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¿Sueño o realidad?, por Waldemar Gracia

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A todos nos gustan los cuentos con algún tipo de misterio en ellos. Recibí de un amigo esta historia que, se según él me cuenta, dicen que fue verdadera. A la verdad yo no lo sé. Otros dicen que no pueden distinguir si sólo fue un sueño o tal vez sucedió en la realidad. De todos modos, la quiero compartir contigo, luego, déjame saber que tú piensas de ella.

“Hubo una vez un tal padre Bernandino, un anciano monje del convento de Antioquía, le gustaba mucho pasearse por el bosque cercano, llamado Bosque de los Padres. A la sombra de los grandes árboles centenarios meditaba, recordaba, rezaba. Caminar a pie le era también beneficioso para la salud. Un día, como de costumbre, salió del convento después de haber intercambiado algunas frases con el hermano Joselito, el portero. Hacía buen tiempo y el padre Bernandino se perdió entre el boscaje, tranquilo y feliz. De repente, oyó el canto de un pájaro, un canto tan melodioso que se detuvo, sorprendido. Levantó la vista y vio un pájaro de resplandeciente plumaje, y de una forma particular, desconocida.

El ave continuó con sus ligeros trinos, y el padre los sintió penetrar en su corazón y llenarlo de dulzura y de ternura nuevas para él. «¡Qué bello es!». Pensaba simultáneamente del canto y del ave. Súbitamente, el pájaro agitó las alas y echó a volar. El padre Bernandino no pudo impedirse seguirlo, intentando no perderlo de vista. El ave voleteaba de rama en rama sin dejar de cantar. Con los ojos levantados, como fascinado, el monje seguía tras él.

Muchas veces tendió las manos, tan cerca de él se hallaba el ave. Pero en el último instante, el ave escapaba y se iba más lejos… El encantamiento se prolongó. Finalmente, no obstante, el padre Bernandino hizo un esfuerzo para recuperar el dominio de sí mismo: «Ya es suficiente -se dijo- debo regresar, si no mis hermanos se inquietarán, pues hace más de dos horas que estoy andando». Con pesar, abandonó el ave, y tomó el camino de regreso al convento, impregnado aún de su maravilloso encuentro. Pronto divisó el convento; cuando llegó a la puerta, tiró de la cuerda de la campana. La campana sonó, la puerta se abrió y apareció la silueta de un monje desconocido.

-¡Vaya! -dijo el padre Bernandino sorprendido- ¿el hermano Joselito no está?

-No conozco al hermano Joselito -respondió el nuevo portero.

El padre siguió mirándolo cada vez más sorprendido por su aspecto.

-¿Por qué lleva usted ese hábito? -preguntó-. No es el de nuestra orden.

-Sí -contestó el otro-. Mi hábito es el que llevan los monjes mínimos.

-¡Eh!, ¡eh!… Espere un momento: nosotros somos benedictinos, de la orden de san Benito de Antioquía, y no monjes mínimos…

-¡Qué ocurrencia! -El portero sacudió la cabeza, tan sorprendido, como su lo estaba el padre Bernandino.\

-Pero estoy en el convento de Antioquía ¿no? -dijo el padre Bernandino.

-Sí.

El monje se frotó los ojos, sintiendo su espíritu enajenado por algo incomprensible.

-Llame al encargado, se lo ruego. Monseñor Pappini me explicará este misterio del nuevo portero y del nuevo hábito.

-Aquí no hay ningún prior que se llame Monseñor Pappini…

-¡Cómo! -gritó el padre-. ¡Vaya a ver, pues su celda está cerca de la mía! ¡Estoy seguro!

-Lo siento.

El diálogo de sordos se prolongó. El portero creía que tenía que vérselas con un loco, y el padre Bernandino estaba a punto de convertirse en uno de verdad… Ambos subían el tono de sus palabras; su ruido atrajo a otro monje que preguntó:

-¿Qué está ocurriendo? Soy el padre superior del convento…

-Pero… pero… -tartamudeó el padre Bernandino- ¿y entonces que ha sido de Monseñor Pappini?

Contó su historia de nuevo, insistió, no comprendía nada; hace un rato, después del almuerzo, él, el padre Bernandino, había salido a pasearse por el bosque, y ahora regresaba tranquilamente como siempre. ¿Qué sucedía en el convento? ¿Por qué esos desconocidos? ¿Por qué aquellos misterios? Frente a él, el superior lo escuchaba sin comprender. Al mismo tiempo, reflexionaba: el nombre de Monseñor Pappini le recordaba algo, sí…

-Padre -dijo suavemente-, tiene usted razón, yo he oído hablar de Monseñor Pappini; era efectivamente el superior de este convento… Sólo que murió hace por lo menos doscientos años.

-Doscientos años… -murmuró el padre Bernandino sofocado. Se dejó caer sobre un banco, sin decir nada más, con los ojos desorbitados.

-Espere -prosiguió el encargado-. Tengo que verificar todo esto. No se nueva de aquí. Ya regreso.

Me marchó corriendo hacia la biblioteca del convento. Allí, revisó gruesos registros empolvados y terminó por encontrar lo que buscaba. Era lo que él pensaba: el padre superior Monseñor Pappini había muerto dos siglos antes… Y, de repente, el monje se sobresaltó: unas líneas por debajo de aquel anuncio de fallecimiento, la crónica del convento narraba la desaparición de un tal padre Bernandino, que había salido un día a dar un paseo por el bosque, y no había regresado jamás. El libro cayó de las manos del encargado del convento. Completamente azorado, se dirigió hacia la entrada del convento. Demasiado tarde, ¡sólo encontró allí al portero!

-¿Dónde … dónde está el padre Bernandino? -preguntó. El otro se encogió de hombros.

-Se ha marchado.

Por orden del encargado del convento, todos los monjes del convento se lanzaron a buscar al fugitivo. No hubo forma de dar con él. Algunos monjes contaron, como anécdota, que en el bosque, a lo lejos, habían oído el canto de un ave, mucho más bello, en su opinión, que los que se oían de costumbre.

¿Habrá sido esto cierto? ¿Qué tu crees? ¡Déjame saber!

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