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Por amor a mamá, por Liliana D. González

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Estando Jesucristo en la cruz, a punto de morir, nos enseñó otra de sus valiosísimas lecciones de vida. Narra la Biblia que María estaba junto al madero en aquellas dolorosas horas cuando su amado hijo agonizaba. Quién sino una madre permanece cerca del fruto de su vientre en los momentos de dolor y sufrimiento.

Treinta y tres años antes de estos acontecimientos, Simeón, dirigido por el Espíritu Santo, le profetizó a María: «Una espada te atravesará el alma» (Lucas 2:35 NVI). Ella guardó silencio. No se quejó ni el miedo la paralizó. Fortalecida en el perfecto amor de Dios, llena de gracia divina, cumplió con fidelidad la tarea que le fue encomendada.

María fue bendita. Ella llevó al Verbo en su vientre, lo parió, amamantó, educó; le amó profundamente y le sirvió aun después de su muerte. Todo aquel que tiene a Dios en su corazón es bendito, porque es nacido de Dios, y conoce a Dios (1 Juan 4:7).

El sentimiento maternal nace del mismo corazón del Señor. Dios le dio a la mujer el don de dar vida. Solo Él comprende el desmedido amor de una madre, porque Él es Padre y Madre de la humanidad. La prueba de su infinito amor fue que se entregó a sí mismo por todos nosotros (Efesios 5:2).

En sus últimos minutos en la cruz, Jesucristo miró a su madre bañada en lágrimas y a Juan, su discípulo amado, y pronunció una de las frases más aleccionadoras del evangelio: “«Mujer, he ahí tu hijo». Después dijo al discípulo: «He ahí tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (Juan 19:26-27). Hasta en su agonía, Cristo pensó en el porvenir de su madre. Antes de su partida, le proveyó un hogar, el cuidado y la protección permanente de un fiel amigo.

Jesucristo es nuestro modelo a seguir. Los hijos debemos amar, respetar, cuidar y favorecer a nuestros padres todos los días de su existencia, independientemente de sus errores, porque es un mandamiento del Señor y tiene dos maravillosas promesas: “Honra a tu padre y a tu madre […]; para que te vaya bien, y para que tengas larga vida sobre la tierra” (Efesios 6:1-3). Aquel que perdona los errores de sus padres y les provee de todo lo bueno, tendrá longevidad y el favor de Dios en cualquier cosa que emprenda.

En el corazón de una madre está tatuado el nombre de cada uno de sus hijos. Ellas tienen su propia historia. Están las casadas que cuentan con el apoyo de sus esposos en la crianza de los hijos. Las madres solteras, viudas o divorciadas que no tienen el soporte moral ni financiero de sus compañeros en esta loable tarea. Hay un grupo muy especial, las que como María hemos enterrado hijos, sintiendo literalmente que una espada nos traspasa el alma. También están las madres que dedican sus vidas a cuidar hijos con trastornos genéticos y con problemas mentales y conductuales. Todas son benditas, ellas cuentan con la doble porción del amor de Dios, porque no hay mayor amor que dar su vida por otros.

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