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Miedo a envejecer, por la Lic. Liliana D. González

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Al cumplir los cuarenta años compré mis primeros bifocales; ya no puedo leer la letra pequeña. Ahora me tiño el cabello para camuflar las canas, el óvalo de mi cara se está distorsionando y mi cuerpo se va desgastando. Lo cierto es que estoy envejeciendo. Y me ocurre desde el mismo día de mi nacimiento; así que no importa cuánto dinero y esfuerzo invierta en cremas, masajes, gimnasio y cirugía: la lucha contra el paso del tiempo la tengo perdida.

Nuestros años dorados se pueden convertir en un verdadero calvario si elegimos no aceptar el proceso natural de envejecimiento, o pueden llegar a ser gratificantes si nos conectamos con el propósito que Dios tiene para nosotros en esta nueva etapa.

Conozco personas que no celebran sus cumpleaños. Se encierran en sus casas y apagan el celular durante esas fechas para que nadie les pregunte su edad. En lugar de agradecer a Dios por un año más de vida, se lamentan porque ven menoscabada su juventud y belleza. El apóstol Pablo declaró: “No nos desanimamos. Al contrario, aunque por fuera nos vamos desgastando, por dentro nos vamos renovando día tras día” (2 Co 4:16 NVI).

A medida que nos hacemos viejos, nos preocupamos por un sinnúmero de acontecimientos que podríamos afrontar: el padecimiento de una enfermedad crónica, la muerte del cónyuge, la incapacidad de valernos por nosotros mismos, la soledad, la ausencia de los hijos, la falta de recursos económicos para sostenernos; todos estos pensamientos son tan atormentadores que si meditamos constantemente en ellos le estaremos abriendo la puerta al espíritu de depresión.

No tenemos por qué vivir angustiados. Lee con atención lo que nuestro amoroso Dios nos ha prometido: “Aun en la vejez, cuando ya peinen canas, yo seré el mismo, yo los sostendré. Yo los hice, y cuidaré de ustedes; los sostendré y los libraré” (Is 46:4 NVI). Él cuidó de nosotros en el pasado, lo hace hoy, y seguirá velando para que no nos falte ningún bien en el futuro. ¡Qué tranquilizadora promesa! Confiar en el inagotable amor de Dios aleja el temor al porvenir.

Los planes que el Padre tiene para sus hijos son ilimitados. Cuando creemos estar finalizando la carrera es cuando Dios apenas inicia. Moisés tenía ochenta años y Aarón ochenta y tres cuando el Señor les ordenó hablar con el Faraón para que permitiera salir a Israel de la tierra de Egipto (Éx 7:7). Tenía Josué ochenta y cinco años, cuando Dios le encomendó la difícil misión de guiar a un numeroso pueblo hacia la conquista de la tierra prometida. La Biblia narra que “siendo Josué ya viejo, entrado en años, Jehová le dijo: Tú eres ya viejo, de edad avanzada, y queda aún mucha tierra por poseer” (Jos 13:1) Caleb, fue otro siervo de Dios que inspeccionó por primera vez la tierra de Canaán; él declaró: “Y ahora, he aquí, hoy soy de edad de ochenta y cinco años. Todavía estoy tan fuerte como el día que Moisés me envió; cual era mi fuerza entonces, tal es ahora mi fuerza para la guerra, y para salir y para entrar” (Jos 14:10-11).

 Puede que nuestra sociedad menosprecie a los ancianos, los considere lentos y débiles. Sin embargo, no existe la jubilación para los soldados de Cristo: “Aun en la vejez darán fruto; estarán vigorosos y muy verdes” (Sal 92:14 LBLA), siempre firmes y dispuestos a servir a su Rey.

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