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La fragancia de Cristo, por la Lic. Liliana D. González

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Hablemos de los olores. Ellos tienen una extraña manera de afectarnos. A mí me encanta el olor a tierra húmeda después de un aguacero, y el de las conservas de coco me recuerda a mi abuela, ella olía así; se untaba aceite de coco en el cabello para mantener su brillo natural. Es que los olores evocan momentos, personas, lugares y toda clase de sensaciones. Y qué decir del olor de un bebé, en especial si es el propio, ¡una delicia! Ellos sin duda pueden reconocer a sus madres por el aroma. La relación íntima entre el sentido del olfato y las emociones explica la importancia de los olores en nuestras vidas. El olor de una persona tiene el poder de impregnar nuestra memoria para siempre resistiéndose al paso del tiempo.

Eso fue precisamente lo que pasó con ella, no fue su nombre el que la hizo dejar huellas, de hecho, la Biblia no lo menciona, mucho menos fue su oficio: prostituta. Fue un perfume de nardo puro lo que la hizo inolvidable. Después de quebrar el frasco de alabastro (su alma) y derramar el contenido sobre los pies de Jesús, las impalpables gotas de su esencia se fundieron con las de Él envolviendo aquel lugar de una delicada fragancia. Dos mil años después, seguimos recordando un aroma que ha transcendido en el tiempo.

¿Qué te dice tu nariz? ¿Cuál es el olor que expide ella o él, y a qué hueles tú? ¿Te has detenido a pensar en el aroma que emanas para quienes te rodean, especialmente para Dios?

El mejor perfume, el de más alto precio, es el que se desprende de nuestra relación íntima con Dios. Al quebrarnos como frasco de alabastro en su presencia, desprendemos una fragancia única y dejamos una estela que todos notan, algunos admiran, y otros envidian. Ningún perfumista en el mundo puede imitarla. Mientras más tiempo pasemos con el Espíritu Santo nuestra esencia se mezclará con la suya.

Llama mi atención que Lucas dice en su evangelio, capitulo 7, versículos 37 y 38: «…una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume» (–énfasis añadido). Aquella mujer no se sentía digna de hincarse delante de Jesús debido a sus pecados, sin embargo, eso no le impidió entrar a su presencia para regar sus pies con sus lágrimas, y enjugarlos con sus cabellos.

Cuando vayas a los pies de Cristo y te entregues como sacrificio vivo arrepentido de tus malas acciones, tu oración subirá delante de Él como el incienso y oirás sus misericordias. Dios no esconderá su rostro de ti, ni te condenará, porque te ama. El Señor sabe separar lo que has hecho a lo que significas para Él. Tan solo el amor divino puede transformar nuestras vidas para siempre. «Sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama» (v.47), expresó Jesús sobre aquella mujer:

Si quieres desprender un agradable aroma, unge los pies de Cristo con sincera devoción, no permitas que el pecado y las experiencias difíciles de tu vida te aparten de una relación íntima con Dios.

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