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Mi sicario preferido, por Crlos Riveros

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A Sergio lo conocí en el Averno, la discoteca más gay de la ciudad. Habíamos ido César, La Rulú y yo, los tres nomás, sin protección ni guardaespaldas. Era viernes y era cumpleaños de César y queríamos divertirnos sin tener que ver a unos mastodontes detrás de nosotros que nos recordaran con su sola presencia que en cualquier momento podíamos ser blanco de algún ataque. En el Averno nos conocían y no teníamos nada que temer, podíamos ver y desear a cualquier muchachito libremente y podíamos prescindir de esos grandulones poco seso (aunque bastante comestibles).

Sergio no era ni grandulón ni inspiraba miedo a primera vista pero estaba cuidando a La Vieja Rovirato, un mafioso de cuidado con el que teníamos, cada cierto tiempo, algún buen negocio, aunque también teníamos algunas cuentas pendientes. La Vieja bebía y gritaba y mujereaba como nunca desde su sillón, en la sección VIP, rodeado por no pocas bellezas que le entraban al trago sin moderación alguna.

Yo me fijé en Sergio y en su belleza criminal y en ese pelito castaño claro cortado al ras y en esa barba de varios días. Debía de tener unos diecinueve, veinte años. No hablaba ni sonreía y miraba para un lado y para otro, inquieto, vigilante. Si era el guardaespaldas de La Vieja tenía que tratarse de un tipo realmente duro. Algunos de los acompañantes de La Vieja le coqueteaban, lo tocaban sin querer o queriendo, y él serio, impertérrito, haciendo su trabajo.

Y ahí entré a tallar yo. Me levanté de la barra so pretexto de no sé qué y fui directo a saludar a Rovirato, quien apenas me saludó, borrachísima. Y les invité un trago a los acompañantes (porque en discotecas yo soy así, generosa) y también uno a Sergio, y La Vieja, saltona, me miró como diciéndome cuidado con mi pichón, pero yo no me arredré, ignoré esa mirada de víbora vieja y le dije a Sergio, aunque hasta ese momento no sabía que se llamaba Sergio, le dije sírvase un trago y sonría que acá nadie va a matar a nadie. Sergio me miró y dibujó una media sonrisa que terminó por cautivarme.

Con esa sonrisa comenzó la noche. Regalé otra ronda de trago y algunos comenzaron a besarse por ahí y otros se fueron a bailar, y yo me quedé al lado de La Vieja porque a su lado estaba Sergio. La Vieja Rovirato y yo hablamos sobre algunas pocas cosas intrascendentes, más para llenar los vacíos de silencio que por camaradería, pero yo no dejaba de ver a Sergio, y él, tímido o coqueto, no sé, me miraba y no me miraba, sonreía, se mordía los labios. Hasta que La Vieja decidió irse al baño y le dijo a Sergio que no era necesario que lo acompañara.

No esperé ni así para acercarme donde él y para decirle lo mucho que me gustaba, porque cuando quiero algo soy así de directo, y porque además no por nada yo era un capo de la mafia y él un simple guardaespaldas, o sea, ubiquémonos, y él, confundido, me dijo no se confunda, varón, yo soy bien hombre, y yo, coqueto, si es por eso precisamente que me llamaste la atención, y él, sin perder la compostura, a mí sólo me gustan las mujeres, y como que yo ya empezaba a perder la paciencia, chúcaro me salió el semental, pero con una sonrisa le pregunté, cuál es tu nombre, y él, sin sonrisa de por medio, Sergio, y yo, hazte un favor, Sergito, piénsalo, tienes media hora. Y me fui donde mis amigos a seguir la noche.

La Rulú ya estaba bien acompañada por un muchacho la mar de guapo, y César toqueteando sin pudor a otro, mientras yo, con el vaso de ron con cocacola frente a mí veía y veía mi reloj. Cuando pasó media hora me fui al baño. No pasó mucho tiempo cuando vi entrar a Sergio. Me acerqué para besarlo pero me detuvo. No me gustó eso.

– ¿Cuánto me vas a costar? – me apoyé sobre el lavabo, los brazos cruzados.

– Yo no hago eso – me respondió -, ya el señor Rovirato ha intentado lo mismo.

– No me sorprende que La Vieja haya querido llevarte a la cama.

– A la cama, al carro, al ascensor, a la piscina… nunca pierde la oportunidad para ofrecerme dinero a cambio de que lo deje chupármela.

– Si no quieres nada, ¿para qué has venido?

– No sé

– ¿No sabes?

– No.

– Déjame adivinar. ¿Quieres dinero? Claro que quieres dinero. Pero no quieres que te toque. Una lástima. ¿Eres un buen sicario?

– El mejor.

– Pruébalo.

– Usted dirá cómo.

– Tratándose de negocios me tratas de usted. ¡Qué profesional!

Nos miramos. Supe que estaba delante de alguien capaz de muchas cosas por dinero. Le solté la verdadera (y secreta) razón por la que había ido al Averno.

– Mata a La Vieja Rovirato.

Pensé que dudaría. Pensé que me entraría a golpes. Pensé que la había cagado debido al largo silencio que se instaló.

– Si lo mato, ¿cuánto me ofreces?

– Lo suficiente como para que te compres una Suzuki de más de cien centímetros cúbicos.

– ¿Cuándo?

– Aquí y ahora – le dije, dándole un fajo de billetes que no me tomé la molestia de contar-. Es sólo un adelanto, hay más cuando acabes tu trabajo. Y más si me dejas chupártela.

– Está hecho – dijo, decidido.

– Lo haces, sales y te subes a mi BMW negro. Te estaré esperando para sacarte de aquí.

Mientras me despedía de mi par de amigos se inició un alboroto y se escucharon gritos y algunos comenzaron a correr. Vi a Sergio caminando, sereno. Llegué a ver a La Vieja tirada en el sillón de la sala VIP, ensangrentado, muerto. Salí presuroso también y me dirigí a mi auto. Uno segundos después apareció Sergio. Le toqué la bocina para que reconociera el auto, se trepó en él y arrancamos.

– Me lo quebré, me lo quebré – repetía excitado.

– Bien hecho – lo alenté, manejando a más de cien por hora.

– En plena cara, bum, bum – me contaba, dibujando una pistola con sus manos.

– Hace mucho que quería desparecer a esa mierda de Rovirato – le confesé.

– ¿Y el resto de mi paga? – me preguntó. – ¿Tienes perico?

– Abre ahí – le señalé la guantera. – Todo es para ti.

– ¡Mierda! Esto sí es dinero… Te salió caro deshacerte de La Vieja – se echó a reír, mientras contaba un billete tras otro.

– Ni tanto, corazón.

Me miró y creo que no entendió lo que dije. Y creo que tampoco llegó a saber cuánto dinero tuvo entre sus manos exactamente, porque en ese preciso instante, desde el asiento de atrás, donde estaba oculto, hizo su aparición Darío, mi sicario preferido, mi ángel, y le descerrajó dos balazos en plena cabeza.

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