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Vicenta va con su esposo y dos hijos teenagers en dirección a una de las playas de Connecticut…

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Vicenta Cuasimoda Rodríguez va con su esposo y dos hijos teenagers, René de 14 y Miriam de 12; en dirección a una de las playas de Connecticut.  Desde el día anterior los retoños han reclamado por la gira en ese domingo cuando el mayor quería ir al cumpleaños de su amiguita Sofía, y Miriam a pasar la tarde con su prima Rosa y la tía Yuctaisael.

“En esa playa no hay ni olas,” reclamaba el nene mostrando trompa, mientras Miriam mascaba el chicle con furor enviando miradas furibundas a su padre que entonaba sin inmutarse la hermosa canción “Los carreteros,” de Rafael Hernández.  

“¡Oh los jóvenes siempre reclamando!” pensaba en bueno de Virgilio, esposo de Vicenta; que le pidió a su esposa instalar el CD “Lelo lay 2017” de Danny Rivera con el acompañamiento en cuatro de Gino Portachini y su sexteto Coquí.  A las primeras notas de la canción, Miriam se cubrió los oídos mientras René prácticamente se embutió los auriculares hasta los tímpanos cuando Danny cantaba el tema “Utuado de mis corazón.”

“A estos nenes no hay nada que les guste y me dan ganas de meterles un cocotazo,” dijo Vicenta que nunca jamás le había tocado una greña a René ni tampoco pellizcado a Miriam.  “Es que eso duele” se decía cuando la alteraban, recordando a su abuela Aguirnalda que era suelta de mano y le metía sin pena ni lástima con una varilla de guindo por las piernas.

¡Pero es que al final del día los nenes tenían algo de razón en esto de que las playas de Connecticut eran más bien monótonas impidiendo aspirar el aroma de la sal y las brisas típicas del Atlántico o el Mar del Caribe que bañan las costas de Puerto Rico!

“Más aburridas que bailar con la abuelita,” decía el irrespetuoso de su hermano Pipote que prefería los lagos de New Hartford donde los gringos miraban mal a los latinos.

“Peor es nada” pensó Vicenta, ¿o lo dijo ya que su esposo la miró con cara de pregunta?

“Recordaba a Puerto Rico,” le explicó mirando con repentino desazón la monótona vegetación que bordeaba la ruta 2 que les llevaba a Ocean Beach, la “playa,” a la que muchos comparaban sarcásticamente con un estacionamiento al lado de una laguna híbrida.

Pero era verano y después de casi siete meses de invierno crudo, el aire libre y los rayos ultravioletas del sol eran absolutamente necesarios para normalizar el metabolismo y el estado de ánimo.  En el asiento de atrás, la nena se había quedado dormida mientras René había sacado un juego electrónico llamado “Killer One-B-Trumpy” consistente en descabezar a otros soldados con una daga gigantesca en un campo de batalla donde las tropas rusas avanzaban hacia las huestes alemanas dirigidas por el general Vlad Putin.

La verdad era que ni la cercanía de la costa traía esa brisa salina que se aspira cuando uno va llegando al pueblo de Salinas camino a Ponce.  La vegetación no cambiaba ni se observan los manglares, los árboles del plátano ni las palmeras, aunque según decían, ahora todo en la Isla estaba inundado de proyectos sin vegetación.

Vicenta había abierto los ojos porque dos jovencitas le entregaron un panfleto cuyo título era “Nuevas playas refaccionadas y listas para recibirle como usted se lo merece gracias a los esfuerzos del Gobernador Aurelio Merced-Estuardo.”

¡Hummm, en español! 

Vicenta no se involucraba en política pero se alegró de que hubiese un gobernador hispano, aunque por experiencia en otras ciudades de la región ni en las escuelas, eso no era una garantía de probidad ni calidad. 

“Es que ahora sobra el sinvergüenza,” pensó admirándose de varias palmeras que adornaban el camino hacia Ocean Beach. ¿Palmeras?

Era como un prodigio y bajando la ventanilla para apreciar el paisaje con más facilidad, la invadió el olor a mar y más aún la presencia de varias personas que a la orilla del camino ofrecían los populares “Cocos fríos.”

La boca de Vicenta Cuasimoda se abrió por la sorpresa impactada al ver a los niños elevando chiringas mientras en otro costado del camino se habían instalado kioscos con rótulos que anunciaban el pernil, los guineítos en escabeche, las frías y hasta el mofongo.

Sorprendida, Vicenta advertía como aumentaban las hermosas y cimbreantes palmeras a cuya sombra los viajeros descansaban en sus hamacas a los sones de la música de Elvis Crespo cantando algo que hablaba de hacer el amor, desnudos en una bicicleta.

La visión del mar azulado de tonos verdosos con olas reales y gaviotas, la hizo pensar en un milagro.   Pero es que talvez las palmeras no eran reales sino que meros espantapájaros de madera prensada ubicados estratégicamente para crear una ilusión de vida y los vendedores eran personas a quienes el gobernador incentivaba con bonos para que una vez adquiridos los plátanos, cocos, piñas y lechón en los supermercados C-Town, se instalaran en kioscos que les proveía el Departamento de Pequeños Negocios y así lidiar con el desempleo

¡Esto es extraordinario!” gritó enojada porque el salmón de su esposo no había dicho nada.

“Despierta Vicenta que ya llegamos,” escuchó la voz de Virgilio al que notó más canoso y arrugado, cansado talvez por el viaje.

  II 

Si, habían llegado a una playa con aguas estáticas que en nada se parecían a las bulliciosas olas de Rincón donde van los gringos a surfear.  Ya no había palmeras sino que una vegetación baja con árboles tristes y maltratados por los inviernos fríos, y esa arena grisácea que era tan distinta a la de color blanco de otras playas.  El cielo se veía de un color ocre y el sol derramaba al parecer sin entusiasmo una luz amarillenta y débil.  ¡Oh! y la pantanosa humedad…

“Virgilio, tuve un sueño feliz,” le dijo a su esposo que se preparaba para llevar el cooler mientras que los nenes de malas ganas cargaban los refrescos y unos quitasoles con las sillas y las toallas.

Definitivamente había sido un sueño, cruel, pero agradable sueño.             

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