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Detrás del telón, por la Lic. Liliana D. González

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Cuando Andrés y Juan vieron por primera vez a Jesús en el Jordán, y escucharon la exclamación de Juan el Bautista «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»  (Juan 1:29), decidieron seguirlo convencidos de que Él era el Mesías prometido de Israel, al que habían estado esperando. Jesús, al percatarse de que lo seguían, los convidó al lugar donde se hospedaba y durante algunas horas compartió con ellos. Al salir, Andrés fue en busca de Simón, su hermano (a quien Jesús transformaría en Pedro), para contarle la novedad: «Hemos hallado al Cristo», le dijo. Andrés sabía que había encontrado un tesoro de incalculable valor y no podía guardarse el secreto. Así que le narró a su hermano que fue testigo del bautizo de Jesús, le describió la paz que sintió al caminar con Cristo, le habló del gozo de entrar en su casa, comer el Pan de vida, y escuchar su predicación. Desde ese día, Andrés supo que nada puede compararse a un momento en su presencia.

Cuando tienes un encuentro con Dios es evidente porque tu rostro resplandece, su gloria se manifiesta sobre ti, creces en los frutos espirituales, la verdad te hace libre del pecado y un poder sobrenatural te mueve a compartir lo que has recibido. Fue por esa razón que Andrés se apresuró a contarle a Simón su entrevista con Jesús y, no conforme con eso, lo llevó a su presencia. Desde ese instante, Andrés se convirtió en un gran evangelista, comenzó a anunciar las buenas nuevas del reino, a guiar a las personas a los pies de Cristo y con devoción santa sirvió a su Maestro detrás del telón. Mientras su hermano sobresalía con su compulsiva personalidad, él permaneció discreto y reservado junto al Señor.

Algunos no resaltan en la escena, son invisibles, sin embargo, llegan a ser indispensables para llevar a cabo la obra del Señor. No esperes recompensas humanas por lo que haces, todo aquel que sirve a Dios conoce su posición en Cristo y no necesita de los aplausos ni de la aprobación de los hombres para hacer su labor. La mujer que se levanta con el alba, da comida a su familia, tiende la mano al pobre y abre sus brazos al necesitado, es Andrés detrás del bastidor; no figura, pero su labor es esencial. El hombre que con profunda misericordia asiste a las viudas y a los huérfanos, mas no dice a su mano izquierda lo que hizo su derecha, es Andrés detrás de la cortina. Él no era famoso como su hermano Pedro, de quien se dice sanaba a los enfermos con su sombra, la Biblia lo menciona poco, aunque siempre lo cita llevando a alguien a los pies de Cristo. Andrés era dueño de un carisma tan especial que logró que un niño cediera su almuerzo a una gran multitud (Juan 6:9) y, lo mejor de todo, es que siempre se dejó sorprender por un milagro.

El mundo está saturado de personas que buscan un papel protagónico, los controla el ego. Dios repartió dones y talentos, hay quienes, que como Pedro, son llamados a servir de forma poderosa y ostensible, y otros como Andrés, que son hormigas laboriosas trayendo obreros a la mies. Cuando encuentres a Jesús debes menguar para que Él brille, salir de escena para que Él se muestre, así los otros podrán reconocerlo y seguirlo.

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