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Ola de calor y experimentando en algo las penurias de los puertorriqueños en la Isla

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HARTFORD.- La ola de calor que azota a los habitantes de Connecticut y de otras regiones de los Estados Unidos, nos ayuda a experimentar lo que significan seis días de calor por sobre los 95 grados, además de la humedad que transforma nuestras existencias en una realidad de miseria. 

Aun cuando miles de familia en zonas urbanas pobres de Connecticut sin aires acondicionados han sufrido en el pasado y sufren los extremos del clima en Connecticut, hemos meditado en lo que ha sido la vida de los puertorriqueños afectados durante nueve meses por las consecuencias devastadoras que trajo a la Isla y también a secciones del Caribe el huracán “María.”

De acuerdo a María Flores, residente del Barrio Las Carolinas de Caguas, solamente en el pasado mes de mayo vieron casi con incredulidad la llegada de los camiones con los técnicos que venían a reparar recién después de siete meses de penurias; los cables de tendido eléctrico en la calle Ceciliana donde 30 vecinos han compartido una experiencia traumática común.

Todos coinciden en que dentro del estado de emergencia vivida, han crecido y comprobado que la unidad y solidaridad han salvado a los habitantes de la Isla que a pesar de la ayuda reciente, aún sufren las carencias e incertidumbre de lo que sucederá en el futuro con Puerto Rico.

En el caso del barrio Las Carolinas, la energía eléctrica no se fue con el huracán “María,” sino con dos fenómenos similares previos que no alcanzaron el poder destructivo del huracán principal que arrasó a la isla “a lo largo y a lo ancho.” 

La fuerza de “María” arrebató techos y los árboles sucumbieron arrastrados por las ráfagas de viento.  Este solo hecho del mismo día del huracán ya había provocado un impacto emocional. 

“La primera ayuda que llegó a nuestro barrio fue la que provenía de la Cruz Roja Americana y constituyó una esperanza, aunque teníamos noticias de que se hacía imposible la llegada de las autoridades a lugares donde los ríos se habían llevado o destruido los puentes como fue el caso de Utuado,” dijo María Flores que aunque nacida en la Isla, fue a la escuela en Hartford, Connecticut, y es una líder natural que ocupó la presidencia de la escuela Mary M. Hooker en los tiempos en que el director era el señor Raúl Montañez Pitre.  Posteriormente asistió a la escuela intermedia Quirk y se graduó de la escuela superior de Hartford. A los pocos días y expuestos a la oscuridad de las primeras noches, los vecinos se dieron cuenta que la llegada de ayuda no sería inmediata y que los 30 vecinos deberían unirse para sobrevivir no solo física, sino que emocionalmente.

“Antes de que activáramos los generadores  en Puerto Rico debido a la falta de combustible, sufrimos los días de calor sin acceso al agua potable e incomunicados debido a que las torres de los teléfonos celulares estaban también caídas,” relata María que tiene una familia extendida en Connecticut y muchas amistades.

“De esa manera nos dimos cuenta que debíamos unirnos y poner nuestros recursos en común, fueran estos artículos médicos, medicinas, agua, combustibles y alimentos,” dice María de cuyos hijos ya crecidos dos se encuentran en Florida y otro vive en Puerto Rico.

Así comenzó la rutina de la olla común que estableció una gran solidaridad entre los vecinos que por sobre la desgracia e incertidumbre de ver los días pasar sin contar con luz, gasolina, ni alimentos frescos, especialmente vegetales y verduras; encontraron en las tareas comunes un consuelo. 

Por las noches establecieron un sistema de vigilancia ya que los servicios policiales y de comunicación estaban colapsados, y ni siquiera los camiones con ayuda podían llegar a los distintos lugares de la Isla porque requerían de protección para impedir los asaltos de personas desesperadas.

“Nos reuníamos todos los días y así nos íbamos enterando de las habilidades de cada uno de nosotros estableciendo lo que podríamos denominar un equipo de trabajo.  Tuvimos acceso al agua después de un  mes, pero no así la ayuda para restaurar la energía eléctrica,” dice nuestra interlocutora que allí se dio cuenta cabal de lo que significaba la oscuridad total, el calor insoportable y la llegada de bandadas de mosquitos.

De a poco los vecinos fueron reparando lo mejor que pudieron las viviendas la mayoría de las cuales no tenían sus techos. Al comienzo improvisaron éstos con lonas, pero después escogían una casa y todos los vecinos ayudaban a la reconstrucción  Con el calor también llegaban lluvias que en algo ayudaban a disminuir la pesadez del calor, pero que volvían a aumentar el cauce de ríos y esteros donde había animales muertos.

La ausencia de seguridad y paz pública obligó a los vecinos a estar en constante estado de alerta para que otras personas no se robaran las plantas generadoras o los bienes de la familia.

“Los que sufrían eran los adultos mayores a los cuales se les fueron agotando sus medicamentos, y los niños que no podían ir a las escuelas debido a que éstas tampoco contaban con sus techos ni maestros,” dice María que confiesa que hubo momentos en que a pesar de su natural capacidad de sobrevivir y organizar, no veía la diferencia entre un día y otro debido a las carencia extremas y al sufrimiento.

En un país donde todo el sistema de tecnología colapsó, la incomunicación y la ausencia de noticias desde otros lugares de la Isla era un agravante.  Finalmente  poco a poco, los vecinos de la calle Ceciliana establecieron su cuartel general en lo que fue la escuela y las reuniones, servicios religiosos y repaso de noticias mantuvieron el ánimo y la moral más alta.

María pudo volar en enero a Connecticut para visitar a su madre, amigos y familiares y eso le sirvió como un pequeño paréntesis para encontrar esperanzas y normalidad y regresar con más energía.

Finalmente, un día llegaron los camiones con los técnicos electricistas y eso fue fiesta y bienvenida a estadounidenses de la raza blanca que no estaban acostumbrados a recibir tales muestras de gratitud.  “Dos de ellos eran de Texas y otro de Luisiana, no habían estado nunca en la Isla y alojaban en un hotel de Humacao.  Para nosotros fue como el fin de una jornada increíble y la llegada de la luz eléctrica nos permitió después de siete meses regresar a la casi normalidad,” dijo María que había regresado a la Isla después de su viaje en el invierno de Connecticut donde se encontró con el otro extremo: el frío.

“A los técnicos les despedimos con una fiesta que ellos apreciaron y dijeron que no olvidarían.  Para nosotros fueron como la llegada de la Cruz Roja después de tres semanas de incomunicación con la diferencia que veíamos de nuevo la luz por las noches que aunque a veces se va, sabemos que está allí.  Son para nosotros unos héroes,” dijo, pero la verdad es que Puerto Rico está lleno de héroes y heroínas como María Flores que ayudaron a vecinos y sus comunidades a mantener el ánimo y la esperanza en tiempos de desgracia.

María no tiene intenciones de mudarse a los Estados Unidos aunque se calcula que unas 135,000 personas han abandonado la Isla y que en el caso de Connecticut aún hay familias que tratan de que FEMA, la agencia de gobierno, les ayude a establecerse.

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