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No Creo en un Dios que…, por Waldemar Gracia

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Un joven sacerdote llamado Juan Arias escribió un libro algo singular. Juan llegó a convertirse en sacerdote porque sintió a temprana edad en su corazón una pasión por el ser humano. Esta pasión lo llevo a envolverse en trabajos comunitarios, ayudando a organizaciones que de forma anónima y sin propósitos de publicidad se dedicaban a ayudar a los más débiles de nuestros hermanos.

Juan era un joven muy bien educado y muy sobresaliente en materias de filosofía y teología. Pero su gran desarrollo intelectual no se limitaba a las letras y las palabras, sino que su propósito principal era llevar las palabras a una acción. Acción totalmente desinteresada y procurando únicamente agradar a aquel que un día le llamo al santo ministerio.

Creer y vivir lo que se cree requiere una entrega total, sin ataduras y sin agendas escondidas. Solamente hombres y mujeres de integridad, de un carácter definido son capaces de vivir a la altura de sus convicciones. Si uno es muy bueno en algunas cosas, pero falla a menudo en otras entonces no puede ser íntegro de corazón. Ser íntegro significa ser “uno solo”, indivisible, sin contradicciones y sin doble ánimo. Sabemos que nadie es perfecto, todos cometemos errores. Pero el hombre o la mujer con integridad no tardarán en reconocer su falta y hacer las enmiendas correspondientes y evitar caer en el mismo hoyo, y nunca más tropezar con la misma piedra.

El Dios en quien tú crees ha de determinar tu éxito o tu fracaso en la vida. Si crees en un dios (con una d minúscula) pequeño sólo podrás aspirar a cosas pequeñas. Si tu Dios es Grande, Grades cosas has de ver en tu vida, pues según tu fe es que será hecho.

Ahora te quiero presentar al Dios en quien ni Juan ni yo creemos.

Yo nunca creeré en:

El Dios que “sorprenda” al hombre en un pecado de debilidad

El Dios que condene a su propia creación

El Dios que ame el dolor

El Dios que ponga luz roja a las alegrías humanas

El Dios mago y hechicero

El Dios que se hace temer o no se deja tutear

El Dios que se haga monopolio de una iglesia, de una raza, de una cultura o de una casta

El Dios que juega a condenar

El Dios que “manda” al infierno

El Dios incapaz de perdonar lo que muchos hombres condenan

El Dios incapaz de comprender que los niños deben mancharse y son olvidadizos

El Dios que exija al hombre, para creer, renunciar a ser hombre

El Dios a quien no temen los ricos a cuya puerta yace el hambre y la miseria

El Dios al que adoran los que van a Misa y siguen robando y calumniando

El Dios que no supiese descubrir algo de su bondad, de su esencia, allí donde vibre un amor por equivocado que sea.

El Dios que condene la sexualidad

El Dios para quien fuese el mismo pecado complacerse con la vista de unas piernas bonitas que calumniar y robar al prójimo o abusar del poder para medrar o vengarse.

El Dios morfina para la reforma de la tierra y sólo esperanza para la vida futura

El Dios de los que creen que aman a Dios porque no aman a nadie

El Dios que dé por buena la guerra

El Dios que pretenden que el cura rocíe con agua bendita los sepulcros blanqueados de sus juegos sucios

El Dios que negase al hombre la libertad de pecar

El Dios a quien le falte perdón para algún pecado

El Dios que aceptase y diese por bueno todo lo que los curas decimos de El

El Dios que ponga la ley por encima de la conciencia

El Dios que prefiera la pureza al amor

El Dios que no pueda descubrirse en los ojos de un niño o de una mujer bonita o de una madre que llora

El Dios que se case con la política

El Dios que aniquilara para siempre nuestra carne en lugar de resucitarla

El Dios que aceptara por amigo a quien pasa por la tierra sin hacer feliz a nadie

El Dios que al abrazar al hombre aquí en la tierra no supiera comunicarle el gusto y la felicidad de todos los amores humanos juntos

El Dios que no se hubiera hecho verdadero hombre con todas sus consecuencias

El Dios en el que yo no pueda esperar contra toda esperanza.

¡Sí, mi Dios es el otro Dios! ¿Cuál es tu Dios?

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