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DEJA DE LUCHAR Y ALABA, por la Lic. Liliana D. González

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Acompáñame a echarle un vistazo a un lóbrego calabozo en Filipos, antigua colonia romana. Es medianoche, el carcelero, convencido de que es imposible escapar de esas oscuras mazmorras, ronca como un oso hibernando. Mientras tanto, dos presos oran y cantan himnos al Señor.

¿Quiénes pueden cantar después de ser despojados de sus ropas, azotados, torturados y forzados a permanecer con los pies sujetos a un cepo? Un par de cristianos. Pablo y Silas adoraron en medio del sufrimiento.

Y ocurrió que cuando ellos hicieron descender por medio de la alabanza la presencia y el poder del Espíritu Santo, “sobrevino de repente un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se sacudían; y al instante se abrieron todas las puertas, y las cadenas de todos se soltaron” (Hechos 16:26).

Seguramente, en algún momento de tu vida te has sentido torturado, encarcelado e inmovilizado por las circunstancias. En lugar de luchar, sufrir o intentar solucionar los problemas en tus fuerzas, haz como Pablo y Silas: ¡Alaba a Dios! Los milagros ocurren en medio de la adoración y la alabanza. Dios sana la enfermedad que nos tortura, levanta nuestras finanzas caídas, fortalece nuestras almas angustiadas, nos rescata de las relaciones tormentosas, nos libra del temor que nos golpea, suaviza nuestros duros corazones y nos moldea a su imagen y semejanza.

Cantar, glorificar y dar gracias al Señor en las situaciones más angustiantes no es lo que estamos acostumbrados a hacer; hay quienes pueden pensar que eso no tiene sentido, pero créeme, cuando la solución a los problemas está fuera de nuestro control y reconocemos con humildad que separados de Dios nada podemos hacer, vamos a ver los cepos abrirse y las cadenas soltarse.

Después del terremoto que sacudió la prisión, los reclusos tuvieron la oportunidad de escapar; llama poderosamente mi atención que ninguno lo hizo. Prefirieron contemplar fascinados o tal vez pasmados, la grandeza del Señor.

A pesar de que Pablo y Silas fueron los únicos que invocaron la presencia de Dios con sus cantos de alabanzas, todos los prisioneros, incluyendo el carcelero y su familia, alcanzaron la salvación de sus almas. Dios habita en medio de las alabanzas de su pueblo. Si tan solo te atrevieras a oír experimentarías salvación, paz y libertad. Recuerda que “la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo” (Romanos 10:17 NVI).

ORA LA PALABRA

 “El que sacrifica alabanza me honrará; y al que ordenare su camino, le mostraré la salvación de Dios” (Salmos 50:23).

Señor, Pablo y Silas le dijeron al carcelero: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (Hechos 16:31). Vivifícame en esa Palabra para que mi familia y yo alcancemos la salvación de nuestras almas. Te ruego que ninguno se pierda, sino que tu gracia e infinita misericordia nos alcance. ¡Amén!

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