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CACERÍA DE ZORRAS, por la Lic. Liliana D. González

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Dios compara nuestros matrimonios con una viña que debemos plantar, regar, podar y fertilizar todos los días. En su infinita sabiduría nos anima, además, a cazar las zorras pequeñas que causan daños a nuestra relación de pareja. Esas zorras de las que Dios habla son los asuntos a los que les restamos importancia y, sin darnos cuenta, permitimos que socaven el amor conyugal. Creemos que las principales causas del divorcio son el adulterio, los problemas financieros o la incompatibilidad de caracteres, pero son las “pequeñeces” del día a día las que sigilosamente van destruyendo la relación de pareja.

La mejor manera de cuidar nuestros viñedos es afianzarlos sobre la Roca. Las parejas que fundamentan sus matrimonios en Cristo gozan de la dirección del Espíritu Santo. Después de todo, el matrimonio fue idea de Dios y Él estableció las reglas para que nos vaya bien. Si las ignoramos corremos el riesgo de fracasar. Hoy te invito a cazar las zorras pequeñas que pueden dañar tu viña matrimonial.

Primeramente, el Señor ordena a los casados dejar a su padre y a su madre, y unirse a su cónyuge para que los dos se fundan en un solo ser. “Por consiguiente, ya no son dos, sino una sola carne” (Marcos 10:8 LBLA). Un solo cuerpo, un solo propósito, una sola visión. Sin embargo, algunas esposas o esposos no respetan este principio bíblico. No cortan el cordón umbilical con sus padres; los llaman para contarles la discusión del día anterior, para pedirles consejo, ayuda o un préstamo. Y hay padres que tampoco están dispuestos a soltar a sus hijos casados para dejarlos plantar sus viñas sin su intervención. “El casado, casa quiere”, reza el refrán. Son muchos los cambios que un matrimonio debe superar para también tener que lidiar con la intromisión de los suegros. Toda pareja casada debe vivir separada de la familia para que pueda acoplarse en su propio espacio y los parientes no deberían inmiscuirse. Esta zorra pequeña ocasiona serios conflictos matrimoniales y puede causar el divorcio.

Un problema similar surge cuando uno de los cónyuges satisface las necesidades de sus hijos y desatiende a su pareja. Algunas madres, después del nacimiento de sus bebés, rechazan a sus esposos, descuidan su arreglo personal e incumplen sus deberes conyugales. Los maridos se refugian en el trabajo y en otros asuntos hasta que la relación se hace intolerable. La clave del éxito es que ambos cónyuges se involucren en la crianza de los hijos, se dividan responsabilidades, cuiden de su apariencia y disfruten momentos de intimidad. Esto hará que el amor se fortalezca y que todos en el hogar se sientan seguros y felices.

 La Biblia enseña: “Esposas, sométanse a sus propios esposos como al Señor” (Efesios 5:22 NVI). Casi me voy de espalda cuando leí este versículo por primera vez. Una de las razones por las cuales tuve muchísimos problemas en mis primeros años de casada fue porque no me sujetaba a mi esposo. Confieso que después de conocer este mandamiento me hice la desentendida por un tiempo. Pensaba que era injusto someterme a la autoridad de mi marido, después de todo él no es perfecto y todo lo que dice y hace tampoco lo es. Pero Dios trató conmigo, me hizo comprender que Él me dio a mi esposo para que me amara, cuidara, alimentara y protegiera como a su propio cuerpo. Cuando me sujeto a él estoy respetando los principios de Dios, por ende estoy bajo la cobertura divina, pero, si soy obstinada, me salgo de esa cobertura y me expongo a la influencia del diablo. Eso fue lo que sucedió con Eva en el Edén. El enemigo atacó su mente. Le hizo creer que si se sometía a Dios sería infeliz y perdería el derecho a gobernar su vida. Ella creyó esa mentira y actuó en rebeldía a las ordenanzas del Señor e hizo pecar a su marido. Las consecuencias fueron nefastas, no solo perdieron la cobertura de Dios, su protección y bendición, sino que se enemistaron entre ellos y a partir de entonces surgió el adulterio, la fornicación, la intolerancia, el machismo, el feminismo y la violencia en el seno de la familia. 

  El resentimiento es otra zorra que arruina nuestros viñedos. Los esposos necesitan perdonarse mutuamente y comprometerse a que mientras estén disgustados no se maltratarán, ofenderán ni se irán a la cama enojados: “Si se enojan, no permitan que eso los haga pecar. El enojo no debe durarles todo el día” (Efesios 4:26 TLA). Conozco parejas que dejaron de hablarse por meses, se torcían los ojos, dormían en distintas habitaciones hasta que la situación terminó en divorcio. No niegues el perdón: “lo siento”, “perdóname” y “te perdono” son frases que siempre deben brotar de tu corazón. “Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: me arrepiento; perdónale” (Lucas 17:4).

Una zorra dura de cazar son las palabras que usamos para dirigirnos a nuestro cónyuge. Algunas pueden ser como heridas de espada. Las ofensas, las faltas de respeto, las burlas y los desprecios dejan cicatrices difíciles de borrar. Trata a tu cónyuge como deseas ser tratado. Cuida lo que dices y cómo lo dices: tu voz, el timbre, el tono y la actitud. Los esposos deben hablase con ternura: “Panal de miel son las palabras amables: endulzan la vida y dan salud al cuerpo” (Proverbios 16:24 NVI).

Hay otras zorras pequeñas como la indiferencia, los celos y la rutina que entran a hurtadillas en nuestras viñas con el fin de robar, hurtar y destruir. Es tu deber identificarlas y cazarlas para proteger tu matrimonio. Solo la obediencia a los principios bíblicos garantiza hogares estables y felices.


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Lic. Liliana Daymar González

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