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EL BULLYING, DAÑO SILENCIOSO, por la Lic. Liliana D. González

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¿Has escuchado hablar del bullying? Es el término en inglés para referirse al acoso escolar. Cientos de menores en el mundo son víctimas de maltratos verbales, físicos y psicológicos dentro del recinto estudiantil. En la actualidad, la tortura no se limita a las aulas; con el uso del Internet se ha expandido y la nueva modalidad de hostigamiento se llama ciberacoso o ciberbullying. Niños, niñas y adolescentes son intimidados, chantajeados, amenazados y abusados, incluso sexualmente, por otros menores a través de correos electrónicos, mensajería de texto y también en las redes sociales. Esta forma delictiva ha originado que los jóvenes, al estar sometidos a estados de angustia elevados, sientan deseos de morir.

La mayor responsabilidad en este asunto recae sobre la familia. Los padres tenemos la difícil tarea de educar a nuestros hijos en una sociedad que ha perdido la habilidad para discernir entre el bien y el mal. Todo parece estar de cabeza. Los valores morales son remplazados por la inmoralidad y el libertinaje. Se premia la trampa y el engaño, se exalta el sexo y la violencia, se festeja el lenguaje soez y el maltrato al prójimo. No es raro entonces que los muchachos estén armados dentro de los colegios, que ingieran drogas y alcohol, que las niñas se embaracen y que nuestros chicos vean el suicidio como la vía de escape a tanta presión.

Un caso que se hizo mundialmente conocido fue el de Amanda Todd, una estudiante canadiense que antes de suicidarse publicó un video en YouTube, en el que relata el horror al que fue sometida por el ciberacoso. 

Nadie mejor que el Señor para guiarnos en la educación de nuestros hijos. Toda la Escritura fue inspirada por Dios y es útil para enseñar, reprender, corregir e instruir en justicia, con el fin de que seamos perfeccionados para hacer el bien (2 Timoteo 3:16-17).

La Biblia enseña que los padres y los hijos tenemos deberes y responsabilidades. Los padres debemos criar a nuestros hijos en el temor de Dios, para que alcancen sabiduría y se aparten del mal (Proverbios 16:6). Los hijos, por su parte, deben obedecer a sus padres para que sus días sean prolongados y les vaya bien. (Deuteronomio 5:16).

El bullying es la respuesta del rechazo de los padres hacia los hijos. Algunos papás o mamás están entregados por completo a sus trabajos, profesiones, ministerios evangélicos o a su vida social y no tienen suficiente tiempo para dedicar a sus hijos. Los niños y jóvenes no solo demandan manutención, también requieren atención, compañía y el amor de ambos padres. Pasar tiempo de calidad con ellos, animarlos y participar activamente en todas las etapas de su infancia y adolescencia es el mejor modo de demostrarles amor.

Una forma encubierta de rechazar a los hijos es cuando los padres no corrigen sus berrinches o rebeldía y les permiten hacer lo que les venga en gana. El libro de la sabiduría enseña: “El que detiene el castigo, a su hijo aborrece; mas el que lo ama, desde temprano lo corrige” (Proverbios 13:24). No obstante, hay que tener cuidado con la corrección. Esta debe ser en amor. Algunos padres promueven la mala conducta de sus hijos cuando usan la violencia como modo de disciplina. Confunden la educación con sanción, prohibición y autoritarismo rígido. Son padres que todo lo imponen y cualquier error lo castigan. Esto trae como consecuencias la falta de autoestima, la inseguridad y la rebeldía en los menores. La incomunicación, la ausencia de normas, los golpes, gritos, reproches y pleitos en el hogar, harán que ellos sean víctimas o victimarios de acoso. El apóstol Pablo nos instruye al respecto: “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6:4).

Si educamos a nuestros hijos en disciplina y amonestación del Señor, aprenderán a discernir entre el bien y el mal, obedecerán los principios establecidos en las Sagradas Escrituras, conocerán su identidad en Cristo y serán individuos con una autoestima sólida, piadosos y empáticos con sus semejantes. 

ORA LA PALABRA

“Él hará que los padres se reconcilien con sus hijos y los hijos con sus padres…” (Malaquías 4:6 NVI).

Señor, gracias por la vida de mis hijos (nómbralos), perdóname si no los he instruido en tu Palabra, si he ignorado sus faltas y no las he corregido. Ayúdame a guiarlos hacia ti y a educarlos en tu justicia. Enséñales a no andar en caminos que parecen correctos, pero cuyo fin es muerte (Proverbios 14:12), sino que en la ley del Señor se deleiten; meditando día y noche en tu Palabra para que lleguen a ser como un árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hacen, prospera (Salmos 1:1-3). ¡Amén!

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