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Cómo resolver conflictos familiares, por la Lic. Liliana D. González

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Sabemos por experiencia propia que los conflictos familiares causan severos daños a sus miembros. Ninguna familia está exenta de sufrir enfrentamientos y divisiones. La Biblia enseña que todos ofendemos muchas veces (Santiago 3:2). En algunas ocasiones ofendemos con intención y otras veces de forma involuntaria. Por lo tanto, debemos orar persistentemente para mantener buenas relaciones con nuestros familiares.

Vi sufrir a mi esposo durante tres años por el distanciamiento que le causó un disgusto con su padre. El dolor que origina la ofensa hace que el ofendido levante la muralla del orgullo y no perdone. Cuando el rencor se enraíza en el corazón produce un tallo amargo que destruye poco a poco a la persona que no quiere perdonar. Doy gracias a Dios porque las oraciones persistentes de mi esposo suavizaron el corazón de mi suegro y se restauró la relación.

La familia es un precioso regalo de Dios. El Señor nos da padres, hermanos, tíos, primos, cónyuges, hijos, nietos, sobrinos, suegros, yernos, nueras, cuñados, para que nos apoyemos y cuidemos unos a otros. Con nuestros familiares nos enlazamos tan profundamente que ellos llegan a ser nuestros confidentes, aliados, socios y mejores amigos. Pero si no cuidamos la relación también pueden convertirse en nuestros enemigos.

En el Génesis encontramos una historia que nos enseña a resolver los conflictos de manera eficaz. “Y el señor dijo a Abram: Vete de tu tierra, de entre tus parientes y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré” (Génesis 12:1 LBLA). Abram obedeció la orden del Señor a medias, pues tenía un sobrino llamado Lot a quien amaba como a un hijo y lo llevó con él. Ambos llegaron a ser muy ricos. Tenían abundancia de ovejas y ganado. Pero debido a que vivían muy cerca uno del otro con todos sus rebaños y manadas, surgieron los conflictos entre los pastores que cuidaban el rebaño de Abram y los que cuidaban el rebaño de Lot. Así que, para solucionar el problema, “Abram le dijo a Lot: «No permitamos que este conflicto se interponga entre nosotros o entre los que cuidan nuestros animales. Después de todo, ¡somos parientes cercanos! Toda la región está a tu disposición. Escoge la parte de la tierra que prefieras, y nos separaremos. Si tú quieres la tierra a la izquierda, entonces yo tomaré la tierra de la derecha. Si tú prefieres la tierra de la derecha, yo me iré a la izquierda»” (Génesis 13:8-9 NTV).

De esa manera amistosa, Abram y Lot se separaron. Ambos quedaron conformes con la solución convenida y lo más importante fue que conservaron los lazos fraternales. Sabemos que no todos los conflictos se resuelven con tanta celeridad y justicia. El “enemigo” celebra cuando los miembros de una familia están enfrentados. Su propósito es robar, hurtar y destruir nuestras relaciones. Quiere que acabemos solos, aislados, deprimidos y enfermos.

En un funeral, una mujer lloraba desconsoladamente porque su marido murió de forma repentina. Durante los treinta años que estuvieron casados, ambos se dedicaron a discutir asuntos irrelevantes, a quejarse uno del otro con tanta pasión que olvidaron demostrarse mutuamente el amor que se tenían. “Ya no hay tiempo”, repetía con insistencia la pobre mujer.

No esperes a que la muerte te sorprenda. Ama, abraza, besa, valora y perdona mientras tengas oportunidad. Practica el autocontrol. No caigas en la trampa del resentimiento. Tan pronto sientas la ofensa, calla. Deja que el ofensor descargue su enojo. Si no te es posible mantener la boca cerrada, responde con suavidad. No emplees un lenguaje grosero y ofensivo. “La respuesta amable calma el enojo, pero la agresiva echa leña al fuego” (Proverbios 15:1). Admite tus errores. Perdona. Mientras más rápido perdones serás libre del resentimiento y la amargura. Cuando tengas pensamientos de venganza llévalos en oración a los pies de Cristo. No hables constantemente de lo que te hicieron porque estarás echándole sal a la herida y no la dejarás cicatrizar.

Y recuerda, quien no perdona enferma física, emocional y espiritualmente. La familia tiene que ser un lugar de vida y no de muerte; territorio de curación y no de enfermedad; espacio de perdón y no de culpa. El perdón trae alegría donde un dolor produjo tristeza; y curación, donde el dolor ha causado enfermedad.


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