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¿Paciencia?, por Jorge L. Limeres Gregory

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El agotamiento físico y anímico de mi nación puertorriqueña es notable y desesperante. El cuadro de la crisis nacional se deteriora a pasos agigantados.

Alguien dijo hace un tiempo atrás que la verdad nos hará libres y el conocimiento nos dará poder. Pero somos víctimas de medias verdades y de un conocimiento deformado. Los puertorriqueños necesitamos repuestas sensibles, lógicas e inteligentes para salir de la obscura caverna en que nos encontramos. Pero ni tan siquiera se ven destellos de esperanza en el horizonte, aunque hemos tenido la capacidad de ajustarnos a la barbarie de las imposiciones imperiales. Por siglos hemos tropezado con la misma piedra cientos de veces, pero no nos hemos desligado del estercolero colonial para ser libres.

Hoy, 120 años después de la segunda invasión nada ha cambiado. Los puertorriqueños todavía estamos sujetos a la misma arrogancia extranjera, al continuo limosneo y a los absurdos caprichos e intereses estadounidenses.

Los políticos ejerciendo una conducta aberrante y una bochornosa negación de los problemas reales poco le importa que la mayoría exija un cambio.

Los gobiernos lacayos siguiendo directrices de sus amos foráneos se ensañan con esa mayoría humilde exigiéndoles que aporten cada día más, continuando con el hostigamiento, manteniendo sus garras clavadas en la yugular puertorriqueña, estrangulando hasta el último suspiro de nuestro pueblo.

¿Cómo es posible que la gente no se dé cuenta de lo que ocurre?

El temor o miedo es un factor que dicta en forma alarmante la conducta de nuestra población.

Nuestra manera de pensar es producto de nuestras experiencias, del miedo aprendido en la colonia.

Esa sensación se arraiga tanto en nosotros, que en forma inconsciente determina nuestras acciones y pensamientos. Nuestra autoestima, nuestros valores y esa amalgama de factores que define la conducta humana se ven diariamente deteriorados entre nuestros compatriotas.

¿Cuántos esclavos rehusaron la libertad o se quedaban con los amos, por ese miedo transmitido por generaciones?

¿Cuántas personas abusadas aceptan el maltrato y hasta justifican esa conducta, culpándose por la aberración cometida en contra de su persona?  

La nación invasora es entonces la que nos configura a sus propósitos imponiendo sus valores y costumbres. Nos adoctrinan a pensar como ellos quieren que pensemos, nos imponen a temer lo que ellos quieren que temamos.

Los sistemas noticiosos en manos de una élite se convierten en cómplices en la “educación” de nuestra nación. Un sistema donde no se enseña a pensar, donde se inculca el temor, donde no se escudriña o cuestiona lo que se enseña es uno que produce inevitablemente unos babiecas intelectuales o zánganos serviles.

Una nación que impone hábilmente falsos valores, donde la verdad es tergiversada, donde la dignidad de nuestra nación es cínicamente burlada, no es una de grandes esperanzas. El pueblo puertorriqueño lleno de imaginarios temores está expuesto a vivir en continuo y paralizante miedo.   

¿Podremos vivir en paz con nosotros mismos mientras los miserables continúan con su afán de destruir la nación puertorriqueña?

No se puede vivir con las incongruencias y la barbarie existente, con políticos oportunistas, ni las mentiras que nos atosigan los medios de comunicación, ni los análisis superficiales y convenientes para los pocos mientras a los desterrados de la tierra se los lleva el diablo.

Tengo poca tolerancia con los liberales que hablan de justicia social, pero a la hora de la verdad se lavan las manos o guardan silencio entregando su dignidad por unas monedas de oro.

Estoy harto de los conservadores que con su desfachatez y enardeciente soberbia se creen que pueden hacer del mundo sus serviles esclavos.

Me cansan los intelectuales que con su fina verborrea predican medias verdades o atemperan sus conocimientos para satisfacer las mediocridades de los influyentes.

Me destroza el alma ver estudiantes rezagados no por su capacidad intelectual, sino porque nunca han tenido una oportunidad real de triunfo.

No tolero a consultores, especialistas y administradores cómodamente sentados en sus oficinas donde sólo brillan sus altos salarios y donde las ideas coherentes y lógicas son despachadas en el primer zafacón que se encuentre.

Me repugna escuchar de las muertes violentas sin preguntarnos quienes son los que producen las armas y las balas.

Es intolerable oír a los expertos echarles la culpa a los adictos, siendo estos víctimas y producto de una sociedad que los ha formado.

No entiendo la hipocresía de los miles de voces que claman por la libertad y justicia en otras naciones y callan ante la injusticia en el nuestro.

Asquea la superficialidad y mediocridad de una televisión y radio viciada por espectáculos estúpidos y sin valor alguno. Estoy harto de bregar con los seguros médicos, que no responden a las necesidades de los clientes o que se gasten billones de dólares en armas y no hay dinero para comprar libros en las escuelas públicas. 

Los puertorriqueños tenemos que recordar, si queremos sobrevivir esta “limpieza étnica” a la que estamos siendo sometidos, a no guardar silencio.

No podemos olvidar a los héroes asesinados y perseguidos impunemente por las fuerzas represivas y a esos poderosos inversionistas estadounidenses que nos roban impunemente.

No podemos olvidar que nos prestaron un pasaporte estadounidense para imponernos el servicio militar obligatorio.  

No podemos olvidar que nos impusieron su idioma y su sistema educativo por 48 años tratando de cambiar los patrones culturales y religiosos de un pueblo diferente y con más historia. Engañaron en las Naciones Unidas a los gobiernos mundiales y a los puertorriqueños con la farsa de un gobierno y constitución propia. Otro fraude más de los estadounidenses.

El espacio no existe para detallar las insolencias que el pueblo de Puerto Rico ha tolerado.

Si me dicen una vez más que tenga paciencia, que el mundo es así. Reviento.

103.5 FM - La Voz Radio

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