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Entrena tu cuerpo y tu espíritu, por la Lic. Liliana D. González

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Me gusta comparar el ejercicio físico con la oración porque ambos necesitan disciplina, perseverancia, paciencia y resistencia. Siempre que iniciamos una rutina de ejercicios deseamos ver buenos resultados en muy corto tiempo. Es posible alcanzar algunos beneficios rápidamente y otros para los que hay que tener paciencia. Si te inscribiste en un gimnasio para deshacerte de algunos kilos o rollitos es probable que te tome varios meses lograrlo; en ese período inicial en el que puedes sentir que no está pasando nada, tu cuerpo comienza a experimentar cambios sutiles que acumulativamente son imprescindibles para lograr el objetivo trazado.

Algo parecido sucede cuando iniciamos una rutina de oración. Al establecer contacto con el Señor queremos que todos nuestros problemas se solucionen en un abrir y cerrar de ojos. Así que no solo le pedimos que nos quite el sobrepeso que nos agobia, sino que además le “sugerimos” la forma cómo debe hacerlo e inclusive le indicamos el tiempo en el que queremos ver la respuesta a nuestras plegarias, que sin duda es «ahora», «hoy», «en este momento». Pues, permíteme decirte que los beneficios que deseamos y necesitamos van a depender más de nosotros que de Dios. Él no tiene problema en darnos lo que le pidamos, de hecho es su mayor deseo proporcionarnos su ayuda, pero más que cualquier cosa todos necesitamos desarrollar disciplina, constancia, paciencia y resistencia, eso es posible si perseveramos día y noche en oración con la certeza absoluta de que todo lo que hemos pedido el Señor nos lo dará en su tiempo, no en el nuestro; y según su voluntad, no a nuestra manera.

Puede que al no haber cambios inmediatos en tus circunstancias te sientas deprimido y  desanimado, pero recuerda que el apóstol Pablo nos pide que nos gloriemos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza (Romanos 5:3-4). Si permaneces en comunión con Cristo irás sintiendo poco a poco paz en medio del conflicto. Las personas a tu alrededor no comprenderán tu sosegada actitud ante la crisis, pues ignoran que el que está en ti es mayor que cualquier adversidad, mientras confíes en Él toda estará bien.

Para alcanzar los tesoros del cielo debemos prescindir de las cosas que obstaculizan esa meta. Pablo dice que “todos los deportistas se entrenan con mucha disciplina. Ellos lo hacen para obtener un premio que se echa a perder; nosotros, en cambio, por uno que dura para siempre” (1 Corintios 9:25 NVI). La dieta de un deportista está libre de grasas saturadas y es rica en proteínas y carbohidratos. La nutrición de un cristiano, desde tempranas horas de la mañana, es el pan de vida: oración, meditación, lectura y memorización de las Sagradas Escrituras.

El cristiano no solo ayuna de alimento, también ayuna de palabras ofensivas, enojos, quejas, mal humor, impaciencia, pesimismo, egoísmo, mentira, rencor y toda clase de mala conducta. Es amable de corazón, perdona fácilmente las ofensas, se aparta de lo que no lo edifica, ejercita el autocontrol para rechazar las tentaciones y obedece con alegría los preceptos del Señor. Su manera de pensar se irá transformando a la imagen de Cristo a medida que se apoya en el poder del Espíritu Santo.

Por lo general, todos comenzamos con mucho entusiasmo, pero con el paso de los días la motivación va disminuyendo. La clave para lograr el éxito en el entrenamiento físico y espiritual es la disciplina. Si permaneces obediente a los mandamientos y firme en la fe, te sorprenderás de los resultados, superaran tus expectativas, pues la Biblia dice que Dios siempre da más abundantemente de lo que pedimos o soñamos (Efesios 3:20).

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