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Dios purifica el corazón por Liliana D. González

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Uno de los personajes bíblicos más admirables del antiguo testamento es el rey David, después de siglos de su desaparición continúa siendo memorable su recuerdo. El joven pastor cuya confianza en Dios lo hizo empuñar la honda y dar muerte a Goliat; el rey de Israel a quien Dios juró que de su descendencia levantaría al Cristo; músico, poeta, profeta y escritor de la mayor parte del libro de los salmos; pero de todos, el título que llama poderosamente la atención es el atribuido por el Señor: «Un hombre conforme al corazón de Dios» (Hechos 13:22).

Sabemos que David tenía debilidades como cualquiera de nosotros, cometió adulterio con Betsabé, la mujer de Urías, uno de sus soldados, y planificó la muerte de éste en batalla. Al meditar en estos versículos nos damos cuenta de que aunque la gracia de Dios es infinita, nuestros pecados siempre tienen consecuencias. David pagó un alto precio por sus pecados con la muerte de su hijo (fruto del adulterio), “porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (Hebreos 12: 6). Sus delitos desagradaron al Señor y, aun así, Dios borró sus transgresiones porque David imploró purificación para su espíritu. En el salmo 51 con gran arrepentimiento, clamó: «Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado».

Comúnmente, la persona que anda en pecado se aparta del Señor. Mientras David se negó a confesar sus pecados abandonó su comunión con Dios y acabó enfermo y debilitado. En el salmo 32: 3-4 DHH, él declaró: «Mientras no confesé mi pecado, mi cuerpo iba decayendo por mi gemir de todo el día, pues de día y de noche tu mano pesaba sobre mí». La Biblia enseña que “si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad” (1 Juan 1:9 NVI). Dios quiere ver en nosotros un genuino arrepentimiento, un cambio de actitud; Él se deleita cuando nos esforzamos por obedecerlo y con determinación le damos la espalda al pecado.

Todos pecamos, no una, sino muchas veces. Pecamos con el pensamiento, con las palabras, con las acciones y cuando sabiendo hacer el bien no lo hacemos. Los pecados menos confesados son los que se cometen en el corazón. «Del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, la inmoralidad sexual, los robos, los falsos testimonios y las calumnias» (Mateo 15:19 NVI). Solo la confesión purifica el corazón y nos acerca a Dios.

Lo que al Señor le agradaba de David era su corazón contrito y humillado. Este hombre reconoció sus rebeliones y su necesidad de salvación. En oración y suplica, él dijo: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí» (Salmos 51:10). Haz como David, reconoce ante Dios tus faltas y tu desobediencia, arrepiéntete de tus pecados y cambia de actitud. Siempre que mantengas un corazón limpio y comprometido con Dios estarás permitiendo que Él cumpla su maravilloso plan en ti.

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