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El primer amor, por la Lic. Liliana D. González

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A menudo escucho a muchas parejas quejarse de sus cónyuges, se lamentan del desamor, de la falta de cooperación, de sus esfuerzos infructuosos por mantener la comunicación. Una vez que pasa la luna de miel en el matrimonio viene el acostumbramiento, donde la pasión del principio da paso a la “seguridad conyugal”. Es aquí cuando debemos estar alertas para evitar que la rutina pase a ser un detestable huésped dentro de la relación. Si permites que las responsabilidades laborales, los problemas, el pago de las cuentas, la crianza de los hijos, las amistades, estén por encima de tu relación de pareja, irás socavando el amor y la pasión que una vez los unió.

En la epístola a los efesios, el apóstol Pablo compara la relación del esposo y la esposa con la relación entre Cristo y la iglesia. Como cristianos estamos casados con Cristo. Él es el esposo y la cabeza de la iglesia. «Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella» (Ef 5:24-25). Si practicáramos los sabios consejos de Pablo, habría menos divorcios y numerosos matrimonios llenos de gloria.

Fíjate que estando el apóstol Juan exilado en la isla de Patmos, Dios le dio una visión y le dijo, escribe al Ángel de la iglesia de Éfeso: «Conozco tus obras, tu duro trabajo y tu perseverancia […]. Sin embargo, tengo en tu contra que has abandonado tu primer amor» (Ap 2:2-4 NVI). Dios reconoce y alaba la labor que cumples dentro de tu hogar y en la iglesia, pero desaprueba que hayas olvidado los días del noviazgo tanto en tu matrimonio como en tu relación con Él. Te enfriaste, ya no sientes deseos de orar ni de cantar coros de alabanzas a su santo nombre. Has dejado de congregarte, de leer su Palabra, de caminar conforme a su voluntad. Lamentablemente, has dejado tu primer amor. Le has sido infiel a Cristo al preferir el mundo y seguir su corriente.

Cuando estamos enamorados, buscamos la manera de permanecer junto al ser amado el mayor tiempo posible. Solemos pasar horas y horas hablando, riendo, disfrutándonos mutuamente. Ponemos énfasis en nuestro vestuario, en el perfume y en la manera de comportarnos con el fin de agradar al otro. Cuando somos novios, enlazamos nuestras manos y miramos en la misma dirección. Vuelve a la intimidad con tu cónyuge y con el Espíritu Santo. Cierra la puerta para amar a tu esposa, a tu esposo, y ciérrala también para intimar con Cristo.

Tu relación con Dios es tan importante como tu vida conyugal. Deja la apatía, la pereza y la falta de fe. Retoma ese vínculo de amor y esperanza en Cristo. No apagues el fuego que arde en tu corazón, mantén viva la pasión y tu primer amor por siempre.

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