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El encanto, la pasión, y el color se funden en las obras del pintor y muralista colombiano César Ovidio Álvarez Rendón

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Por Hernando Diosa 

Al entrar al hogar del pintor y escultor colombiano César Ovidio Álvarez Rendón, lo primero que capta la vista es la rica y multicolor variedad de sus apasionadas creaciones distribuidas a lo largo y ancho de la intimidad de su morada, que incitan a la imaginación y al entendimiento de su dimensión y altura como maestro del óleo, el lienzo y el pincel.

Allí, en su residencia de la ciudad de Trumbull, Connecticut, se percibe de inmediato el talento y el virtuosismo de este gran artista latinoamericano, cuando auscultamos en sus trabajos de colores vibrantes e intensos que nos hace recordar épocas lejanas perdidas en el olvido. El mismo efecto lo sentimos, observando sus autorretratos, las figuras familiares y esos parajes típicos y distantes de su patria amada. Con él escarbamos su presente y pasado…

Al lado de su actual esposa Milena, el artista nos enseña uno de sus cuadros más sublimes. A éste lo bautizó “Inocencia”, en donde enseña a una criatura divirtiéndose con un humilde carrito, de aquellos con los que jugamos muchos en un pasado lejano. (Foto NANDO)

SUS COMIENZOS

“Hombre. Yo nací en el municipio de Rionegro, del Departamento de Antioquia, en donde cursé mis estudios de primaria en la Escuela Juan Manuel González Arbelaez y la secundaria en el Liceo José María Córdoba.”

Para ese entonces, el maestro César Ovidio Álvarez, ya daba muestras reales de su pasión por la pintura y otras actividades artísticas, porque eso innato en él. Lo traía en su sangre y en sus sentidos. “Desde pequeñito empecé a hacer mis primeros dibujos, y me di cuenta que esto me gustaba mucho. Esto sucedía mientras veía a uno de mis hermanos mayores hacer lo mismo, lo cual era un ejemplo para mí porque dibujaba muy bonito. Por esa misma circunstancia yo le pedía que me hiciera las tareas, pero él me contestaba que no, que yo mismo debería aprender a hacerlas. Fue así como empecé a crear cositas, notando que eso era lo que me gustaba. Pasando el tiempo, y a mis 13 años, un primo me regaló una caja de colores, y eso me inspiró a seguir en la lucha para desarrollarme más. Me obsequió una caja de “Prixma Color”, que en medio de tan bestial pobreza era como tener un tesoro entre mis manos.”

A esa edad, y con el ímpetu de su espíritu juvenil y de avanzada, el humilde estudiante rionegreño, se dio cuenta de que el mundo era un dechado de surcos y avenidas por donde él podía experimentar y darle rienda suelta a su versatilidad como artista. “A esas alturas también me dio por ensayar con la escultura, y en cada sitio que había un taller -de cualquier cosa que ofrecían en La Casa de la Cultura-, allí estaba yo para saciar mi apetito por lo desconocido. Y si era gratis, mucho mejor,” señalaba el pintor quien no contaba con los medios para pagar una carrera en ese material.

“Entrego en mis obras mi espíritu aventurero y soñador, una representación de las experiencias vividas, un recuerdo de los terrenos pisados, y el afecto y respeto por la naturaleza y la sensibilidad humana: César Ovidio Álvarez Rendón”

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Con el tiempo, aquel muchacho de mente febril y observadora se convertiría en adalid de lo que más amaba. “Como en el bachillerato hacía cosas mejores, me asignaron como monitor del salón. En otras palabras, la profesora de estética daba la clase, pero me ponía a mí a calificar los trabajos de mis compañeros porque siempre era el que primero terminaba.”

El encumbramiento dimensional del estudiante del Liceo José María Córdoba, lo llevaría posteriormente a escenarios culturales de mucho renombre como fue su paso por el Instituto de Bellas Artes, de la ciudad de Medellín, la capital de su departamento. “Luego estuve en Bogotá haciendo unos cursos, y poco tiempo después – a mis 17 años-, la suerte me acompañaría al ganarme una beca para ir a estudiar a la Universidad Industrial de Santander, en la ciudad de Bucaramanga. Allí estuve un año recibiendo clases de acuarela y óleo, lo que me fue abriendo el sendero para buscar otras lontananzas,” nos contaba.

Y así fue, porque en su afán de seguir absorbiendo más de lo que anhelaba, un día cualquiera César Ovidio Álvarez Rendón, se ve de pronto atendiendo lo que Cuba le ofrecía. “Yo me fui de paseo a esa isla caribeña, teniendo conocimiento que había unas escuelas de arte muy famosas allá. Luego de sobreponernos a unos obstáculos, un par de amigos y yo, logramos inscribirnos en la Escuela Nacional San Alejandro, muy conocida en La Habana, como también en el Instituto Superior de Artes, muy conocido por los artistas a nivel mundial. Allí estuve haciendo unas pasantías sobre cuestiones de grabados y otras cosas más”.

SU OTRA INCLINACION: LA ESCULTURA

Con relación a esto, Álvarez Rendón ausculta en su pasado, para darnos su versión: “Cuando empecé con la pintura, y estando muy peladito me gustaba mucho coger el barro, a pesar de que no sabía cómo se hacía escultura. Yo conseguía porciones de este material en cualquier parte y me ponía a hacer cabecitas y otras formas, pero debido a mi edad yo no sabía que a eso había que hacerle una estructura por dentro, razón por la cual, cuando los metía en el horno de algún familiar o de algún conocido –porque en mi casa no había eso-, veía cómo se rajaban por dentro. Y aunque siempre cargaba con esa otra inquietud, con el pasar de los años me fui dando cuenta que era mejor dedicarme a la pintura porque era más fácil de manipular y de adquirir los implementos ya que con la escultura indispensablemente se tiene que contar con la participación de un horno, entonces vi que eso era inalcanzable. La parte económica siempre fue un problema muy grande en la familia, entonces era muy difícil.”

SU SALTO A LAS TIERRAS DEL TIO SAM

“En esa época de mi adolescencia, pintaba muchos desnudos, y después de que empecé a dedicarme con más fuerza a la profesión me volví paisajista y trabajé muchos bodegones. Para ese entonces, no podía darme el lujo de decir que vivía del arte, pero sí vendía.”

Para ayudarse más económicamente, y en plena juventud, el maestro Álvarez, decide incursionar en el campo de las ventas, y por eso “muy joven me metí en el cuento del comercio, habiendo sido propietario de almacenes en Rionegro, mi ciudad natal, lo mismo que en El Carmen de Viboral, otro municipio de nuestro querido departamento. Desafortunadamente, quebré, y por eso estoy aquí, en esta gran nación que me arrulló en su seno.”

César Ovidio Álvarez Rendón, llegó a los Estados Unidos en el año de 1999, yendo a parar inicialmente a la ciudad de Greenwich, Connecticut, donde residía una hermana suya que se había llegado de Colombia desde hacía unos cuantos años. Así fue como llegó Álvarez Rendón, cargado de ansiedades y de ilusiones sin par…

“Yo llegué divorciado de mi primera esposa, con la cual tuve un hijo, quien actualmente tiene 26 años de edad. Yo lo traje a pasear cuando tenía solo 9 años de edad, y él nunca más ha vuelto a retornar a la tierra que lo vio nacer. Y aunque me heredó la vena artística, actualmente se dedica a otro tipo de cosas como son los negocios, a lo que por aquí llaman marketing.”

De entrada y para poder sobrevivir, el pintor colombiano, empezó a laborar en trabajos simples y normales. “Yo me empleaba en lo que apareciera. Llegué a trabajar jardinería, que era algo que me encantaba, pero al final de cuentas me fue muy mal con eso. Entonces, ya después, me dediqué a lavar ventanas, limpiar casas, y a hacer de todo. Y ahora estoy con lo de mi negocio propio, que es pintar casas por dentro y afuera. Con eso es que me rebusco el dinero…”

PROYECCION INTERNACIONAL

Luego de un receso obligatorio de seis años sin poder desarrollar su vocación artística, el maestro Álvarez Rendón, retoma de nuevo el sendero del lienzo y del pincel para darle vida a nuevas obras de excelsa versatilidad que lo proyectan a escenarios que nunca se llegó a imaginar. “Yo participé en una exposición grande que hice en el Consulado General de Colombia en Nueva York, donde exhibí una serie de autorretratos y de oleos en lienzo en los que enaltezco las diferentes regiones colombianas, su gente y su cultura.”

De esa muestra, su obra “Silletera” fue especialmente invitada a participar en una competencia artística asiática realizada en mayo del 2015 en Taiwán, y mejor conocida por su nombre en inglés como “A.R.T. Art Revolution Taipei”

En el año 2016, este pintor muralista, fue representado por “Agora Gallery”, de Manhattan, y entre el 3 y el 23 de diciembre de ese mismo año, participó en una exhibición colectiva de la misma galería.

En este año, un acrílico en lienzo titulado “Gracias”, en el cual se puede ver a una hija besando la frente de su madre, fue expuesto en los salones de “A.R.T. Art Revolution Taipei” de Taiwán, y actualmente se encuentra de gira por otras galerías del país asiático.

El pintor muralista nos contaba también que en la época de primavera a otoño se dedica mayormente a trabajar en la calle para obtener el dinero, que le permite a él y a su actual esposa, Melena López Castaño, subsistir por todo un año. “Ahora, cuando llega el invierno, me encierro aquí, en mi domicilio, para darle fecundidad a mi creatividad”.

Finalmente, nos dijo que después de la serie que hizo de esos temas colombianos, empezó a alejarse un poco de los paisajes y entonces procedió a manejar más las figuras humanas y las expresiones de otros temas. “Es que yo miro para ver qué me inspira. Debido a esto fue que hice una serie de cuadros de bailarinas de ballet, que tienen que ver con una de mis sobrinas. Y por ahora ando trabajando la serie lúdica, que tiene como base el tema de los niños, quienes por culpa de sus progenitores y de la tecnología (“¿qué tanto nos ayuda?”), son descuidados durante su crecimiento. Es que veo que hay padres que le dan un celular a un niño disque a los ocho o nueve años para que se diviertan operándolo en todo momento, mientras que por otro lado se olvidan de aquellos juegos de antaño como era el trompo, el lazo, los zancos, la carrera de encostalados, la rueda de llantas, las canicas, y otras diversiones más. En otras palabras, esos padres condenaron a sus hijos a estar jugando con toda esta tecnología y se olvidaron de esas distracciones sanas y bonitas del ayer que ya no vuelven. Y eso me da mucho pesar…”

Si usted quiere informarse más acerca de la obra de este gran artista colombiano, pueden visitarlo en www.cesarcesart.com.

Su número de contacto es (203) 717-4663

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