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Cadena de acontecimientos, por Carlos Riveros

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Asuntos importantes le impidieron tomar el vuelo. Maldijo su suerte. Era la segunda vez que perdía el vuelo a Londres. La junta directiva me va a matar, pensó. Al diablo con la junta directiva, se dijo después, todos comen de mi mano. Se acomodó el cabello para atrás, y, con paso seguro, caminó hacia la salida del aeropuerto.

– Hola, Roberto. Te saluda Anastasia. En estos momentos estoy saliendo del aeropuerto. No me hagas preguntas. Sólo escucha. Llama a Londres y cancela todas mis reuniones. Todas. Comunícate con alguien de la Corporación ADAT y agenda una cita para mañana a las tres de la tarde. Llama a la Sra. Thompson, averigua qué desea ahora y niégame de por vida, en algún momento se cansará de querer contactarme. Déjame listos todos los informes sobre mi escritorio. Estimo que debo de estar por la oficina alrededor del mediodía.

Colgó sin despedirse y buscó un taxi disponible.

En la oficina, Roberto estaba con el auricular aún en la mano. Se había quedado de piedra no tanto porque su jefa haya perdido el vuelo como porque haya decidido regresar a trabajar ese mismo día. Pensaba que sería un día más bien tranquilo y relajado. Terminó de colgar y soltó un estruendoso –y muy femenino- grito.

– ¿Se puede saber qué es lo que te pasa, Roberto Jacometti? – abrió la puerta de la oficina, entre preocupada y divertida,  Lourdes, su asistenta.

– Llamó la bruja. Está viniendo.

– ¿No se iba hoy a Londres?

– Se iba, pero me acaba de llamar. Envía un correo electrónico a todos y cancela el almuerzo. ¡Pero ya!

Lourdes salió disparada de la oficina y fue a sentarse a su escritorio. Lo primero que hizo fue entrar a su correo personal y escribirle a su novio para avisarle que hoy no llegaría tan temprano como pensaba. Luego mandó un memo a todos los empleados de su sección avisándoles que hoy trabajarían siguiendo el horario regular, que el almuerzo programado había quedado sin efecto, y que se necesitaban lo informes contables con suma urgencia porque la bruja había perdido su viaje. Puso bruja en mayúsculas y resaltado, y no pudo evitar reírse. Luego cogió su teléfono y vio la hora: 8:45 de la mañana. Será un día muy largo, pensó.

El novio de Lourdes se llama Giovanni. Es guapo y se sabe guapo, por eso nunca deja de alardear de su físico. Es fisicoculturista. Por las mañanas, trabaja en un gimnasio. Las tardes y las noches las tiene libre, por eso dedica ese tiempo a su novia Lourdes, y, algún que otro día, a sus exigentes clientas que lo buscan para satisfacer sus deseos sexuales. Giovanni se agencia de un dinero extra atendiendo sexualmente a mujeres solas y necesitadas de afecto. Aunque esto no lo avergüenza –de hecho, está orgulloso de su rendimiento físico en la cama-, prefiere mantener esta actividad en secreto y lejos del conocimiento de Lourdes, quien no lo entendería y menos lo aceptaría. Luego de leer el mensaje que le mandó su novia, decide que podría aprovechar la tarde para ganarse algo de dinero. Busca en su agenda de contactos y marca un número.

En el asiento posterior del taxi, Anastasia revisa su agenda minuciosamente. Para hoy, debido a su viaje, no tiene nada programado. Sería un día suave, si no fuera por su espíritu trabajador y responsable. Anastasia es adicta al trabajo. Es por eso que está camino a la oficina en lugar de estar yendo para su casa. Su teléfono suena y, al ver el nombre que aparece en la pantalla, su rostro dibuja una sonrisa pícara.

– Giovanni, ingrato. ¡Qué milagro! – saluda entusiasmada Anastasia. Demasiada entusiasmada para su gusto, pensaría después.

– ¿Cómo estás, Ana? ¿Ocupada?

–  No realmente. Estoy camino al trabajo. Perdí un vuelo a Londres.

– ¿No quisieras un masaje? ¿Relajarte un momento? Tengo la tarde libre.

– La tarde libre y los bolsillos vacíos, si no, no me llamarías.

– ¿Quieres o no? – pregunta, cortante, Giovanni, y eso enciende el deseo de Anastasia. Le gusta que él le hable así, que le dé órdenes. La excita sentir que alguien la domina.

– Sí, sí quiero – responde Anastasia, y luego le ordena al taxista que cambie de dirección.

Roberto ha estado de aquí para allá durante varias horas. Ha hecho llamadas, discutido con gerentes de otras empresas, cancelado citas y organizado otras nuevas. Su eficiencia lo ha llevado a ser la mano derecha de Anastasia. Confía en él plenamente. Ya tiene casi todo organizado para cuando llegue su jefa a la oficina.

Mientras, Lourdes intenta comunicarse con su novio, quien no responde el teléfono. Un poco inquieta, prosigue con sus labores.

Giovanni, en el lujoso gimnasio donde trabaja, está levantando pesas repetidamente. Escucha su teléfono pero decide no detener su sesión de ejercicios. Nada es más importante que una sesión intensa de ejercicios, se dice.

Desde una tienda de juguetes sexuales, Anastasia llama a Roberto. Le dice, con una voz metálica: “Cancela todo para hoy. Y dile a Lourdes que cuando envíe un memo a su sección, no me incluya en él. Si no fuera por el novio que tiene, ya la hubiera despedido.”

Roberto sólo puede reírse al escuchar eso. Cuelga el teléfono y, algo exhausto, se deja caer en el asiento.

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