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El amor de Dios en 3D, por Lic. Liliana D. González

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¿Comprendes el amor que Dios siente por ti? Es realmente difícil para una mente finita como la nuestra entender la inmensidad del amor de Dios; por esa razón el apóstol Pablo le dijo a los efesios: “Me arrodillo delante del Padre, de quien recibe nombre toda familia en el cielo y en la tierra […].Y pido que, arraigados y cimentados en amor, puedan comprender cuán ancho, largo, alto y profundo es el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que sean llenos de la plenitud de Dios” (Efesios 3:14-19 NVI). Las dimensiones del amor de Dios superan nuestra comprensión. Él es “el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin” (Apocalipsis 22:13 LBLA). El amor de Dios es tan vasto, profundo, santo y eterno como Dios mismo.

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son las tres dimensiones del amor de Dios. Él nos obsequió el universo, los mares y el firmamento. Sopló hálito de vida en nosotros y nos formó a su imagen y semejanza para que nos enlacemos eternamente con Él. Nos adoptó, nos dio su nombre y su Espíritu. “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). Tú y yo somos hijos e hijas del Altísimo, tenemos privilegios, podemos entrar en su presencia sin pedir permiso, interrumpirlo si es preciso, así como lo hacen nuestros hijos cuando estamos ocupados. Si tus fuerzas no pueden sostenerte, Él te proveerá una medida extra de fe para sobrellevar las adversidades, a su lado el temor se va, toda enfermedad, vicio, adicción y desconsuelo lo vencemos en su santo nombre.

Él comparte con nosotros su propio ser, nos ha dado su Espíritu para que siempre nos acompañe. Antes de su partida, Jesús expresó con supremo amor: “No los voy a dejar huérfanos; volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá más, pero ustedes sí me verán. Y porque yo vivo, también ustedes vivirán. En aquel día ustedes se darán cuenta de que yo estoy en mi Padre, y ustedes en mí, y yo en ustedes” (Juan 14: 18-20 NVI).

Dios es amor en estado puro, es misericordia y es piedad. Nos ama con tal anchura que entregó a su único Hijo a morir por nuestros pecados y Jesús, su Hijo, nos ama al extremo de ceder por voluntad propia su vida para salvar la nuestra. La prueba de su amor la vemos desde el huerto de Getsemaní. A escasas horas de ser entregado a sus enemigos, Jesús sudó gotas de sangre que caían sobre la tierra y, en su agonía, exclamó: “«Es tal la angustia que me invade que me siento morir […]. Abba, Padre, todo es posible para ti. No me hagas beber este trago amargo, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú»” (Marcos 14:34-36 NVI). ¿Puedes comprender la angustia del alma de Jesucristo? El incorruptible, el puro, el santo Hijo de Dios, hizo ese sacrificio por amor. Su Espíritu nos anhela celosamente, nos quiere a su lado por la eternidad, esa es la razón por la que se entregó a sí mismo, para que podamos permanecer en Él y con Él por siempre.

No es posible confundir el amor de Dios con ninguna otra clase o concepción de amor. El amor de nuestro Señor Jesucristo: “Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Corintios 13:7). Es el amor ágape, el amor perfecto e incondicional de Dios. La más elevada clase de amor divino que le da significado a todas las demás expresiones de amor humano. Siembra la semilla de ese amor en tu corazón aceptando a Jesucristo como tu personal Salvador; cultívala, riégala y abónala con oración y obediencia para que coseches grandes bendiciones para ti y los tuyos.

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