manos en esa ocasión, de no ser por el vigilante y algunos amigos de él que nos separaron. Por canalla y ladrón, ese jefe editorial merece obtener alguna enfermedad incurable.

Una de las cosas que más detesto es la vulgaridad. Hace años atrás, conocí a una muchacha que todo en ella era vulgar, despreciable. Todo el tiempo que trabajé a su lado, que fueron cerca de dos años, me lo hizo insufrible, insoportable. Sus comentarios, sus historias, sus chistes, todo se tornaba no sólo vulgar, también estúpido, poniéndome muchas veces en una situación incómoda. Ella no parecía darse cuenta o al menos no le importaba incomodarme, y persistía en una forma tenaz no sólo en hablarme, sino en ser mi amiga. Hasta que me invitó a su cumpleaños y me negué y me insultó y se burló de mí de tal forma delante de todos los otros trabajadores que me sentí tan avergonzado que sólo pude ir al baño y tomar un respiro. Luego de eso, ella siguió como si nada hubiese ocurrido, a veces hablándome, a veces haciéndome partícipe de sus bromas, mientras yo me preguntaba en secreto cuál es el beneficio de la existencia de personas como esa. Y si la respuesta es ninguna, ¿no debería la muerte hacer su trabajo y mejorar así un poco este mundo?

Él se cree el mejor escritor del mundo y piensa que debería ganar el Premio Nobel. Él tiene el ego tan grande que se considera un escritor maldito e incomprendido, cuando la verdad es que es un escritor aburrido al que, efectivamente, nadie comprende porque su prosa es soporífera. Este escritor cuando fue joven, fue mi amigo. Compartimos muchas noches de juergas y conversaciones metafísicas. Hasta que ambos decidimos participar en un concurso de poesía y yo terminé finalista y él eliminado y sin reconocimiento alguno. Me culpó de envidia y de tramar argucias para que no califique a la fase final del concurso. Se enojó conmigo, sin razón alguna, y a partir de ahí comenzó a desacreditarme como escritor, criticándome duramente en cuanta oportunidad tuviese y casi siempre desde su blog. Ahora ya es un escritor viejo y fracasado, pero persiste en esa lucha personal conmigo, lanzándome ácidos comentarios desde su trinchera, supongo que hasta que la muerte se lo lleve (que espero sea pronto).

103.5 FM - La Voz Radio

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