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¿Cómo puede un Dios bueno y amoroso permitir el sufrimiento?, por la Lic. Liliana D. González

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Si bien la búsqueda del placer y la evasión del dolor forman parte de nuestra naturaleza, sabemos que por mucho que intentemos evadirlo, más tarde o más temprano, experimentaremos sufrimiento. A pesar de eso nos negamos a sufrir; vemos las penas y el dolor como una interrupción en nuestra carrera hacia el bienestar y la felicidad. Así que lo combatimos, lo reprimimos, lo medicamos o buscamos soluciones rápidas y fáciles para deshacernos de él. Pero desde una perspectiva bíblica el sufrimiento es beneficioso, porque nos permite crecer espiritualmente y ver la gloria de Dios. De hecho, el apóstol Pablo dijo, «considero que en nada se comparan los sufrimientos actuales con la gloria que habrá de revelarse en nosotros» (Ro 8:18 NVI). El sufrimiento es la iniciación a una nueva condición.

La Biblia enumera cuatro beneficios del sufrimiento: Desarrollo de un carácter firme, compasión, resistencia y obediencia. El carácter no puede desarrollarse cuando tenemos tranquilidad y todo nos resulta fácil. Únicamente pasando por la experiencia de la prueba se puede fortalecer el espíritu. En cuanto a la compasión, el diccionario la define como «un profundo conocimiento del sufrimiento de otra persona acompañado del deseo de aliviarlo», pero solo podremos obtener un profundo conocimiento del sufrimiento de los demás si hemos sufrido nosotros mismos. Lo bueno es que Dios «nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que, con el mismo consuelo que de Dios hemos recibido, también nosotros podamos consolar a todos los que sufren» (2 Co 1:3-4 NVI).

El sufrimiento también nos hace más resistentes y capaces de superar las dificultades. Así como un músculo para fortalecerse tiene que sufrir, nuestras emociones para vigorizarse deben soportar cierto grado de sufrimiento. El apóstol Pedro afirmó: «Y, después de que ustedes hayan sufrido un poco de tiempo, Dios mismo, el Dios de toda gracia que los llamó a su gloria eterna en Cristo, los restaurará y los hará fuertes, firmes y estables» (P 5:10 NVI).

Finalmente, la obediencia emerge de la experiencia del sufrimiento. Las aflicciones forman parte del plan de Dios para prepararnos para la gloria. Cristo mismo luchó con ese plan aun mientras se sometía a él. «En los días de su vida mortal, Jesús ofreció oraciones y súplicas con fuerte clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su reverente sumisión. Aunque era Hijo, mediante el sufrimiento aprendió a obedecer; y, consumada su perfección, llegó a ser autor de salvación eterna para todos los que le obedecen» (Heb 5: 7.9 NVI).

Si te estás preguntando por qué Dios ha permitido tanto sufrimiento en tu vida y en la vida de otras personas, medita en la cruz. En su plan de redención, Dios envió a su único Hijo a padecer gran sufrimiento y a morir como morían los criminales, para que tú y yo pasemos a la eternidad con él. A medida que padecemos somos formados a la imagen de Cristo. Y Cristo en nosotros es la esperanza de la gloria.

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