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Pequeño cuento gótico, por Carlos Riveros

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Cuando ella se desmayó entre sus brazos, él observó sus labios y sus mejillas y su cuello detenidamente. Su cuello. La tentación de morderle el cuello y beber su sangre lo asaltó una vez más. Tuvo que concentrarse para controlar sus deseos, su naturaleza. No de esta manera, se dijo. La cargó y guio sus pasos hacia calles solitarias. La noche era de una oscuridad cerrada.

El castillo era viejo y estaba apartado de la ciudad. Pensó en que lo mejor sería llevarla a la recámara antes de que despertara. No quería asustarla. Aunque sabía que sería inevitable.

Empujó la puerta de la habitación y los goznes rechinaron. Sonrió. Todo estaba oscuro. La recostó sobre un viejo sofá. Ella, inconsciente, los ojos cerrados, estaba a merced de él. Pero él no le haría daño. La amaba.

La amaba desde el primer día en que la vio. ¿Cuándo fue eso? Hacía mucho. El tiempo, sin duda, había pasado y la había transformado en una mujer bella. Ya no era la misma muchachita grácil que correteaba por el pueblo. Ahora su belleza despertaba el interés de los hombres y la envidia de las mujeres. El tiempo para él, en cambio, no era importante.

Descorrió el tul que cubría la cama. Luego encendió un par de velas. Incluso esa pequeña luz lo molestó. Vaciló entre apagarlas o mantenerlas así. Lo mejor -al menos para ella- sería mantenerlas encendidas. Se dirigió hacia ella y volvió a cargarla, esta vez para llevarla a la cama. Notó lo poco que pesaba. Volvió a ver sus labios, su cuello… Cerró los ojos y susurró un «no».

Ella abrió los ojos. Se asustó. Lo vio pero no lo reconoció. Quiso gritar y no pudo. Lo golpeó débilmente en el pecho, tratando de librarse de él. Fue inútil.

– Tranquila – le dijo.

– Tú… – lo reconoció.

– Sí, yo – trató de modular su voz para que suene amistosa -. Te recostaré en la cama. No temas, no te haré daño.

Ella estaba lívida. Sudaba. Fiebre, pensó él, le ha dado fiebre.

– ¿Dónde estoy? – preguntó ella, la voz apenas audible.

– En mi casa – respondió él, acercándole un vaso con agua. – Bebe, por favor.

– No… No…

Pero él no obedeció y le acercó el vaso a los labios. Ella bebió un gran trago de agua.

– Te hará bien – dijo él.

– Quiero marcharme.

– Es muy tarde. Duerme. Te prometo que mañana estarás en casa.

Ella, vencida, cansada, cerró los ojos. Recordó. Se vio peinándose frente a su tocador. Recordó un extraño escalofrío que la recorrió por la espalda. Recordó voltear y verlo a él detrás de ella (¿pero cómo había aparecido?, ¿y por qué no se reflejaba en el espejo?). La última imagen que viene a su cabeza es verse ponerse de pie y caer en los brazos de él. ¿Quién es él?, se preguntó en pensamientos.

– Soy un vampiro.

Ella abrió los ojos, no tanto por la confesión como por el hecho de que él pueda leerle el pensamiento. Él, calmado, se pasea por la habitación.

– Soy un vampiro – repitió -. Y tú serás mi princesa para siempre. Te he elegido.

Ella lo miró desconcertada. ¿Es real todo lo que está pasando?

– Te puedo asegurar que no lo estás soñando.

Se arrodilló al pie de la cama y tomó una de sus manos. Ella no opuso resistencia. Entonces él habló así:

Yo, Vampiro de Sueños,
habitante entre los no-muertos,
y humilde vasallo de la Corte Oscura,
aquí declaro,
a guisa de exclamo,
el más puro amor por vuestra merced,
y, de hinojos, prometo,
ante el mundo y sus ánimas,
fidelidad hacia vuestra presencia y ausencia,
adorarla con fruición cada segundo
y vivir para morir por usted,
respetándola cada día,
amándola cada noche,
y cuidándola sin reposo ni vacilación.
Tomando vuestra mano os juro,
muy solemnemente,
honrar este manifiesto
hasta el final de mis días.

Al terminar este extraño manifiesto, él separó los labios y le mordió el cuello. Ella sintió un vahído placentero. Luego todo fue oscuridad.

—o—

Ella se despierta sobresaltada en su cama. Es de mañana y está en su habitación. Se pone de pie y va hacia su tocador. Nota que la peineta está en el suelo. El espejo le devuelve su imagen. Ella sonríe. Se hace el cabello para atrás. Por su cuello resbalan pequeñas gotas de sangre. Siente que la luz, por primera vez, le molesta sobremanera.

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