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¿Tienen el dolor y el sufrimiento un propósito?, por Waldemar Gracia

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Hubo una canción muchos años atrás que estuvo en el “Hit Parade” que decía “sufrir me tocó a mí en esta vida”. A mucha gente le gustaba la canción porque de alguna manera todos nos podemos identificar con alguna forma de dolor o angustia que viene para complementar nuestro sufrimiento.

Si hay algo que los seres humanos tenemos en común es el sufrimiento, la angustia y el dolor. El sufrimiento no discrimina y cruza las barreras culturales, raciales y sociales. No hay nadie que no haya pasado o esté pasando por momentos de dolor en la vida. Tan penosa realidad ha suscitado infinidad de veces la pregunta: «¿Por qué? Si Dios es Todopoderoso y un Dios de amor, ¿por qué permite tanto sufrimiento?» El problema resulta tan angustioso como inexplicable, especialmente cuando la persona que sufre no merece tal padecimiento. Eso fue lo peor del tormento de Job. Es desconcertante ver cómo unos son azotados por la aflicción mientras que otros disfrutan plácidamente de bienestar.

Según reza el adagio castellano, “no todos los ojos lloran en un día, pero todos lloran algún día”. Eso es una gran verdad. Lo cierto es que vivimos en un mundo de sufrimiento y nadie puede evitarlo por completo. Constantemente nos amenazan el dolor físico causado por enfermedad o por accidente y la angustia no menos dolorosa causada por quebrantos materiales o pérdida de seres queridos, por problemas familiares, por el abandono o la soledad, el desamor, el temor a un futuro incierto, ofensas recibidas, dardos de malevolencia, complejos torturadores, grandes frustraciones, o la inquietud que genera la situación del mundo, atormentado por la violencia y corroído por la injusticia y la ambición.

No debe extrañar que cuando una persona buena se ve azotada por la tempestad del sufrimiento se pregunte tan perplejo como dolorido: ¿Por qué a mí? ¿Qué sentido tiene esta experiencia?

Hemos de reconocer que nos hallamos ante un misterio. Misterio son muchas manifestaciones de la providencia de Dios. Haremos, pues, bien en no precipitarnos a dar respuestas fáciles a los grandes interrogantes que la vida y la existencia nos plantean. Sin embargo, las experiencias vividas por nosotros y por otros nos ayuda a entender algo de lo que puede significar el sufrimiento.

En algunos casos puede ser un medio del que Dios se vale para nuestra corrección y perfeccionamiento. Otras veces, como en la experiencia de mi amigo Juan Carlos, el sufrimiento puede tener por objeto hacer patente nuestra debilidad, la necesidad de humildad y lo maravilloso de poder dar gracia a Dios a pesar de todo. Pero probablemente las más de las veces el sufrimiento tiene como finalidad la purificación y robustecimiento de nuestra fe, así como la maduración como persona y como ser humano.

Por otro lado la forma y manera en que enfrentamos los problemas nos capacitan para consolar y ayudar a quienes también están atravesando un momento de dificultad. De este modo, en un mundo tan atormentado por el dolor, el ser humano puede ser canal por el que fluya hacia otros la consolación divina y el coraje para superar la punzada de las pruebas y los problemas. No menos iluminador es el hecho de que, como alguien ha dicho, «Dios usa la aflicción como requisito previo a la exaltación del ser humano».

Palabras de aliento y consolación son las que nos ofrecen las Sagradas Escrituras cuando afirman que «esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria», «pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse».

Junto a todas estas consideraciones, y por encima de ellas, hay un hecho singular que ilumina el misterio del sufrimiento: La historia de una señora muy pobre, pero muy luchadora que conocí hace unos años. Aún recuerdo la conversación que tuvimos el último día que la visité.

Juanita es una mujer fuerte y de una fe inquebrantable. Debido a sus múltiples responsabilidades en su familia no puede asistir a la iglesia de su preferencia como ella quisiera. Entonces le pregunté: ¿Eres una mujer de oración? Me dijo que no. ¿Lees mucho la Biblia? No mucho, contestó un poco triste pues esperaba que yo la criticara por eso.  Le comenté que mi interés era saber como ella podía fortalecer su fe sin ir mucho a la iglesia de su preferencia, sin orar ni leer la Biblia.

Poco después durante la conversación, Juanita decidió revelar su secreto. Saco de su cartera una foto, no cualquier foto, sino la foto conocida como la del “Cristo Sufriente”. Me quedé un poco pensativo, y luego de un rato le pregunté como la imagen del “Cristo Sufriente” podía alimentar su fe. “Muy sencillo”, me dijo, “por que este es el Dios de los pobres”.

Juanita procedió a contarme y me explicó que mientras muchos adoran y buscan a un Dios alegre, ella prefiere al “Cristo Sufriente”. Por que la imagen del “Cristo Sufriente” le permite apreciar el sufrimiento de Cristo. Ella contaba que en sus noches de angustia y desvelo esa imagen le permitía recordar la noche que pasó Jesús en el Getsemaní. La sangre que se observa en la foto que baja de la frente de Jesús le hacía sentirse identificada con su dolor y su sufrimiento. “Y eso me da fuerzas para seguir mi lucha”. La soledad del “Cristo Sufriente”, le hace reflexionar en que ella sola, contando solamente con la ayuda de Dios, tendrá que hacerle frente a la vida. Es que solamente los que sufrimos, y vivimos en pobreza de espíritu podemos apreciar y valorar lo que Cristo sufrió. Los que no sufren y padecen necesidad les gusta el Cristo alegre, y no se pueden beneficiar de la bendición que hay en compartir los sufrimientos del “Cristo Sufriente”.

¡Sin duda alguna, esta experiencia ha cambiado mi forma de ver al sufrimiento!

DEJAME ARTE, La Caricatura de Reinaldo

103.5 FM - La Voz Radio

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