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Cristianos, Cristinos y Cristianoides, por Liliana D. González

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Supongamos que vives en la antigüedad, y un ángel se te aparece para alertarte del diluvio que caerá sobre la Tierra y destruirá a todos los seres vivos bajo el cielo. La única posibilidad de salvarte es entrar a la monumental arca de madera que construyó en tierra seca el lunático Noé (apodado así por creerle a Dios).

Al caer las primeras gotas de lluvia, los truenos anuncian  tormenta, el viento dobla las palmeras y tú corres en dirección al arca; al darte cuenta de que está cerrada, golpeas la puerta pidiendo a gritos que te dejen entrar. Y es por la misericordia de Dios que llegas al único lugar donde hallarías salvación.

Una vez dentro, los cánticos de Noé y su familia alabando a Dios te devuelven la paz. Te sientes santo, puro y a salvo en ese lugar, sin embargo, al trascurrir los días, los animales del arca expiden olores nauseabundos, se ensucian con sus propios excrementos, el rugido de las fieras te ensordece, las murmuraciones de los loros son intolerables. El arca no es tan agradable como al principio. Entonces, optas por salir y perderte como un náufrago antes de continuar conviviendo un minuto más entre tanta bestialidad.

Eso es lo que les sucede a los creyentes con espíritu religioso, van al templo porque sienten paz, alaban a Dios y experimentan supremo gozo, ¡ah!, pero cuando la basura amontonada dentro del ser humano sale a la luz y expide mal olor, ¡se horrorizan! Su primera reacción es salir corriendo. Desprecian la oportunidad que les ofrece el Señor de edificar sus vidas. Simulan ser más santos que Dios, son incapaces de discernir que adondequiera vayan los alcanzará su propio hedor humano.

Es cierto que las iglesias alojan pecadores. Personas envidiosas, chismosas, adúlteras, mentirosas, idólatras, pero ellas también son huéspedes del mundo. Jesús afirmó: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Lucas 5:32). Además inquirió: “¿por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?” (Lucas 6:41). Todos pecamos con los pensamientos, las palabras y las obras, inclusive pecamos cuando sabiendo hacer lo bueno, no lo hacemos (Santiago 4:17). El que con su índice señala los pecados de su prójimo, tenga cuidado, no sea que caiga. Vivimos rodeados de tentaciones: “No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados” (Lucas 6:37).

Los templos albergan a los cristinos, se asemejan a los cristianos, pero no lo son. Escuchan la Palabra y no la aplican, se enredan en chismes, andan un ratico con Dios y otro con el diablo, amoldan las Escrituras a su conveniencia, lo que no les parece, simplemente lo descartan. Se identifican con un pececito pegado al automóvil, tienen el último CD de Marcos Witt y así como alaban a Dios con sus gargantas, escupen maldiciones sobre su prójimo.

Los cristianoides, por su parte, se congregan algún domingo del mes o cuando se les casa un amigo, cantan coritos y, al salir del templo, visitan al brujo para que les haga un ensalme por aquello “de que vuelan, vuelan”, son supersticiosos, insensatos y están sujetos a la idolatría. Aman el mundo, se dejan llevar por la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida.

Jesucristo declaró: “El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama” (Juan 14:21). El genuino cristiano tiene a Jesús como el Señor y Salvador de su vida. Obedece sus estatutos, no acostumbra a señalar faltas, se dedica a restaurar y a edificar almas en amor, aborrece el pecado, siente arrepentimiento cuando se ha dejado cautivar por la tentación y ejercita el dominio propio para crucificar sus deseos y pasiones carnales.

No te confundas; no permitas que tus fallas y los errores de los demás te aparten del Señor. Dentro del arca de Dios conviven todas las especies: cristianos, cristinos y cristianoides. ¿En qué grupo te encuentras tú?

103.5 FM - La Voz Radio

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