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Puerto Rico pobre: mito y realidad, por Jorge L. Limeres Gregory

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Nos miramos en el espejo de la historia y hemos visto que con el pasar de los siglos nuestra realidad ha cambiado muy poco. Los que primero invadieron nuestra nación taína-caribeña esgrimían una espada en una mano y la cruz en la otra convirtiendo a los habitantes de nuestra isla en dóciles cristianos y diestros esclavos. No fallaron en sus intentos, destruyendo y saqueando el patrimonio natural isleño en el proceso, sin reparos y sin permisos. Peor aún, lentamente, pero de manera efectiva nos moldearon a través del tiempo, concibiendo así al caribeño colonizado. Los invasores españoles deslumbrados por el oro extraído y por la abundancia que producía la tierra nunca percibieron que los isleños desarrollaron una nacionalidad propia, aunque estaban a la merced del ya decadente imperio español. No fueron pocos los nacionales puertorriqueños que intentaron en movimientos libertarios deshacerse del ignominioso yugo español. No lo lograron y una vez más los boricuas caímos en las fauces de la fiera. Los Estados Unidos de América, antigua colonia inglesa, hizo de Puerto Rico víctima de la expansión imperialista estadounidense en el 1898 cuando extendió sus límites militares y económicos en el Caribe hasta el presente.

Las condiciones eran ideales para la invasión estadounidense a fines del siglo XIX. El Puerto Rico pobre cambió de dueño ilusionado con las “bienandanzas” que nos traerían los explotadores del norte en contubernio con codiciosos líderes políticos isleños. El espejo que nos vendieron los vecinos del norte era de un puerto rico. La fantasía de la opulencia y del buen vivir no llegó de gratis a las playas de Borinquén. Lo que no explicaron era que la riqueza sería para ellos y no para los que habitaban el puerto pobre.                                                                                              

Así actúan los imperios con las colonias y éstas existen para ser explotadas, para ser usadas, para ser manoseadas a gusto y gana por el poder colonial. Mientras tengamos algún valor la metrópolis continuará aprovechando la relación de poder que tiene sobre “su” territorio. Puerto Rico es un vivo ejemplo de esto.

En nuestra isla los tiranos de turno han cultivado (aunque te traten con blanca maldad) ese patrón harto conocido y reprochado por la mayoría de las naciones del mundo. No empecé a esto y teniendo una memoria selectiva muchas de esas mismas naciones, en pleno siglo XXI continúan con el apoderamiento y explotación de los recursos de otros.

Por 119 años de imposición colonial los Estados Unidos de América nos ha hecho creer de la existencia de un gobierno propio, nos han hecho creer en que teníamos una economía sólida, han fomentado un consumismo extremo, alimentando los bolsillos de prestamistas que aprovechando la ilusión de la prosperidad continuaron en desbocada carrera la corrupción gubernamental y la destrucción de la economía local. En complicidad con monigotes y canallas locales copiaron un sistema educativo mediocre que no llena las necesidades nacionales. Un sistema de salud que está en manos de aseguradoras estadounidenses que su único compromiso es con los bolsillos corporativos y no con la salud del pueblo.

Nos han hecho creer lo que no somos. Han creado una nación de seres titubeantes, complacientes y comprometidos en el arte de no ofrecer resistencia al amo que exige obediencia. Aunque por dentro y en complicidad con la almohada y en la obscuridad y el silencio de la noche rechinemos los dientes y nos dispongamos a luchar por lo nuestro; hasta el día siguiente cuando le abrimos las ventanas a un nuevo amanecer y caemos nuevamente en lo que no somos y pretendemos ser. Hemos existido en ese limbo virtual aceptando las más denigrantes humillaciones, las más criminales persecuciones, el desprecio y el abuso de los invasores. Nos han obligado a servirles en sus guerras, hemos tenido que irnos al exilio político con el visto bueno de los sátrapas locales, le producimos enormes beneficios y le hemos permitido campos de tiro y bases militares porque así lo han impuesto ellos. Estamos sujetos a los caprichos y ordenes de los invasores extranjeros sin que tengamos nada que decir al respecto. Vivimos en el éxtasis del engaño, rechazando la responsabilidad de la realidad.                                                                     

 En el Siglo XV la Santa María, una de las primeras naves españolas invasoras trajo en su primer viaje la semilla que presagiaba grandes descalabros. Hoy, otra María, quinientos veinte y cuatro años después y con fuerza huracanada y sin encubrimientos o hipocresía alguna nos expuso al desnudo nuestra realidad de puerto pobre, de metas ilusorias, de sueños tronchados. De toda esa mitología capitalista que nos hace creer lo que no somos.

Aunque ese fenómeno natural nos ha llevado a caer de rodillas, también nos ha dejado un mensaje claro abriendo una oportunidad de reconciliarnos con nuestra realidad.

Yo soy puertorriqueño y firmemente creo en la capacidad de todos nosotros de hacer de nuestra nación una mejor.

El proceso de recuperación será lento y arduo para alcanzar lo que queremos. Tenemos que creer, tener confianza y reconocer el valor y la capacidad de cada uno de nosotros. No más excusas y humillantes genuflexiones manteniéndonos verticales en nuestras posiciones. Exigir que se haga lo justo y no guardar silencio cuando se cometen injusticias. Cortar con ese cordón umbilical que nos estrangula y nos asfixia. Hay que sudar y trabajar por lo que queremos. Es vital que al pueblo puertorriqueño se le rindan cuentas. Hay que exigir que los verdaderos responsables de esta catástrofe sean identificados y que los corruptos e ineptos que han desangrado a la nación reciban su merecido.

María abrió nuevos horizontes y nos trajo a una sobria realidad. La historia y la razón están de nuestra parte. Ahora el resto depende de nosotros

103.5 FM - La Voz Radio

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