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Atados a la maldición, por la Lic. Liliana D. González

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¿Sabías que muchísimas personas están encadenadas a enfermedades, ruinas, catástrofes y muertes?  Lo más terrible es que ellas mismas se ataron o fueron atadas por sus seres queridos. Seguramente te estás preguntando: ¿cómo puede ocurrir algo así?

Atamos y desatamos a los otros y a nosotros mismos con las palabras. Jesús dijo: “Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo” (Mateo 18:18 NVI). Las palabras que salen de nuestra boca tienen poder para bendecir o maldecir. Hablar al descuido es una falta de responsabilidad mayúscula, porque “la muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos” (Proverbios 18:21). Es preciso pensar antes de hablar. Si lo que vamos a decir no edifica ni da gracia a los oyentes, es preferible callar. Nótese que las circunstancias que hoy estamos viviendo son producto de lo que estamos hablando. ¡Cuidado! Tu boca te puede meter en serios problemas. Proverbios 21:23 dice: “El que guarda su boca y su lengua, su alma guarda de angustias”. La verdad es que nuestras palabras podrían ser nuestro mayor castigo.

Algunas personas están acostumbradas a hablar de sus achaques y enfermedades, se quejan continuamente de cualquier cosa, por esa razón no salen de un problema para entrar en otro. Hay quienes hacen votos o se maldicen a sí mismos: “nunca me voy a casar”, “nadie me quiere”, “todo el mundo me rechaza”, “no voy a conseguir trabajo”, “todo es más difícil para mí”, “no lo voy a lograr”, “siempre me pasa lo mismo”. Se enlazan con las palabras de su boca, y quedan presos en los dichos de sus labios (Proverbios 6:2).

Es muy común que los padres por ignorancia, maldigan a sus hijos y sentencien su futuro. Permíteme darte un ejemplo. Hace poco, una amiga y su esposo, perdieron a su bebé que estaba en gestación. Según los médicos, el feto murió súbitamente. Con el paso de los días, mi amiga recibió la desafortunada noticia de que la esposa de su hermano había abortado a sus gemelos y, en ese momento, se acordó de que su hermana el año anterior también había tenido una pérdida. Al meditar en el asunto, ella recordó que su madre no estuvo de acuerdo con el embarazo de su hermana por lo que declaró que sus hijos no deberían seguir procreando. Sin pretenderlo, aquella madre maldijo la descendencia de todos sus hijos. Proverbios 26:2 establece: “Como el gorrión en su vagar, y como la golondrina en su vuelo, así la maldición nunca vendrá sin causa”.

En el principio creó Dios el cielo y la tierra con la Palabra. Dijo Dios: “Sea la luz; y la luz fue” (Génesis 1:3). Jesús maldijo a la higuera diciendo: “Nunca nazca de ti fruto. Y luego se secó la higuera” (Mateo 21:19). Hay muchísimos pasajes bíblicos en los que se confirma que las palabras son decretos (órdenes, leyes, mandatos) que se promulgan en el plano espiritual y tienen obligatorio cumplimiento en el plano natural a menos que se desaten. El libro de Génesis narra en el capítulo 31 que Jacob, cansado de los acosos de sus cuñados y de los abusos de su suegro, huyó con sus dos esposas, Raquel y Lea, hacia su tierra natal. Pero, antes de fugarse con su marido, Raquel hurtó las estatuillas de los dioses de Labán, su padre. Cuando éste se percató de que su sobrino había escapado con sus dos hijas, reunió un buen número de hombres y fue con ellos tras él. Al cabo de tres días lo encontró y le dijo:

“—¿Qué pretendes engañándome de esa manera? —preguntó Labán—. ¿Cómo te atreves a llevarte a mis hijas como si fueran prisioneras de guerra? […]. Puedo entender que sientas que debes irte y anhelas intensamente la casa de tu padre, pero ¿por qué robaste mis dioses?

—Me apresuré a irme porque tuve miedo —contestó Jacob—. Pensé que me quitarías a tus hijas por la fuerza. Ahora, en cuanto a tus dioses, si puedes encontrarlos, ¡que muera la persona que los haya tomado! Si encuentras alguna otra cosa que te pertenezca, identifícala delante de estos parientes nuestros, y yo te la devolveré.

Pero Jacob no sabía que Raquel había robado los ídolos de familia” (Génesis 31:26-32 NTV–énfasis añadido).

Con esas palabras, Jacob ató a su amada esposa a la muerte. Tiempo después, Raquel murió dando a luz a su hijo Benjamín. Todo lo que ates con las palabras en la tierra (mundo natural) será atado en el cielo (mundo espiritual). Maldecir es hablar mal de los otros y de ti mismo. La Biblia enseña: “El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua de mal, y sus labios no hablen engaño” (1 Pedro 3:10).

Ahora que tienes este conocimiento abandona la queja, no maldigas la tierra donde naciste, no decretes miseria, pobreza ni enfermedad, porque eso recogerás. El pueblo de Israel sufrió oprobio a causa de la murmuración y la queja: “Jerusalén está en ruinas; Judá ha caído, porque con sus palabras y sus hechos han provocado al Señor” (Isaías 3:8 RVC).

Pon freno a tu lengua. No participes en conversaciones donde abunde el chisme y la crítica. Llena tu boca de risas, cantos y alabanzas al Dios del cielo; entonces dirán entre las naciones: grandes cosas ha hecho el Señor con éstos (Salmos 126:2).

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