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La fe de los amigos, por la Lic. Liliana D. González

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Tú no puedes decir que no necesitas de mí, ni yo puedo decir que no necesito de ti. Dios nos creó para que nos necesitemos mutuamente. «Si uno cae, el otro lo levanta. En cambio, al que está solo le va muy mal cuando cae porque no hay quien lo ayude» (Ec 4:9-10 PDT).

La enfermedad, las dificultades económicas, el divorcio, el desempleo, el exilio, la soledad, la muerte de un ser querido se pueden sobrellevar con el apoyo de los amigos más cercanos. Una de las maneras de ayudarnos unos a otros es por medio de la oración. Horas antes de que Jesús fuera entregado a sus enemigos para ser crucificado, fue con sus discípulos a un lugar llamado Getsemaní, y les dijo: «“Estoy muy triste. Siento que me voy a morir. Quédense aquí conmigo y no se duerman”. Jesús se alejó un poco de ellos, se arrodilló hasta tocar el suelo con la frente, y oró a Dios: ‘Padre, ¡cómo deseo que me libres de este sufrimiento! Pero no será lo que yo quiera, sino lo que quieras tú’. Jesús regresó a donde estaban los tres discípulos, y los encontró durmiendo. Entonces le dijo a Pedro: ‘¿No han podido quedarse despiertos conmigo, ni siquiera una hora?’ No se duerman; oren para que puedan resistir la prueba que se acerca» (Mt 26:38-41TLA).

Si Jesucristo, siendo Dios, necesitó el apoyo en oración de sus íntimos amigos, cuánto más los necesitamos nosotros para resistir las aflicciones de la vida.

Algunas veces, cuando no vemos la salida a los problemas nuestra fe tiende a debilitarse; hay quienes ni siquiera creen que Dios pueda ayudarles, en esos momentos de duda los buenos amigos fortalecen nuestra fe e incluso creen por nosotros.

La Biblia narra en los tres evangelios sinópticos, que cuatro hombres llevaron a su amigo paralítico a una casa donde Jesús se hallaba predicando, cuando se dieron cuenta de que había un gentío frente a la puerta, rompieron el techo de la vivienda para bajar por el agujero la camilla donde estaba acostado el enfermo. «Cuando Jesús vio la gran confianza que aquellos hombres tenían en él, le dijo al enfermo: “¡Amigo, te perdono tus pecados!”» (Lc 5:20 TLA). No fue la fe del paralítico quien movió a Jesús a sanarlo; fue la fe de sus amigos.

En las ardientes pruebas de tu vida busca a tus más cercanos, pídeles que oren por ti. Gálatas 6:2, dice: «Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo». ¿Cuál es la ley de Cristo? «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Cuando oras por tus amigos, los estás amando como a ti mismo.

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