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Los mil ‘resucitados’ del cirujano que arregla corazones con repuestos criogenizados de otros corazones

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El corazón humano es un instrumento de muchas cuerdas; el perfecto conocedor de los hombres las sabe hacer vibrar todas, como un buen músico
Charles Dickens

Por Paco Riego/ elmundo.com

La llegada al mundo de Irene había traído la desgracia a la familia y a la vez fue el anuncio de una revolución a punto de nacer. Una forma insospechada y nueva de alargar la vida. Con apenas tres días de vida y la mitad izquierda de su corazón inservible, Irene ni siquiera tenía válvula aórtica ni mitral, las posibilidades de que la niña saliera adelante eran prácticamente nulas. Todos los pronósticos la daban por desahuciada. O le ponían un corazón nuevo o moriría en pocas horas. Era el momento de probar si aquellos trozos de corazones (aurículas, ventrículos, arterias y válvulas) que permanecían congelados a casi 200 grados bajo cero, volverían a latir.

La idea, para muchos descabellada entonces, desde tiempo atrás bullía en la cabeza de un joven cirujano cardiovascular, de 30 años, que había hecho suyo el aforismo de Einstein: “Cuando alguien dice que algo es imposible, probablemente esté equivocado”. Cabo se propuso llevarle la contra a lo “imposible”. Y en vez de descartar, como la mayoría de doctores, los corazones averiados de receptores de trasplantes o de accidentados fallecidos, el galeno se los quedaba para reciclarlos. Separaba las partes aprovechables y las guardaba -en frío extremo- como piezas de recambio. Trocito a trocito fue reconstruyendo, como un Frankenstein, el corazón estropeado de la pequeña Irene. Y más tarde el de Santiago. Y el de Estefanía. Y el de María…

Esta no es una historia de ficción. Esto ocurrió de verdad en el Hospital La Paz de Madrid, donde todo empezó hace ya 25 años. Aquel singular taller de repuestos del doctor Cabo, que se surtía de corazones de donantes que valían para ser trasplantados y de receptores que habían recibido uno nuevo, se convirtió en la primera unidad de Criopreservación de toda Europa.

Sereno, buen conversador y sabio, cuesta entender de dónde saca tiempo para tanto este gallego de Pontevedra -”Me bastan tres o cuatro horas de sueño”-, casado y padre de cuatro hijos ya mayores (en breve lo harán abuelo). Javier Cabo Salvador ha hecho de la sala de operaciones, donde siempre suena Tchaikovski o Rajmáninov, sus favoritos, su segundo hogar. Ya fuera practica la filosofía, toca y da clases de violín y piano, pinta y expone sus cuadros, escribe libros, visita las universidades de Harvard, Washington y Loma Linda, de las que es miembro asociado, investiga y vuela por medio mundo explicando su técnica… Aunque sin perder nunca de vista el quirófano y las aulas, los hábitats que lo han encumbrado hasta la Academia de Ciencias de Nueva York, el único español miembro de la institución que tuvo como ilustres a Albert Einstein, Darwin o Louis Pasteur. A su abultado historial hay que sumar también el primer trasplante de corazón realizado a un neonato en España (1994), el primer implante de corazón artificial a un niño (2006) y, en el mismo año, el de un corazón artificial con un pulmón artificial asociado. Alrededor de 1.000 niños se han salvado gracias a sus piezas de corazones congelados que luego revive.

Realizó el primer trasplante de corazón a un neonato en España y el primer implante de corazón artificial

Lo que ahora persigue Cabo es el más difícil todavía: trasladar lo que él hace con corazones a cuerpos humanos enteros. Una especie de milagro hasta hoy inalcanzable.

-Es algo parecido pero mucho más complejo -matiza el médico-. Un corazón no tiene la complejidad biológica de un cuerpo completo. Además, está el cerebro, la parte más complicada… Llegados a este punto, después de tantas cosas que han dicho y escrito acerca de la posibilidad de volver a la vida cuerpos congelados, lo que hay que saber es dónde estamos científicamente en el momento actual. ¿Alguien ha descongelado alguno de los cuerpos criogenizados para ver qué pasa? Nadie lo ha hecho, no sabemos qué pasaría.

Sin embargo, hay ya unos 600 cuerpos criogenizados en el mundo, la mayoría en EEUU y Rusia. Dos de ellos, españoles: el de una abuela y su nieta, vecinas de las Islas Baleares. Las dos están en Alcor, Arizona, la mayor empresa de criogenización humana. Los 600 permanecen conservados en el interior de enormes depósitos de acero a 196 grados bajo cero, esperando, como Lázaro, a ser resucitados. ¿Sueño o ilusión de alcanzar la vida eterna? El doctor Cabo lo tiene claro: “Esto, de momento, no es otra cosa que un rito funerario más, sólo que moderno”.

-No creo en la resurrección de los muertos. Si yo congelo un muerto, descongelaré un muerto. No hay manera de revivirlo.

-¿Qué propone usted?

-Propongo que revisemos todo lo que se ha hecho hasta ahora y, a raíz de los avances científicos y tecnológicos, cambiemos los enfoques. Hay que buscar otro camino para poder prolongar la vida más allá de la muerte legal. Y para eso no puede haber muerte biológica. Es decir, las células tienen que estar activas, vivas. El frío lo que hace, para entendernos, es ralentizar al máximo su metabolismo, hibernarlas, sin que sufran daños incompatibles con la vida. ¿Hasta dónde podemos llegar con los conocimientos que hoy tenemos? No es fácil de saber…

Molde de un corazón infantil entre las manos del doctor Cabo. OLMO CALVO

Quizás la respuesta salga de la primera Cumbre Internacional de Longevidad y Criopreservación, del 25 al 27 de este mes, en Madrid. A ella acudirán, a petición de Javier Cabo, los primeros espadas mundiales en genética, biología del envejecimiento y criogenización. En total, 39 cerebros, como el estadounidense Fahy Gregory, cuyos hallazgos han hecho posible el almacenamiento de óvulos mediante vitrificación, una de las técnicas que se barajan para guardar cuerpos con vista a su posterior reanimación. O la española María Blasco, una de las mayores autoridades en telómeros, los extremos del ADN que evitan que los genes se rompan y las células envejezcan prematuramente. O el también español Juan Carlos Izpisúa, del Salk Institute, La Jolla (California), el centro donde investigaban los Nobel James Watson y Francis Crick, autores del descubrimiento de la hélice de ADN.

Abrirá esta cumbre el doctor Cabo, su alma mater.

-¿Hablará, imagino, de los corazones congelados que usted prepara?

-De eso y del centro de investigación que estamos perfilando para estudiar la criopreservación de cuerpos.

El cirujano hace una pausa y dibuja el boceto de un corazón sobre un folio. Quiere explicar cómo hace para que los trozos de ese órgano se mantengan vivos para cuando sean trasplantados. Es uno de sus secretos. Lo primero que hace es vaciarlos, dejarlos sin una gota de sangre. Luego sumerge las piezas en una solución con antibióticos “para descontaminarlas”. Es el paso previo a la esterilización final. El último paso consiste en aplicarles frío hasta alcanzar los 196 grados bajo cero y almacenarlas en una especie de congelador.

“Una de las claves está en que las células de esos trocitos de corazón permanezcan vivas antes de someterlas a ese shock térmico tan fuerte. Cuando esas células se descongelan siguen vivas, como si despertaran de un letargo, y ya se pueden usar como piezas de recambio”. Están dentro de una nevera especial del Hospital La Paz situada junto a una pequeña habitación totalmente esterilizada y contigua al quirófano en el que interviene Cabo. En total, medio centenar de repuestos, los que más, válvulas y aortas.

-¿Se podría hacer lo mismo con cualquier otro órgano?

-En teoría, sí, podríamos tener un almacén de órganos y tejidos disponibles en el caso de que no hubiera suficientes donantes, lo que no se descarta en un futuro.

Pretende desarrollar una cápsula-incubadora que “permita realizar viajes espaciales de larga duración”

De ese más allá también se está ocupando Cabo en la Universidad Internacional de Andalucía, donde dirige el departamento de inteligencia artificial, robótica y nanotecnología. Su proyecto, por el cual la NASA se ha interesado, consiste en el desarrollo de una cápsula-incubadora que “permita realizar viajes espaciales de larga duración” sin que por ello el organismo sufra un desgaste acelerado. Los cuerpos, según este doctor, estarían criopreservados o en animación suspendida (hibernación) en el interior de las cápsulas. “Es algo totalmente hipotético y experimental”, especifica el cirujano, que sin embargo pone fecha a la realización de la idea: año 2080. Aunque, “prefiero seguir reviviendo con los corazones”. ELMUNDO.COM

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