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Durmiendo con el enemigo, por la Lic. Liliana D. González

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Tenemos la predisposición de justificar nuestras fallas responsabilizando a los demás de nuestros problemas. Esa mala actitud proviene de nuestra herencia pecaminosa. Después de haber pecado, Adán intentó justificar su desobediencia arrojando la culpa sobre Eva, más bien sobre Dios por habérsela entregado como esposa: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí” (Génesis 3:12). En las circunstancias adversas, al igual que Adán, culpamos a Dios por nuestras desgracias.

Señor, ¿por qué permites que este mal me acontezca? ¿Por qué favoreces a otros y a mí no? ¿Por qué me quitas lo que más quiero? Son reproches que algunos le hemos hecho a Dios. Otros, como Eva, prefieren culpar al diablo: “La serpiente me engañó, y comí” (Génesis 3:13). El orgullo que anida en el corazón del ser humano le impide admitir sus errores, confesarlos y buscar con humildad el perdón de Dios. Sin duda, nuestro mayor enemigo somos nosotros mismos.              

Desde el Génesis, el hombre ha deseado lo prohibido. Habitó en el Edén, disfrutó de paz, amor, prosperidad y de una relación fraternal con Dios, pero se sintió infeliz porque anhelaba la única cosa que no podía tener. Cuando la obtuvo, se destruyó a sí mismo y a su descendencia. Debemos considerar que con nuestros pecados arrastramos a nuestros hijos, nietos y a las generaciones venideras. Pidamos al Señor dominio propio para no caer en tentación.

La mayoría de los problemas que nos agobian se deben a que caminamos fuera de la voluntad de Dios. Hacemos las cosas a nuestro modo, como las sentimos, como nos parecen, como queremos; creyéndonos sabios actuamos como necios. “No te creas muy sabio; obedece a Dios y apártate del mal”. “Porque esa sabiduría no viene de Dios, sino que es de este mundo y del demonio, y produce celos, peleas, problemas y todo tipo de maldad” (Proverbios 3:7; Santiago 3:15-16 TLA).

Satanás siempre vendrá con sus mentiras para causarnos daño y destrucción, sin embargo, somos nosotros los que tenemos el poder de decidir si escuchamos al maligno o sometemos todos nuestros pensamientos a la obediencia a Cristo. El modus operandi del enemigo no ha cambiado. Él siembra una idea en la mente para activar los sentidos (pasiones del cuerpo, deseos de los ojos y vanagloria de la vida) y a medida que meditamos en esa idea comenzamos a cultivar en nuestros corazones apetitos descontrolados y pasiones malvadas. “Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mateo 15:19).

El libro de la sabiduría enseña que así como un hombre piensa, tal es él (Proverbios 23:7). “El que es bueno, de la bondad que atesora en el corazón produce el bien; pero el que es malo, de su maldad produce el mal” (Lucas 6:45 NVI). Debemos reconocer que todos tenemos pensamientos buenos y malos. Podemos sentir piedad u odio desmedido; actuar como pacificadores o crear las más feroces contiendas; ser responsables de obras altruistas o de las acciones más perversas. Esa es la razón por la cual la Biblia aconseja que por sobre todas las cosas cuidemos la mente, porque ella es fuente de vida (Proverbios 4:23 DHH). Pensar en todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable todo lo que es de buen nombre; es la manera de cuidar la mente (Filipenses 4:8).

Deja de culpar a Dios y a los demás por tus problemas. Te invito a mirar dentro de ti. Hazte un examen de conciencia. Confróntate a ti mismo. Admitir y confesar ante el trono de la gracia los malos deseos que combaten en nuestro interior, es el primer paso para liberarnos del orgullo, la codicia, los celos, la envidia, la ira… y de todas las viles pasiones que nos impiden alcanzar la paz en nuestras relaciones. El arrepentimiento dará paso a la transformación de un corazón duro en uno suave, amable, dispuesto a ceder ante los demás, lleno de compasión y de buenas obras.

ORA LA PALABRA

“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Salmos 139:23-24).

Padre, tú eres el Dios que revela las intenciones del corazón. ¡Escudríñame, y pruébame! Si descubres celos amargos, ira descontrolada, envidia, egoísmo y falta de perdón en mi corazón, te ruego arranques de raíz esa mala semilla. “Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve” (Salmos 51:7.) Dame un corazón que se deleite en hacer tu voluntad, que te ame por sobre todas las cosas y busque el bienestar de los demás por encima del propio. Concédeme sabiduría para detectar las mentiras del enemigo y dominio propio para apartarme del mal. A partir de hoy me esforzaré por pensar en todo lo verdadero, en todo lo honorable, en todo lo justo y en todo lo puro, para cuidar mi mente y mi corazón de la trampa y el engaño.

DEJAME ARTE, La Caricatura de Reinaldo

103.5 FM - La Voz Radio

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