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Karl Newton von Wagen ha despertado con el sonido de las dulces campanillas…

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Soñar no Cuesta Mucho …es gratis

Karl Newton von Wagen ha despertado con el sonido de las dulces campanillas de la puerta de caoba de su hogar situado en Canaán, allí donde vive la gente de loza.

Pensando que soñaba, se vuelve a acomodar en su almohada de pluma de ganso soltero y se cubre con las sábanas de seda importadas desde China por la compañía de Ivanka Trump, adquiridas con Henry en la tienda exclusiva Vitreaux Farcé en la Park Avenue de Nueva York. 

Sin embargo el campanilleo se repite produciéndole cierto malestar en el interior del cerebro ya que él que sea, está interrumpiendo de una manera violenta e inusitada su plácido sueño de las tres de la mañana en su cómoda habitación estilo suite de estilo francés, con aire acondicionado y un sistema que elimina la desagradable humedad del periodo estival que le hace traspirar sus párpados.

“What a hel…” dice Karl esperando que no se trate de nuevas tácticas de los Testigos y lo del sello, o un chinito repartidor de pizzas que ha equivocado la dirección.  Es que hay muchos ignorantes, piensa Karl, que no saben todavía la diferencia de New Canaán, un pueblecillo de mala muerte cercano a Torrington tan atrasado que al recorrido de guaguas le llaman “la aspirina” porque pasan cada cuatro horas; con Canaán, una ciudad elegante donde los niños van a la escuela con abrigo de pieles y transportados por sus padres en BMW o Jaguares del año.

“Are you the Senator Von Wagen,” le pregunta un tipo con aspecto indistinto de latino.

“Yes,” responde Karl de un modo lacónico, conciso y lapidario mentándole la madre al mestizo.

“Senador, por orden del Comité de Supervivencia del Estado de Connecticut C.S.E.C, deberá acompañarnos al Capitolio.  Es algo urgente…” le dice el tipo que está acompañado de otros dos individuos grandes que amedrentan con una mirada intensa. Huyyyy.

“¿Pero qué pasa? ¿Renunció el Gobernador? ¿Una tormenta? ¿La bomba de Topo Llillo?,” pregunta Karl sorprendido y algo escamado rodeado de tanto macho corpulento vestidos de negro.

  “Senador, no podemos entrar en detalles, pero por favor acompáñenos,” dice el visitante con una voz ronca que no admite diálogos ni debates. 

Ya en su elegante dormitorio y despidiéndose de Henry con un beso, se viste y sube a la limusina que le espera  Ha tratado de llamar por el celular al líder de su partido, pero nadie ha respondido.  ¿Otra de Trump?

La carretera interestatal 91 Norte está tan desierta como la cabeza de un calvo y los dos vehículos se desplazan a una velocidad inusitada en dirección a Hartford, la Capital del Estado, territorio de Luke Bronin.

Ya en el estacionamiento sur, Karl se encuentra con otro de sus colegas sin lograr una explicación racional; sino que conjeturas sin bases lógicas, hipótesis aventuradas, presentimientos, premoniciones agoreras, y aprensiones, muchas aprensiones. 

Ya en el hemiciclo de la Asamblea General, ve al gobernador con cara de pocos amigos como si sufriera acidez estomacal; hablando con uno de sus asistentes apodado Lingote por lo pesado.

El ambiente de la sala está más tenso que cuerda de violín afinado en Fa.

Han pasado la lista a la que los presentes responden de malas ganas, y una vez se confirma la asistencia de todos los representantes estatales y de los 36 senadores, se adelanta al asiento de la presidencia, un hombre con traje de camuflaje de combate y escoltado por otros dos uniformados con boinas estilo Seals.

“¿Un golpe de estado de la Guardia Nacional?” susurra Karl a su colega, un representante estatal Repu de Fairfield. 

El tipo comienza a hablar con fuerza.

“Señor Gobernador, señoras y señores.  Lamentamos haberles despertado a las tres de la mañana cuando sabemos que ustedes reposan y sueñan con los angelitos, sus salarios y pensiones.  Pero fíjense ustedes señorones y señoronas que hay otros que no reposan.  ¡Estos son los ciudadanos que esperan desde hace dos meses la aprobación de un simple presupuesto!  Como ustedes no lo saben, la gente está sufriendo mucho demasiado por culpa de vosotros y no duermen invadidos con la incertidumbre del mañana y las penumbras siniestras que siempre rodean al pobre.  Como se ven las cosas, ni el gobernador, ni la vice gobernadora a la que le gusta bailar merengue; ni a los honorables señores y señoras representantes y senadores les importa mucho el destino de nuestros vecindarios y comunidades.  ¡Pero esto se acaba señores!  Nuestro Comité de Supervivencia también denominado el Comité de los 23, ha decidido tomar el toro por las astas como dicen los españoles, y desde este momento le ponemos los cascabeles al gato.  Desde este instante a las cuatro de la mañana, se cierran las puertas del palacio y se les da un plazo perentorio de 48 horas, diecisiete minutos y seis segundos para aprobar un presupuesto.  En este periodo no se les permite salir, usar celulares, textear, ni enviar mensajes virtuales o telepáticos.  Nuestro pueblo merece que este domingo a las doce de la noche haya un presupuesto aprobado porque si no, las puertas continuarán cerradas por fuera con candados.  ¡A trabajar so perezosos y no intenten escapar por las ventanas de los baños que también están cerradas!  He dicho mis bueyes.  A las nueve se les repartirá sanguchitos y frutas.  Café hay mucho.

Un clamor de reclamos, gritos destemplados, alaridos, insultos y clamores han surgido como un huracán grado 5 desde la sala; pero la presencia de otros integrantes del “Comité de los 23” distribuidos estratégicamente en los pasillos y sala, obligan a los honorables a callar.  Así, de malas ganas, el presidente da comienzo a la sesión y las eternas negociaciones.

“Henry estará preocupado y nosotros que pensábamos ir al Cape,” le dice Karl al senador Trunetto que el lunes tiene pasajes para viajar a Paris.  A trabajar…

II

Karl ha despertado y da gracias a Dios por el fin de esa pesadilla o sueño pesado.  ¿Habrá sido el exceso de langosta o La Champaña BonNuit?

Comparte con Henry su mala experiencia y ambos se disponen a continuar durmiendo y descansando.  El presupuesto puede esperar.  ¡Qué caray!

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