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El amor trasciende, por Lic. Liliana D. González

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Luego de viajar seis horas por carretera, llegué al final de la tarde. Llovía, bajé del auto y apresuré los pasos. El hospital estaba abierto, me alegré, aún tenía tiempo de verlo. Los elevadores habían colapsado por falta de mantenimiento, así que subí las escaleras de dos en dos hasta llegar al piso ocho. Entré a la habitación despacio, sin hacer ruido; él yacía en un sillón, apesadumbrado miraba el gigantesco reloj por la ventana. Parecía ausente, como si sus pensamientos lo ayudaran a escapar de la realidad. Permanecí en silencio por algunos minutos. Mis ojos se nublaron, el robusto hombre que me crio no era el mismo; el cáncer le secó hasta los huesos, su lacio cabello había sido deforestado por la quimioterapia. Respiré profundo, saqué la mejor sonrisa y le dije: «¡Tío, al fin llegué!»

Con una dulce expresión de amor y una mandarina me dio la bienvenida. Esa cualidad espontánea de ser un dador alegre lo acompañó hasta el final de sus días y lo hizo ganarse el cariño de los doctores, enfermeras y pacientes de aquel frío piso del Hospital Universitario de Caracas. Repartía entre manzanas, peras y cuanta fruta llegara a sus manos, algunos refunfuños de viejito malcriado para llamar la atención del equipo médico.

Mi tío no tuvo más hijos que dos sobrinos, mi hermano y yo. Con él aprendí a apreciar la sencillez, a ser igual de feliz en la abundancia y en la escasez, gracias a él comprobé que lo realmente importante en la vida es el amor que damos y recibimos, porque trasciende.

Te cuento este fragmento de mi vida con la humilde ilusión de abrirte los ojos del alma para que puedas ver como los pleitos, las quejas, el mal humor, los estallidos de ira y la falta de perdón nos hacen perder no solo la paz, sino el tiempo. Ese invalorable, irrepetible e indispensable tiempo, necesario para demostrarles a nuestros seres queridos lo importantes que son para nosotros, ese tiempo que malgastamos en hacer lo intrascendente es preciso aprovecharlo para sorprenderlos con detalles de amor, para orar por ellos y agradecerle a Dios por todas sus bondades.

Nunca vi a nadie aferrarse a la vida como a mi amado tío, solía preguntarle durante las celebraciones navideñas qué deseaba para esas fechas, siempre me dio la misma respuesta: «quiero salud para vivir otro día» Algunos somos arrogantes cuando disfrutamos de buena salud, actuamos con indiferencia frente al dolor ajeno. Pero cuando sentimos en nuestro propio cuerpo la enfermedad, cuando vemos el sufrimiento de alguien que amamos, nos damos cuenta de la fragilidad de nuestros cuerpos y lo rápido que pasa la vida.

Jesús dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?” (Juan 11:25-26).

Al salir del hospital supe que no lo volvería a ver en este plano, pero mi alma está en paz, porque tengo la gloriosa esperanza de abrazarlo en las moradas eternas. El sufrimiento desaparece cuando el amor permanece.

103.5 FM - La Voz Radio

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