En vivo LIVE

Publicidad

Columnistas

¡DIOS MÍO, DAME PACIENCIA!, por la Lic. Liliana D. González

Share on print
Print
Share on email
Email
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on whatsapp
WhatsApp

En algunas circunstancias nos descubrimos suplicando: ¡Dios mío, dame paciencia! Pero lo que algunos no saben es que si le pedimos paciencia a Dios, Él como el mejor de los maestros, nos pondrá pruebas para ejercitarla. La paciencia es uno de los frutos espirituales que recibimos del Espíritu Santo (Gálatas 5:22) y es un rasgo del carácter de Cristo. Todas las cosas que pertenecen a la piedad nos han sido conferidas por el divino poder del Señor. La paciencia es una de esas semillas que Dios siembra en el buen terreno de nuestro corazón y nos toca a nosotros regarla, abonarla y arrancar la mala hierba que pretende ahogarla; solo así crecerá como una espiga cargada de frutos para compartir.

El Diccionario de la Real Academia Española dice que la paciencia es “la capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse […]. Es la facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho”. Sin embargo, para Dios la paciencia no es la facultad de esperar sino la habilidad de mantener una buena actitud durante la espera. Si queremos desarrollar la paciencia, primero debemos ejercitarla en las distintas situaciones que se nos presentan.

Una amiga que trabaja en contacto directo con el público me contó que algunas personas logran agotar su paciencia, no saben esperar y crean una atmósfera caótica dentro del negocio. En esas situaciones, ella mantiene la calma, sonríe e intenta serviles con amabilidad. Pero cuando llega a su casa no sucede lo mismo. Si los niños derraman la leche se enfurece y grita frenéticamente; si no hacen caso al tercer llamado los regaña con dureza. Sus niveles de intolerancia son tan elevados que discute con su esposo por cuestiones insignificantes.

¿Por qué no logramos ser tolerantes con los seres que más amamos: padres, hermanos, cónyuges e hijos? Abusamos de su amor y comprensión, con ellos nos concedemos el permiso de ser “auténticos”, de sacar a relucir nuestro verdadero yo, de desahogar el enojo, la queja, el mal humor, la apatía y el desánimo; mientras que con los extraños o los conocidos nos mostramos atentos, corteses y hasta empáticos.

Como todos los valores, la paciencia debe comenzar a ejercitarse en el hogar, con las personas con las que convivimos. El llamado de Dios es a mostrarnos piadosos tanto en público como en privado. De nada vale ser un modelo de virtud para el mundo y perder el amor de nuestros seres más queridos.

Escuchar con atención sin interrumpir, evitar la queja, esperar con buen ánimo, contar hasta cien antes de enfadarnos, mantener el autocontrol en las circunstancias desfavorables y conservar la fe en las desgracias, son maneras de ejercitar la paciencia.

A partir de hoy cambia de actitud. Ten calma durante la espera, cultiva la mansedumbre, aviva la templanza a fin de que sean tus cualidades más elevadas.

ORA LA PALABRA

“Con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor” (Efesios 4:2).

Precioso Señor, reconozco que no tengo paciencia. Me enojo con frecuencia y he permitido que la ira me controle y dañe mis relaciones con mis seres queridos. Te suplico me perdones. Ayúdame a controlar las emociones negativas. Concédeme mansedumbre cuando sienta deseos de ofender y maldecir. Te prometo que me esforzaré para desarrollar frutos de paciencia. Buscaré la paz con mis semejantes y reflejaré el amor de Jesucristo en todo lo que diga y en todo lo que haga. ¡Amém!

____________________

Copyright 2017.

Si quieres leer más artículos como este sígueme en mis redes

https://lilivivelapalabra.wordpress.com

https://www.facebook.com/reflexionesvivelapalabra

https://twitter.com/lili15daymar

DEJAME ARTE, La Caricatura de Reinaldo

103.5 FM - La Voz Radio

Siguenos

Te puede interesar Noticias Relacionadas

La Voz Hispana TV

Scroll to Top