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Amores de burdel, por Carlos riveros

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Cerraremos la chingana, tío – me dijo Rolo no bien bajamos del taxi. Eran las diez de la noche más o menos y estábamos borrachos.

La música se escuchaba desde afuera. Una de esas salsas movidas y sensuales que hablan de devorar a alguien otra vez. Ay qué rico. Caía a pelo. Estábamos recién en la puerta y ya olíamos el cigarro, el trago y las mujeres. Un tipo con cara de pocos amigos nos cobró la entrada y nos dio un papel que era como un ticket, lo que te daba derecho a atenderte con una de las chicas. ¿Atenderte, dije? Perdonen el idioma puteril, pero ya se habrán dado cuenta de que estamos en un burdel, y quizá en uno de los más conocidos. Entramos y la luz roja nos envolvió. ¡A la mierda! ¿Así que esto era el cielo? Mujeres en diminutas tangas paseaban sus carnes por los pasillos, a vista y alcance de los voraces mañosones.

– ¿Ron o cerveza? – me preguntó Rolo.

– Ron, huevón; siempre ron.

– Allá voy si no me caigo…

Se fue al bar a comprar un par de cubalibres. Regresó con una botella de ron. Para no estar yendo y viniendo, me dijo. Nos lanzamos a recorrer los pasillos en busca de alguna agraciada chica, pero como no eran muchas las guapas, entonces las buscamos jóvenes, y como también escaseaban, las que tuvieran menos pinta de puta, y finalmente cualquiera que estuviera desocupada.

– En tiempo de guerra cualquier hueco es trinchera.

– En tiempo de guerra tú eres capaz de comerte hasta al teniente.

– ¿Salud?

– ¡Salud!

Nos tomamos media botella de ron antes de decidir separarnos. Rolo dijo que buscaría por el lado derecho. Yo, como siempre, por el izquierdo. Quedamos en encontrarnos en el bar, de ninguna forma nos iríamos uno sin el otro. «Juntos hasta el matrimonio» rezaba nuestro pacto. Varias puertas más allá, vi que Rolo era llevado de la mano por una chica nada despreciable. Me metí el último trago de la noche. Paseé por un buen rato antes de decidirme a entrar donde Leonela. Y después donde Yajaira. Y después donde una descomunal ecuatoriana que se hacía llamar Nicole. ¿Y Rolo?

– Tío – me dijo, sentado en la barra del bar-, he conocido a una mujer fuera de serie.

– ¿Acá? Acá todas son putas.

– Sí, pero ella es diferente. Es bonita. Y tiene buena conversación. Me dijo que estudia en la universidad. Y no sabes lo que fue estar con ella. Me trató con un cariño especial. Primero me dio un masaje, me dijo que me tomara todo el tiempo del mundo. Ah, y me ha pedido que la espere a la hora de salida para irnos por ahí.

– O‘e Rolo, ¿estás borracho o eres un huevón? ¿Qué te pasa? Me estás hablando de una puta.

– Más respeto.

– ¿Señorita puta, te parece bien? ¡No me jodas!

– Mira, hasta me dio su número de teléfono para que la llame cualquier día.

– Eres el único huevón que viene a ligar a este antro. ¡Qué increíble eres, Rolito!

Nos interrumpió la voz de alguien que presentaba el show de la noche: Pamela Chu y los cuarenta ladrones. Un bodrio, por supuesto. Una mujer bailaba alrededor de varios varones intentando seducirlos. Demás está decir que la susodicha estaba desnuda. El público ovacionaba. Rolo me agarró del brazo y me susurró, Ella es. Le hice un gesto como diciéndole y a mí qué.

Cuando acabó el show la chica recibió aplausos y gritos y ovaciones. Se cubrió con una bata y caminó entre el público. Pasó entre Rolo y yo. Se miraron y sonrieron. Le cerré el paso.

– Me han hablado maravillas de ti – le dije.

– Porque hago maravillas. ¿Quieres probar? – Me tomó de la mano y me jaló. Me dejé llevar. No volteé a ver a mi amigo.

Media hora después encontré a Rolo en el mismo lugar, cerveza en mano.

 

– Eres una mierda – me dijo.

– Novedad. Dime algo que no sepa. ¿Qué te pasa ahora? ¿Celoso?

– Te hablo de esta chica y te metes con ella.

– No me hubieras hablado y todo bien entonces. ¿En serio le creíste todo lo que te dijo?

– Pero es que es verdad. Tío, tendrías que conocerla. Es otra cosa.

– Créeme que ya la conocí bien.

– Ya quiero que salga para irnos, más bien.

– Tendrás que hacer cola. Como siempre cuando se trata de una puta.

– No huevón, qué cola ni nada, nos vamos a ir a comer un cevichito o un caldo de gallina, tú sabes, para reparar el cuerpo.

De pronto se calló. Me hizo voltear.

– Mírala, ahí viene.

Tenía el cabello mojado, la cara limpia de maquillaje. Era evidente que se había bañado. Vestía un jean azul apretado y una blusa sin mangas. Al hombro, cargaba la infaltable carterita. Se acercó donde un hombre y lo abrazó por detrás. Luego lo besó en el cuello. Al poco rato salieron abrazados.

– Te apuesto a que el número que te dio no existe – le dije a Rolo.

– Puta de mierda.

– Ella puta y tú tremendo pelotudo. Hoy te recibiste de cojudo.

– Cállate y chupa conmigo. ¡Salud!, por ellas aunque mal paguen.

– Por ellas, aunque se les pague.

DEJAME ARTE, La Caricatura de Reinaldo

103.5 FM - La Voz Radio

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