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El Plan, por Carlos Riveros

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-¡Salud! – dijo el gordo.

– ¡Salud! – respondió el brindis Camilo.

– Pero ahora es mi turno de preguntar – añadió el Gordo, limpiándose la espuma de cerveza que le había quedado en la boca.

Sentados en el suelo, bebían y fumaban cigarrillos. Estaban en la habitación de Camilo, quien había invitado a su amigo –al que llamaba “Gordo”- a pasar la noche con él porque tenía ganas de conversar. Estaba deprimido. El gordo –siempre dispuesto-, había aceptado sin dudar. Y ahora bebían más de la cuenta y jugaban a hacerse afirmaciones que, de ser incorrectas, devenían en un castigo. El castigo, claro, era beber un trago de licor.

– Tú papá te pegaba de niño.

– A tu salud – afirmó, tácitamente, Camilo, y bebió de su copa. – Y no sólo mi padre – añadió después -, mi madre era incluso peor. Felizmente, murió temprano.

– Nunca te has enamorado – lanzó el Gordo otra afirmación, sin escuchar lo que decía su amigo.

Camilo se quedó callado, pensando. 

– Enamorado, ah – hizo énfasis el gordo.

Los amigos se miraron. Camilo, incómodo, prendió otro cigarro.

– Te conozco de siempre, hermano. Nunca, nunca te he visto realmente enamorado de alguien.

– Pero sí lo he estado. Hace muchísimos años atrás.

– Cuenta, cuenta…

– Tenía diecisiete o dieciocho años quizá. Era muy callado y tímido. Una noche, mi hermano me dijo para salir a dar un paseo por el campo. Recuerda que te hablo de años atrás, cuando yo vivía en la hacienda de mi papá. Era tarde y no quise ir, pero insistió tanto que terminamos saliendo de casa. No recuerdo adónde fuimos, quizá sólo caminamos, pero de regreso escuchamos unos gritos. Era una muchacha, que corría casi desnuda. La perseguían dos delincuentes, que querían violarla. Mi hermano los enfrentó y me dijo que la llevara lejos de ahí. Ambos corrimos, yo quizá con más miedo que ella, lo admito. Pero logramos alejarnos. Para cuando llegamos a la hacienda, ella ya no lloraba. Era hermosa, créeme. Nunca había estado tan cerca de una mujer tan linda. Le pregunté si tenía hambre, o sed, o sueño. Me dijo que sí a todo. Fui a la cocina y regresé con un pollo guisado. La vi comer con ansias. Nos comimos tres pollos entre los dos, creo.

– La suerte de los flacos – se lamentó el gordo, entre risas.

– Luego conversamos. Con ella me sentí tan a gusto que toda la timidez la perdí. Era como si la conociera de siempre. Le conté tantas cosas, y ella me escuchaba en silencio. Hasta que me besó con esos labios que yo ya deseaba en secreto.

– Romántico de mierda. ¿Te acostaste con ella?

– Sí, terminamos haciendo el amor, escondidos.

– Eso era todo lo que quería escuchar. ¿Y por eso te enamoraste? Conozco otro término para eso.

– Me enamoré, sí. Ella se quedó en la hacienda. Todos los días la podía ver, conversar con ella. Estar a su lado era todo lo que necesitaba. Dos semanas después, ya le estaba hablando de matrimonio.

– ¿Y qué pasó, entonces?

– Un día mi hermano regresó a casa borracho y me contó la verdad. Ella era una puta a la que le habían pagado para que se acueste conmigo. Tenían todo arreglado. Rescatarla de la violación, que nos quedemos solos, todo esta planeado por mi padre y por mi hermano, que pensaban que yo ya tenía edad para estar con una mujer.

El Gordo lo miró en silenció.

– Obviamente, no lo creí. Cosas de borracho, pensé. ¿Pero sabes cómo decidieron confirmarlo?

– No quiero imaginarme…

– Mi padre le pagó para que se acostaran juntos. Y luego le pagó para que mi hermano también se acostara con ella. Y luego le pagó para que algunos sirvientes se divirtieran también. Y me hizo verlo todo.

– Qué hijo de…

– Fue su forma de hacerme hombre.

– ¿Y qué pasó después?

– Ella cogió las monedas, se vistió, y me lanzó un beso antes de irse. Nunca olvidaré eso. – Camilo lloraba, mordiéndose los labios, apretando los puños, impotente ante la ferocidad de los recuerdos. – Luego sirvieron vino y fue como si no hubiese pasado nada. Y la verdad es que nada ha pasado, Gordo. ¿Salud?

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LA CARICATURA DE REINALDO

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