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La unción del Señor, por la Lic. Liliana D. González

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Numerosos creyentes malentienden el significado de la unción. Algunos suponen que los pastores, profetas y evangelista son los únicos que tienen la unción para cumplir un llamado específico de Dios. Inclusive, se ha difundido en multitudinarias congregaciones cristianas la errónea enseñanza de que nadie puede cuestionar o juzgar a los “ungidos del Señor”. También vemos como la palabra unción es erradamente usada por muchísimos creyentes. Actualmente es normal escuchar frases como: «hoy hubo una gran unción», «ese pastor no está ungido», «en esa iglesia no hay unción».

Lo primero que debemos entender es que ungido significa escogido. La Biblia enseña que «Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo y con poder, y que él anduvo haciendo el bien y sanando a todos los que estaban oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10:38 RVC). Esto quiere decir, que ser ungido es estar lleno de la presencia del Espíritu Santo y tener la fuerza y el poder para cumplir la voluntad de Dios.   

El Señor no unge a “creyentes especiales” con el poder de su Espíritu. Todos los cristianos hemos recibido la unción del Santo, de manera que conocemos la verdad (1 Jn 2:20). Pablo afirmó que es Dios quien nos capacita para estar firmes por Cristo. Él nos ungió, nos selló como propiedad suya y puso su Espíritu en nuestro corazón como garantía de sus promesas (2 Co1 21:22). Por consiguiente, no solo los líderes religiosos tienen la unción para cumplir los propósitos del Señor. Tú y yo también fuimos escogidos para hacer buenas obras, siguiendo el camino que Dios nos preparó de antemano (Ef 2:10).

 Asimismo, debemos entender que la unción del Señor no nos ha sido dada para que hagamos los mismos (o mayores) milagros que Cristo hizo, sino para que seamos transformados por el poder de su Espíritu para hacer el bien. Esto lo vemos en la vida de los apóstoles de Jesús. El día de Pentecostés la fuerza del Espíritu Santo descendió sobre aquellos hombres con el propósito de que propagaran el evangelio en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta el último rincón de la tierra (Hch 1:8). La unción del Espíritu los llevó de un extremo a otro. De cobardes los transformó en valientes, de ignorantes en sabios, de insensatos en reflexivos, de impulsivos en prudentes. 

En conclusión, los ungidos del Señor son los creyentes que arrepentidos de sus pecados abandonan su vieja manera ser, siguen voluntariamente a Cristo y dejan que Él los transforme en personas nuevas, en individuos que dan testimonio de ser hijos de Dios con su intachable conducta. Son almas aprobadas y capacitadas por el Señor para guiar a los ciegos hacia el camino, la verdad y la vida.

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