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Padre, ¿por qué me has abandonado?, por la Lic. Liliana D. González

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Cuando el profeta Samuel llegó a la casa de Isaí con el propósito de ungir al rey de Israel se fijó en Eliab, el hijo mayor. Tenía porte de rey. Era alto, fornido, y muy bien parecido. “Y pensó: «Sin duda que éste es el ungido del Señor». Pero el Señor le dijo a Samuel:

 —No te dejes impresionar por su apariencia ni por su estatura, pues yo lo he rechazado. La gente se fija en las apariencias, pero yo me fijo en el corazón” (1 Samuel 16:6-7 NVI).

Ninguno de los siete hijos que, con orgullo presentó Isaí al profeta, fueron aprobados. Entonces, Samuel preguntó:

“—¿Son éstos todos tus hijos?

—Queda el más pequeño —respondió Isaí—, pero está cuidando el rebaño.

—Manda a buscarlo —insistió Samuel—, que no podemos continuar hasta que él llegue.

Isaí mandó a buscarlo, y se lo trajeron. Era buen mozo, trigueño y de buena presencia. El Señor le dijo a Samuel:

—Éste es; levántate y úngelo.

Samuel tomó el cuerno de aceite y ungió al joven en presencia de sus hermanos. Entonces el Espíritu del Señor vino con poder sobre David, y desde ese día estuvo con él” (1 Samuel 16:11-13 NVI). 

David fue excluido de tan importante reunión porque su padre lo menospreció. Consideró que no tenía los atributos que resaltaban en sus hermanos mayores para ser un líder. Nunca pasó por la mente de Isaí que el más joven de sus hijos, aquel humilde pastorcito, sería el elegido para ser el rey de Israel. 

Dios siempre desafía los estándares de la sociedad. Él no se deja engañar como cualquiera de nosotros por una cara bonita, una sonrisa encantadora o un atrayente vestuario. Dios mira el corazón de los seres humanos. El orgullo del padre y de los hermanos de David fue quebrantado por el Señor. “Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Mateo 23:12).

Los psicólogos coinciden en que no existe un maltrato más destructivo que la falta de amor de un padre hacia su hijo. Expresarles con palabras o con acciones que son tontos, inútiles y compararlos con sus hermanos más exitosos daña su autoestima. Decirles abiertamente que no fueron deseados o agredirlos verbal y físicamente provocará en ellos temor e inseguridad. El padre que abandona el hogar y no tiene contacto con sus hijos, hará que se desvaloricen y que sufran terriblemente con pensamientos de rechazo, descalificación y desconfianza en sí mismos. 

Mi papá se fue de casa en mi infancia. Pasé más de treinta años pensando que algo andaba mal en mí. Si mi propio padre no me amaba, ¿quién podría amarme? Me convertí en una joven insegura, temerosa de enfrentar retos y de tomar decisiones. Cuando me casé, seguí pensando que no valía nada y, que tarde o temprano, mi esposo me iba a abandonar. Entonces, me dije a mí misma que no iba a permitir que nadie más me rechazara. Durante los primeros años de mi matrimonio me torturé pensando que antes de que mi esposo me dejara yo debía abandonarlo primero. La verdad es que lo amaba, pero mi falta de amor propio me hacía creer que era indigna de su amor y lo rechazaba.

La persona rechazada tiene una visión negativa de sí misma. Tiende a despreciarse y a autodestruirse. Una chica abandonada por su padre expresó: “Me siento gorda y fea”, y dejó de comer hasta que enfermó de anorexia. Algunas jóvenes se vuelven promiscuas buscando el amor, la aceptación y el cuidado que sus padres les negaron. Hay mujeres que toleran la infidelidad de sus esposos con tal de que no las abandonen. Muchachos que llegan a odiarse con tanta intensidad que atentan contra su vida. Y otros que para evitar ser excluidos de ciertos “grupos de amigos”, aceptan toda clase de exigencias.

David sufrió heridas emocionales por causa del rechazo de su padre. Ese aguijón lo llevó clavado en el alma durante toda su vida. En el Salmo 27:10 exclamó: “Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, el Señor me recogerá” (–énfasis añadido–). “Con todo” significa que Dios te recibirá en sus brazos con el dolor, la culpa, la vergüenza, el miedo, las inseguridades, el coraje… porque nuestro Abba Padre es “Padre de misericordias y Dios de toda consolación” (2 Corintios 1:3).

Una vez hecho pecado en la cruz, Jesús sufrió en carne viva la dura experiencia de ser abandonado por su Padre. Poco antes de morir en la más densa oscuridad, se le oyó decir a gran voz: “Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46).

El sacrificio de Cristo en la cruz rompe las cadenas del rechazo. Mi gratitud hacia Dios es eterna. Jesús me hizo libre del miedo al abandono. Sanó mis heridas emocionales. Me dio identidad, me dio un propósito y me llenó de su amor para que yo pudiera amarme a mí misma y a los demás de una manera sana y equilibrada. 

 —- ORA LA PALABRA —-

“Fue despreciado y rechazado: hombre de dolores, conocedor del dolor más profundo. Nosotros le dimos la espalda y desviamos la mirada; fue despreciado, y no nos importó” (Isaías 53:3 NTV).

Amado Señor, perdóname, porque mis pecados te llevaron a la cruz. Tú conoces el alma de un rechazado porque fuiste despreciado y desechado por todos los seres humanos. Hoy traigo ante tu altar mi corazón para que lo sanes de las heridas del rechazo. Gracias por la identidad que me has dado en tu Hijo Jesucristo. Ahora sé que tengo un Padre en los cielos que me ama y que se dio a sí mismo por mí. No volveré a creer en las mentiras satánicas de que no soy nadie, que a nadie le importo y que no lograré nada en esta vida. Yo perdono a mi padre por su abandono y te suplico en el nombre de Jesús que tu misericordia lo alcance. Perdónalo, Señor, bendícelo, muéstrale tu gracia. ¡Amén!

DEJAME ARTE, La Caricatura de Reinaldo

103.5 FM - La Voz Radio

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