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El feo bello, por Waldemar Gracia

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Hoy día hay que tener mucho cuidado de cómo se habla y/o como se dicen las cosas. Vivimos en un mundo altamente sensitivo y hay que decir las cosas procurando que nadie se “ofenda”. Pues nos corremos el riesgo de ser acusados de insensáticos, discriminativos o de fóbicos. Ya al feo no se le puede decir feo. Hay que llamarlo “belleza extraña”.

El otro día recibí en mi oficina a un individuo que estaba sumamente deprimido por un complejo que lo traía loco. Le dije; “siéntese señor…y cuénteme como puedo ayudarle”. Me dijo; “si le cuento mi historia usted no me la va a creer”. Bueno; “dígame a ver”. “Es que yo soy feo de nacimiento y ya no puedo más”. Y el señor me comenzó a contar:

“Yo era tan feo que, cuando nací, el médico preguntó dónde estaba la cámara oculta. Era tan feo que, cuando nací, el doctor me tiró al aire y dijo: “si vuela es murciélago”, y luego me tiró en el agua y dijo: “si nada, es cocodrilo”. Era tan feo que cuando nací, el doctor me dio la cachetada en la cara. Luego fue a la sala de espera y le dijo a mi padre: “Hicimos lo que pudimos… pero nació vivo”, y en lugar de felicitar a mi papá, lo golpeó. Era tan feo, que mi madre, cuando nací, no sabía si había sido un mal parto o un aborto de la naturaleza. Incluso, mi mamá no sabía si quedarse conmigo o con la placenta. Como era prematuro me metieron en una incubadora… con vidrios polarizados. Era tan feo, que cuando nací no lloré yo ¡lloró el doctor, mi papá y mi mamá!

Mi madre nunca me dio el pecho porque decía que sólo me quería como amigo, así que en vez de darme el pecho, me daba la espalda. Era tan feo que a los 3 meses aprendí a caminar, porque nadie me alzaba. Era tan feo que cuando era chico, me acariciaban con una rama. Era un niño tan feo, pero tan feo, que un día mi mamá me llevó de camping y en la noche, los coyotes prendieron fogatas para que no me acercara. Era tan feo que cuando jugaba al escondite nadie me buscaba. Nací tan feo que cuando era niño, por las noches, mi “angelito de la guarda” dormía en la habitación de al lado. Yo siempre fui muy peludo: a mi madre siempre le preguntaban: “Señora, a su hijo ¿lo parió o lo tejió?”

Mi padre llevaba en su billetera la foto del niño que venía cuando la compró. Pronto me di cuenta que mis padres me odiaban, pues mis juguetes para la bañera eran un radio y un tostador eléctrico. Una vez me perdí, y le pregunté al policía si creía que íbamos a encontrar a mis padres; me contestó: “No lo sé; hay un montón de lugares donde se pudieron haber escondido”. Era tan feo que me exhibían en una feria por teléfono. Era tan feo que cuando me despertaba, el sol se escondía. Era tan feo, que no podía dormir, porque cuando venía el sueño, lo espantaba. Era tan feo, que me dolía la cara. Era tan feo que los ratones me comieron el documento y dejaron la foto. Cuando fui al zoológico los monos me tiraban galletitas. Mis padres tenían que atarme un trozo de carne al cuello para que el perro jugara conmigo. Cuando me secuestraron, los secuestradores mandaron un dedo mío a mis padres para pedir recompensa. Mi madre les contestó que quería más pruebas.

Tuve que trabajar desde chico. Trabajé en una clínica veterinaria y la gente no paraba de preguntarme cuánto costaba yo. Un día llamó una chica a mi casa diciéndome: “Ven a mi casa que no hay nadie”. Cuando llegué no había nadie. Era tan feo que el psiquiatra me hacía acostar boca abajo. El psiquiatra me dijo un día que yo estaba loco. Yo le dije que quería escuchar una segunda opinión. “De acuerdo, además de loco es usted muy feo”, me dijo. Una vez, cuando me iba a suicidar tirándome desde la terraza de un edificio de 50 pisos, mandaron a un cura a darme unas palabras de aliento. Sólo dijo: “En sus marcas, listos…”

El último deseo de mi padre antes de morir era que me sentara en sus piernas. Lo habían condenado a la silla eléctrica… Era tan feo, pero tan feo, que cuando mandé mi foto por e-mail, el antivirus la detectó. Era tan feo que me miraban dos veces porque la primera no se lo creían. Era tan feo que convertí a Medusa en piedra. Encima, me echaban del tren fantasma porque “asustaba demasiado”. Era tan feo que asustaba hasta los ciegos. Era tan feo que cuando me miraba en el espejo, el reflejo se hacía a un lado.

Era tan feo que hacía llorar a las cebollas. Era tan feo que tiré un boomerang y éste no regresó nunca más. Era tan feo que cuando iba al banco, apagaban las cámaras de seguridad. Era tan feo que cuando fui a la casa de los espantos… regresé con una solicitud de empleo. Sí, doctor, yo era tan feo, tan feo, que una vez me atropelló un auto… y quedé mejor. Y ahora soy, apenas… feo”. Pero,.. doctor, ¿dónde está usted? ¡Hacía rato que ya yo había huido de la oficina lleno de espanto! 

Este relato se pudo escribir gracias a que la grabadora se me quedó prendida, y luego de escuchar la conversación, a la grabadora se le quemó su sistema interno y jamás se volvió a usar.

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LA CARICATURA DE REINALDO

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