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Confesiones de Sanidad, por la Lic. Liliana D. González

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Hace más de dos mil años Cristo derrotó en la cruz la muerte y los poderes del infierno. Todos los que creemos que Jesús murió y resucitó al tercer día somos llamados hijos de Dios y herederos de sus promesas. Una de sus fieles promesas la hallamos en el libro de Jeremías 33:6: “He aquí que yo les traeré sanidad y medicina; y los curaré, y les revelaré abundancia de paz y de verdad”. Si estás padeciendo alguna enfermedad física o espiritual, lee, medita y confiesa la Palabra de Dios. He visto muchísimas respuestas a oraciones de sanidad cuando se declara la poderosa Palabra de Dios.

«Hijo mío», —dice el Señor— «está atento a mis palabras; inclina tu oído a mis razones. No se aparten de tus ojos; guárdalas en medio de tu corazón; porque son vida a los que las hallan, y medicina a todo su cuerpo» (Proverbios 4:20-22). La Palabra de Dios tiene poder y tiene vida. Es más cortante que una espada de dos filos, y penetra hasta lo más profundo de nuestro ser (Hebreos 4:12). Tállala en tu corazón y confiésala con tus labios, porque no vuelve atrás vacía sino que hace todo lo que Dios quiere, y tiene éxito en todo aquello para lo cual Él la envía (Isaías 55:11).

Aquí te dejo diez de los numerosos versículos bíblicos que te devolverán la salud y le darán vigor a tus huesos. ¡Decláralos día y noche!, confiésalos con fe y obedécelos fielmente.

  • Yo confieso que Jesús es el Señor, y creo en mi corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos (Romanos 10:9).
  • Amado Jesús, perdóname, porque mis pecados te llevaron a la cruz; tú fuiste herido por mis rebeliones, molido por mis pecados; el castigo de mi paz fue sobre ti, y por tu llaga fui yo curado (Isaías 53: 4-5).
  • Señor, yo escucho atentamente tu voz y hago lo que tú consideras justo, cumplo tus leyes y mandamientos, por lo tanto, confió en que no traerás sobre mí ninguna de las enfermedades que enviaste sobre los egipcios. Tú eres el Señor, mi sanador (Éxodo 15:26).
  • Sáname, Señor, y seré sanado; sálvame y seré salvado, porque tú eres mi alabanza (Jeremías 17:14).
  • Gracias, mi Dios, porque te pedí ayuda y me sanaste (Salmos 30:2).
  • Padre mío, tu eres quien perdona todos mis pecados y sana todas mis dolencias (Salmos 103:3).
  • Dios mío, envía tu palabra para sanarme, y rescátame del sepulcro (Salmos 107:20).
  • No he de morir; he de vivir para proclamar las maravillas del Señor (Salmos 118:17).
  • Dios mío, sana mi corazón quebrantado y venda mis heridas. (Salmos 147:3).
  • Si el Espíritu de aquel que levantó a Jesús de entre los muertos habita en mí, Él mismo que resucitó a Cristo de entre los muertos, también dará vida a mi cuerpo mortal por medio de su Espíritu que vive en mí (Romanos 8:11).

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